Cuando las buenas acciones no son suficientes.

“Todos los caminos del ser humano son limpios a sus ojos, pero las intenciones las juzga el Señor” (Proverbios 16:2. NVI).

La primera parte de este versículo parece indicar que la tendencia natural del ser humano no es tener una percepción demasiado baja de sí mismo, sino demasiado alta. Esto contradice la idea popular de muchos psicólogos. Fijémonos en que el texto dice “a sus [propios] ojos”, es decir, según su propia percepción. ¿Percepción de qué? De sus “caminos”, que en este contexto se refiere a sus acciones.

¿Cómo suele percibir el ser humano sus acciones? Como limpias, puras y buenas; y no solo algunas, sino todas. Creo que por eso, aun cuando hacemos lo malo, buscamos justificarlo (“tuve que hacerlo porque…”), minimizarlo (“no es para tanto”) o culpar a otros (“lo hice por culpa de él o de ella…”).

Creo que esa misma tendencia explica por qué muchas personas reconocen, en teoría, que son pecadoras, pero no sienten verdadero dolor por su pecado ni consideran necesario cambiar de rumbo.

Las intenciones del corazón

La segunda parte del versículo introduce un contraste marcado con la palabra “pero”. Es como si el proverbista estuviera diciendo: al final del día, no importa tanto cómo te ves a ti mismo ni cómo evalúas tus acciones; lo que realmente importa es cómo Dios te ve a ti y a tus obras.

Todos compareceremos algún día delante de Dios para ser juzgados por Él. Y, sin importar los argumentos o justificaciones que presentemos, Dios tendrá la última palabra. La sentencia final viene de Él.

La palabra que la Biblia NVI traduce como “juzga” significa literalmente “pesa”. Podemos decir lo que queramos acerca del valor o del peso de nuestras acciones delante de Dios, pero al final Él las tomará, las pondrá en la balanza y determinará cuál es su verdadero peso. Y Su balanza no está manipulada: no añade peso de más ni quita peso de menos. Su juicio es perfectamente justo.

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4 verdades profundas en Robot Salvaje.

Robot Salvaje (The Wild Robot) es una película animada dirigida por Chris Sanders y basada en la serie de libros (que lleva el mismo nombre) de Peter Brown. La cinta tuvo un estreno mejor de lo esperado y terminó superando los 330 millones de dólares a nivel mundial.

La historia sigue a Roz, una robot diseñada para servir a los humanos que, tras un accidente, naufraga en una isla. Allí, poco a poco, aprende a adaptarse a la naturaleza, establece vínculos con los animales y termina criando a un pequeño ganso huérfano llamado Brillo.

Más allá de hacerme valorar aún más el amor de mi madre, la película ilustra con claridad las siguientes cuatro verdades:

La maternidad

Cuando una zarigüeya —madre de una numerosa camada— le dice a Roz: “este gansito es tuyo”; ella responde que no, argumentando que el pequeño “emite ruidos y hace que las tareas sencillas sean complicadas o imposibles”. Añade además: “No cuento con la programación para ser madre”. A lo que la zarigüeya replica: “Nadie la tiene, así que improvisamos”.

Este diálogo resulta profundamente contracultural. Vivimos en una época en la que muchos consideran a los hijos, en el mejor de los casos, como un obstáculo. Sin embargo, la Biblia los presenta como una bendición y declara dichosos a los padres que los tienen (Salmos 127:5).

En una cultura donde no pocas madres recurren al aborto bajo la idea de no estar listas para la maternidad, la decisión de Roz de criar a Brillo —en lugar de entregarlo a morir— plantea un reto que merece ser asumido.

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En la crisis mundial, recuerda esto

Lo único en la vida o en la muerte que merece nuestra confianza es el amor de Dios. El dólar puede subir o bajar, las naciones pueden tambalearse al borde de la destrucción, la salud puede mejorar o deteriorarse, pero a través de todo ello la confianza del hijo de Dios debe permanecer constante e intacta, porque el amor de Dios nunca falla.

Tres veces en el Salmo 33 se nos habla del “gran amor” de Dios (NVI; “misericordia”, NBLA). Las acciones caen. Los matrimonios fracasan. Los amigos fallan. Pero el amor de Dios por ti no falla. Cuando todo lo demás y todos los demás se desploman, el salmista nos asegura que “llena está la tierra de la misericordia del Señor” (v. 5). Los ojos del Señor, nos dice, están “sobre los que esperan en Su misericordia” (v. 18). Su oración va directamente al punto: “Sea sobre nosotros Tu misericordia, oh Señor, según hemos esperado en Ti” (v. 22).

Dios es amor

Todos estamos familiarizados con la afirmación de 1 Juan 4:8 de que “Dios es amor”. Esto no significa que en Dios no haya nada más que amor. Una vez que hayas dicho todo acerca del amor de Dios, no habrás dicho todo acerca de Dios. El Dios que es amor es igualmente santo, verdadero, justo, misericordioso y poderoso.

Quizás Juan quiere decir que Dios es un amante. Eso suena menos frío que “Dios es amor”. El amor es lo que Dios siente y hace, no solo lo que Dios es. No tengo problema con eso. Sea cual sea la intención precisa de Juan al decir que Dios es amor, como mínimo quiere decir que el amor es un atributo eterno y esencial del ser y del actuar de Dios. Por lo tanto, Dios nunca jamás dejará de amar (perdón por la doble negación). El amor de Dios es inagotable porque es el amor de Dios. El amor de Dios fallará cuando Dios mismo falle. Como dije en un capítulo anterior, mientras Dios viva, Dios ama.

¿Podría haber algo más digno de nuestra confianza que aquello que siempre es? Si el amor de Dios nunca falla, ¿dónde mejor poner nuestra fe? […] Pase lo que pase en este mundo, quienquiera que te dé la espalda cuando las cosas se pongan difíciles, de esto puedes estar seguro: el que pone su confianza, su esperanza y su seguridad en el amor infalible de Dios nunca será avergonzado.


Este artículo es un extracto tomado de: Sam Storms. The Singing God [El Dios que canta] (USA: Passio, 2013), pp. 107-108.