Tales reglas como no interpretar un pasaje de la Escritura de una manera que contradiga la clara enseƱanza de otra parte son vitales. Una lista completa de tales principios de interpretación excede los lĆmites del propósito de este libro. Una cosa, sin embargo, quisiera decir. Encuentro que muchos laicos vienen a la Biblia con un sentimiento consciente o inconsciente de que porque es la Palabra de Dios inspirada por su EspĆritu, de alguna manera las reglas ordinarias del lenguaje no son de aplicación. Si, por tanto, les pregunto quĆ© dice un versĆculo concreto sobre algĆŗn tema, a menudo ignoran el significado claro de las palabras y salen con alguna frase segura que recuerdan acerca del Evangelio, tal como: āTodos debemos creer en JesĆŗsā. El versĆculo puede no decir nada en ese sentido, pero parece haber un sentimiento innato en cuanto a que no es posible que las palabras corrientes signifiquen lo que realmente dicen y que debe de haber algĆŗn significado mĆ”s profundo conocido solamente por aquellos que han estudiado para el ministerio. Los predicadores han sido a veces responsables de este triste hecho, porque han dibujado cuadros algo fantasiosos a partir de pasajes que nunca pretendieron decir tales cosas. Debido a que la congregación no puede ver la relación entre el pasaje y el cuadro, asumen que debe haber algo erróneo en su consideración de la Biblia, en lugar de algo muy erróneo en el predicador. Nuestra tarea, sin embargo, no es hacer que parezca difĆcil el claro significado, sino hacer mĆ”s claro aquello que es ya claro y enviar la congregación a casa sintiendo que quieren mirar ese pasaje de nuevo, porque se les ha vuelto tan claro.
Este artĆculo es un extracto tomado de: Denis Lane. Predica la Palabra (EspaƱa: Editorial Peregrino, 1989), p. 78.