Dios se mueve de manera misteriosa: el himno.

Dios se mueve de forma misteriosa
Buscando sus prodigios realizar;
Sus huellas deja en la mar anchurosa
Y en la tormenta se ve cabalgar.

En minas insondables que Él perfora,
Mostrando inigualable habilidad,
Sus brillantes diseños atesora
Y cumple su absoluta voluntad.

Que tomen nuevas fuerzas los creyentes;
Las nubes que hoy infunden gran temor
Llenas están de gran misericordia
Que manda sobre ellos en su amor.

No juzgues al Señor por tus sentidos,
Mas bien confía en Él y Su gracia;
Tras un hecho de un ceño fruncido
Su rostro esconde una sonrisa.

Sus designios madura presuroso,
Mostrando cada instante su labor;
Sabor amargo se halla en el capullo,
Mas es muy dulce el gusto de la flor.

En camino al error va el que no cree,
Busca su labor inútilmente;
Mas Dios que a sí mismo se interpreta,
Muestra que su yerro es evidente.

Un joven que le gusta cantar himnos [III]

La verdad no es lo único en la alabanza a Dios, pero es esencial. Una de las razones por la que la verdad es esencial, es porque ésta servirá como fundamento para esas emociones que Dios espera que estén presentes en la alabanza. Continuemos viendo algunos de los himnos antiguos que me han ayudado a alabar a Dios como Él quiere y merece ser alabado.

Oíd un son en alta esfera, por Charles Wesley. Este himno nos presenta el misterio de la encarnación; Jesús, siendo 100% Dios en esencia, se hizo 100% hombre para la gloria de Dios al salvar a pecadores (Jn. 1:1-18):

“El Señor de los señores, el Ungido celestial,
Por salvar a pecadores toma forma corporal.
¡Gloria al Verbo encarnado, en humanidad velado!
¡Gloria a nuestro Redentor, a Jesús, Rey y Señor!
Canta la celeste voz: ¡En los cielos gloria a Dios!”.

Compadécete de mí, por Richard Redhead. Este himno nos ilustra un corazón que se acerca a Dios en arrepentimiento para ser perdonado de sus pecados (Salmo 51):

“En pecado yo nací,
nada bueno hay en mí;
Sólo en ti hay salvación,
Tú das luz al corazón.
Ven entonces a mi ser
y hazlo Tú resplandecer”.

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Un joven que le gusta cantar himnos [II]

Veamos algunos de los himnos antiguos que me han ayudado a alabar a Dios como Él quiere y merece ser alabado. Éstos tienen una buena teología en sus letras, que es el fundamento para ese espíritu o emoción que Dios espera que esté presente en la alabanza.

Cabeza ensangrentada, por Bernardo Claraval. Este himno presenta a Jesucristo como nuestro sustituto, quien sufrió el castigo a pesar de que fuimos nosotros que pecamos (Is. 53:4, 5):

“Pues oprimida tu alma fue por el pecador;
La transgresión fue mía, mas tuyo fue el dolor;
Hoy vengo contristado, merezco tu dolor,
Concédeme tu gracia; ¡oh! Dame tu favor”.

Tal como soy, por Charlotte Elliott. Este himno nos muestra cómo luce aquella persona que responde al llamamiento de Dios (Jn. 6:37):

“Tal como soy de pecador,
Sin más confianza que tu amor,
Ya que me llamas, acudí;
Cordero de Dios, heme aquí”.

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“Amor que no me dejarás”: el himno.

¡Oh Amor! Que no me dejarás,
descansa mi alma siempre en ti;
Es tuya y Tú la guardarás,
y en el océano de tu amor
más rica al fin será.

¡Oh Luz! Que en mi sendero vas,
mi antorcha débil rindo a ti;
Su luz devuelve el corazón,
seguro de encontrar en ti
más bello resplandor.

¡Oh Gozo! Que a buscarme a mí,
viniste en mortal dolor;
Tras la tormenta el arco vi,
y ya el mañana, yo lo sé,
sin lágrimas será.

¡Oh Cruz! Que miro sin cesar,
mi orgullo, gloria y vanidad
al polvo dejo por hallar
la vida que en Su sangre dio
Jesús, mi Salvador.

Letra: George Matheson, 1882. Musica: St. Mar­garet (Peace), Al­bert L. Peace, 1884.

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