¿Qué es el arrepentimiento?

En Hechos 17:30 se dice que Dios «manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan» (RV1960), de lo que deducimos que es responsabilidad de todo hombre arrepentirse. Pero también, no es menos cierto que el arrepentimiento es un don de Dios; así que, cada vez que vemos a un pecador realmente arrepentido debemos reconocer que «ha concedido Dios el arrepentimiento que conduce a la vida» a esa persona (Hch. 11:18).

El verdadero arrepentimiento no es aquella confesión de labios –que hace el pecador, pero con la intención en su corazón de volver a cometer el pecado. Randy Alcorn lo dijo de la siguiente manera: “La confesión no es genuina cuando tenemos planes de repetir nuestro pecado” (El principio de la pureza, p.113). El verdadero arrepentimiento va más allá de una mera confesión con los labios, es del corazón.

Las dos palabras griegas más importantes en el Nuevo Testamento que hacen referencia al arrepentimiento son “metanoia” y “epistrepho”. “Metanoia” significa un cambio de pensar o de actitud. La encontramos en los siguientes pasajes: “Y Pedro les dijo: Arrepentíos y sed bautizados cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de vuestros pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo” (Hch. 2:38); “El Señor no se tarda en cumplir su promesa, según algunos entienden la tardanza, sino que es paciente para con vosotros, no queriendo que nadie perezca, sino que todos vengan al arrepentimiento” (2 P. 3:9); “Recuerda, por tanto, de dónde has caído y arrepiéntete, y haz las obras que hiciste al principio; si no, vendré a ti y quitaré tu candelero de su lugar, si no te arrepientes” (Ap. 2:5). La otra palabra griega es “epistrepho”, que significa una vuelta (p. ej. Una vuelta de 180 grados, un volverse del sur hacia el norte). Encontramos esta palabra en: “Así que, siendo enviados por la iglesia, pasaron por Fenicia y Samaria, relatando detalladamente la conversión de los gentiles, y causaban gran gozo a todos los hermanos” (Hch. 15:3); “Pues ellos mismos cuentan acerca de nosotros, de la acogida que tuvimos por parte de vosotros, y de cómo os convertisteis de los ídolos a Dios para servir al Dios vivo y verdadero” (1 Ts. 1:9).

Hasta aquí, podemos decir que el arrepentimiento es un cambio de mente con respecto a Dios y el pecado, lo cual resulta en un cambio positivo en la conducta. Este arrepentimiento implica:

  • Una convicción del propio pecado y de la misericordia de Dios en Jesucristo: “Desde lo más profundo, oh SEÑOR, he clamado a ti. ¡Señor, oye mi voz! Estén atentos tus oídos a la voz de mis súplicas. SEÑOR, si tú tuvieras en cuenta las iniquidades, ¿quién, oh Señor, podría permanecer? Pero en ti hay perdón, para que seas temido” (Sal. 130:1-4); “Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: ‘Padre, he pecado contra el cielo y ante ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo; hazme como uno de tus trabajadores” (Lc. 15:18,19).
  • Un sentimiento de tristeza por y aborrecimiento del pecado: “¡Ay de ti Corazín! ¡Ay de ti Betsaida! Porque si los milagros que se hicieron en vosotras hubieran sido hechos en Tiro y Sidón, hace tiempo que se hubieran arrepentido sentados en cilicio y ceniza” (Lc. 10:13); “Porque la tristeza que es conforme a la voluntad de Dios produce un arrepentimiento que conduce a la salvación, sin dejar pesar; pero la tristeza del mundo produce muerte” (2 Co. 7:10).
  • Una confesión del pecado: “Te manifesté mi pecado, y no encubrí mi iniquidad. Dije: Confesaré mis transgresiones al SEÑOR; y tú perdonaste la culpa de mi pecado” (Sal. 32:5); “Si confesamos nuestros pecados, El es fiel y justo para perdonarnos los pecados y para limpiarnos de toda maldad” (1 J. 1:9).
  • Un dar la espalda al pecado, por el Espíritu, y someterse con obediencia a Dios: “El que encubre sus pecados no prosperará, mas el que los confiesa y los abandona hallará misericordia” (Pr. 28:13); “Pues ellos mismos cuentan acerca de nosotros, de la acogida que tuvimos por parte de vosotros, y de cómo os convertisteis de los ídolos a Dios para servir al Dios vivo y verdadero” (1 Ts. 1:9).

El arrepentimiento no significa un cambio de conducta al instante o un perfecto abandono del pecado y obediencia a Dios; significa, más bien, un sincero propósito y esfuerzo con este fin (véase Mt. 6:12; 1 Jn. 1:9Ap. 2:5).

El catecismo menor (versión bautista) resume muy bien lo que hemos considerado hasta ahora con la siguiente definición de arrepentimiento:

“El arrepentimiento para vida es una gracia salvadora, por la cual un pecador, con un verdadero sentimiento de su pecado y comprendiendo la misericordia de Dios en Cristo, con dolor y aborrecimiento de su pecado, se aparta del mismo para ir a Dios, con pleno propósito y esfuerzo para una vida de obediencia”.

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