Sirviendo al Rey con alegría.

Tablero de ajedrez

En Salmos 100:2 se nos llama: “Servid al Señor con alegría; venid ante El con cánticos de júbilo”. Es claro en este versículo que Dios no está interesado solamente en que le sirvamos, sino también en cómo le servimos. En el versículo se nos manda no solamente a servir al Señor, sino también a servirle con alegría.

En Nehemías 2:2 se relata que al profeta se le preguntó por qué estaba triste delante del rey, al escuchar esta pregunta Nehemías tuvo mucho temor. ¿Y por qué? Porque no se podía estar triste delante del rey, como Donald Whitney dice: “no se debe estar melancólico o taciturno cuando se le sirve a un rey. No solo da la impresión de que uno sirve a regañadientes, sino que revela un descontento con su modo de gobernar”. Cuando no servimos a Dios con alegría, estamos diciendo que Él no es bueno y que Él no sabe gobernar –cuando en verdad es todo lo contrario.

Ahora, el llamamiento de Salmos 100 no nos llama a servir con alegría porque si no lo hacemos así, entonces seremos ejecutados. El salmo tampoco nos llama a tener una sonrisa fingida delante del Señor, sino a estar alegres de corazón. El salmo nos recuerda que tenemos razones suficientes para servir a Dios con alegría, y muy buenas razones. Debemos servir a Dios con alegría:

  • porque Él es el Dios que nos dio la vida: “Sabed que El, el Señor, es Dios; El nos hizo, y no nosotros a nosotros mismos” (v. 3);
  • porque como Su pueblo, Él se ha comprometido a guiarnos, proveernos y protegernos: “pueblo suyo somos y ovejas de su prado” (v. 3);
  • porque Él es bueno y nos colma de beneficios: “Porque el Señor es bueno” (v. 5);
  • porque Él ha sido, es y siempre será misericordioso con Su pueblo al no pagarle como merecen sus pecados: “para siempre es su misericordia” (v. 5);
  • porque Él es siempre fiel, Él cumplirá absolutamente todas las promesas de bien hechas a nosotros: “y su fidelidad por todas las generaciones” (v. 5).

Teniendo todo esto en mente, ¡sirvamos al Señor con alegría!

¿Cómo “Fury” ejemplifica la lucha contra el pecado?

Corazones de HierroLa película Fury (Corazones de Hierro) es un drama de guerra que trata acerca de como el sargento Wardaddy, quien comanda un tanque de guerra y cuatro hombres, enfrenta grandes obstáculos mientras pelean para golpear la Alemania Nazi en abril de 1945.

Un póster de la película dice que “La guerra nunca termina tranquilamente” y creo que eso es cierto también de la lucha del cristiano con el pecado –por eso la Biblia describe la interacción entre el cristiano y el pecado como una guerra–: “pero veo otra ley en los miembros de mi cuerpo que hace guerra contra la ley de mi mente, y me hace prisionero de la ley del pecado que está en mis miembros” (Romanos 7:23; véanse también Gál. 5:17 y 1 Pe. 2:12).

¿Qué lecciones sobre la lucha contra el pecado se ejemplifican en esta película?

LOS PECADOS PEQUEÑOS RESULTAN DESASTROSOS

Wardaddy: “¿Por qué no disparaste?”
Norman: “Era sólo un niño. Lo lamento. La lamento mucho, sargento”.
Wardaddy: “¿Ves lo que puede hacer un niño?”. Mientras el sargento obliga a Norman a ver el cuerpo muerto de uno de sus compañeros mientras arde en llamas.

Es muy probable que si le hubiésemos dicho a David que cometería adulterio y asesinato, él se hubiese escandalizado y negado. Después de todo, ¿qué cristiano se levanta de su cama pensando en cometer adulterio y asesinato? Sin embargo, David cometió ambos pecados. Ahora, ¿cómo comenzó todo? Todo comenzó con ociosidad, David ni estaba en donde debió estar ni estaba haciendo lo que debió estar haciendo. Seguido de una mirada lujuriosa que no fue interrumpida, sino alimentada (2 Samuel 11). Sigue leyendo

Pink sobre “La bondad de Dios”.

Cita

La bondad de Dios es notoria en la variedad de placeres naturales que ha provisto para sus criaturas. Dios podía haberse contentado satisfaciendo nuestra hambre sin que la comida fuera agradable a nuestro paladar. ¡Qué evidente es su bondad en la variedad de gustos que ha dado a la carne, las verduras y las frutas! Dios nos ha dado, no sólo los sentidos, sino también aquello que los satisface; y esto, también, revela su bondad. La tierra podía haber sido igualmente fértil sin que su superficie fuera tan deliciosamente variada. Nuestra vida física podría haberse mantenido sin las flores hermosas que regalan nuestra vista y que exhalan dulces perfumes. Podríamos haber andado sin que los oídos nos trajeran la música de los pájaros. ¿De dónde proviene, pues, esta hermosura, este encanto tan generosamente venido sobre la faz de la naturaleza? Verdaderamente, “las misericordias de Jehová sobre todas sus obras” (Salmo 145:9).

[…]

La bondad de Dios apareció más gloriosa que nunca cuando “envió su Hijo, hecho de mujer, hecho súbdito a la ley, para que redimiese a los que estaban debajo de la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos” (Gálatas 4:4, 5). Fue entonces cuando una multitud de las huestes celestes alabó a su Creador y dijo: “Gloria en las alturas a Dios, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres” (Lucas 2:14). Si, en el Evangelio, “la gracia (en el original griego “bondad”) de Dios que trae salvación a todos los hombres, se manifestó” (Tito 2:11). Tampoco la bondad de Dios puede ser puesta en entredicho porque no hiciera objeto de su gracia redentora a todas las criaturas pecadoras. Tampoco lo hizo así con los ángeles caldos. Si Dios hubiera dejado que todos perecieran, ello no se hubiera reflejado en su bondad. Al que discuta tal afirmación le recordamos la soberana prerrogativa de nuestro Señor: “¿No me es lícito a mí hacer lo que quiero con lo mío? o ¿es malo tu ojo, porque yo soy bueno?” (Mateo 20:15).

“Alaben la misericordia de Jehová, y sus maravillas para con los hijos de los hombres” (Salmo 107:8). La gratitud es la respuesta justamente requerida de los que son objeto de su benevolencia; pero, porque su bondad es tan constante y abundante, a nuestro gran Benefactor, le es negada a menudo esta gratitud. Es tenida en poca estima porque es ejercida hacia nosotros en el curso normal de los eventos. No es sentida porque la experimentamos diariamente. “¿Menosprecias las riquezas de su benignidad?” (Romanos 2:4). Su bondad es “menospreciada” cuando no es perfeccionada como medio de llevar, a los hombres al arrepentimiento, sino que, por el contrario, sirve para endurecerlos al suponer que Dios pasa por alto su pecado.

La bondad de Dios es la esencia de la confianza del creyente. Esta excelencia de Dios es la que más apela a nuestros corazones. Su bondad permanece para siempre, y, por ello, nunca deberíamos desanimarnos: “Bueno es Jehová para fortaleza en el día de la angustia; y conoce a los que en El confían” (Nahum 1:7). “Cuando otros se portan mal con nosotros, ello debería llevamos a dar gracias al Señor, porque El es bueno; y, cuando somos conscientes de estar lejos de ser buenos, deberíamos bendecirle más reverentemente, porque Él es bueno. No debemos permitirnos ni un momento de incredulidad acerca de la bondad de Dios; aunque todo lo demás sea puesto en duda, esto es absolutamente cierto: Jehová es bueno; sus dispensaciones pueden variar, pero su naturaleza es siempre la misma” (C. H. Spurgeon).

Este artículo es un extracto tomado de: Arthur W. Pink. Los atributos de Dios (Barcelona, España: El Estandarte de la Verdad, 1997), pp. 83-86.

 

Todos perecerán, a menos que se arrepientan.

Desastre

El 12 de enero del 2010 un fuerte terremoto sacudió al país de Haití dejando más de 150 mil muertos. Un desastre más reciente, aunque no tan catastrófico como el primero, ocurrió en Miami (Florida) cuando un puente peatonal colapsó dejando al menos 6 muertos y varios heridos.

Al escuchar de desastres como esos, muchas personas piensan que “algo malo habrán hecho esas personas” para que Dios les mandara tal desastre. Y tal mentalidad no es nueva, en el tiempo de Jesús las personas pensaban de la misma manera. Lucas 13 nos dice que un grupo de personas le contaron a Jesús acerca de unos galileos a quienes Pilato había matado cruelmente (v. 1). A lo que Jesús respondió: “¿Pensáis que estos galileos eran más pecadores que todos los demás galileos, porque sufrieron esto?” (v. 2). Jesús también trajo a sus mentes la muerte de 18 personas debido a que una torre calló sobre ellas; y Él volvió a preguntar: “¿O pensáis que aquellos… eran más deudores que todos los hombres que habitan en Jerusalén?” (v. 3).

Jesús mismo respondió a ambas preguntas: “No”, y agregó, “si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente” (vv. 3, 5). Aunque los desastres y la muerte son consecuencia del pecado, no todo desastre es el resultado directo de un pecado en específico. Jesús no nos dijo por qué le ocurrieron tales desastres a esas personas, pero si nos deja claro que no fue porque ellas eran más pecadoras.

Si tú no eres cristiano y estas leyendo esto, debes saber que estás vivo no porque eres menos pecador que los demás. Así que, la pregunta no es “¿por qué tantos haitianos murieron en el terremoto?” o “¿por qué ese puente calló sobre esas personas?”, sino “¿por qué no estaba yo entre esos que murieron?”.

Tú estas vivo porque Dios, en Su soberanía, ha sido bondadoso, tolerante y paciente contigo hasta ahora (Ro. 2:4). Y Él no quiere que tú respondas a esa bondad continuando en una vida de pecado impenitente, lo cual te llevará a perecer. Tal vez la tierra sobre la que estás no tiemble y nada caiga sobre ti, pero –si no te arrepientes– perecerás en el infierno para siempre. Dios quiere que tú respondas a Su bondad arrepintiéndote sinceramente de todos tus pecados, y confiando sólo en Jesús como tu Salvador y Señor.