6 características de la ira de Dios.

Sabemos que en Dios no hay pecado, y sin embargo, muchos pasajes hablan de la ira de Dios. Por ejemplo, en el Antiguo Testamento, el Salmo 7:11 declara: “Dios es juez justo, y un Dios que se indigna cada día contra el impío”. En el Nuevo Testamento, Juan 3:36 también hace referencia a la ira divina: “el que no obedece al Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios permanece sobre él”.

Asimismo, sabemos que Jesús no cometió pecado, pero hay textos que muestran su ira. En Marcos 3:5 leemos: “Y mirando con enojo a los que lo rodeaban, y entristecido por la dureza de sus corazones”; y en Apocalipsis 6:16 se menciona lo siguiente: “y decían a los montes y a las peñas: «Caigan sobre nosotros y escóndannos de la presencia de Aquel que está sentado en el trono y de la ira del Cordero”.

Aquí te presento algunas características de la ira de Dios. Al compararlas con tu propia ira, podrás discernir si tu ira es santa —y debe cultivarse— o es pecaminosa —y debe desecharse—.

1. La ira de Dios es provocada.

Me parece que fue Thomas Watson quien hizo la interesante observación de que, a diferencia de cuando la Biblia habla que Dios es amor, cuando la Biblia habla de Su ira se dice que ésta es provocada. Deuteronomio 32:21 dice: “Ellos me han provocado a celo con lo que no es Dios; me han irritado con sus ídolos”. Dios no es provocado a amor, El es amor. Dios no es ira, El es provocado a ira. Como una abeja que naturalmente produce miel y sólo pica cuando es provocada.

Nuestra ira es pecaminosa cuando ésta define lo que somos —cuando somos iracundos o vivimos constantemente enojados—. Esa ira debe ser desechada.

Aquí quiero detenerme para aclarar que la ira y el amor no son mutuamente excluyentes. El amor responde con ira cuando el objeto amado es afectado. ¿Pensarías que un esposo ama a su esposa si se queda inmutable mientras ella es abusada? ¿Pensarías que una madre ama a sus hijos si se ríe mientras sus hijos son acosados en la escuela? De la misma manera, pero sin pecado, Dios ama tanto Su nombre y ama tanto Su iglesia que no puede quedarse de brazos cruzados cuando pecan contra ellos.

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Cuando las buenas acciones no son suficientes.

“Todos los caminos del ser humano son limpios a sus ojos, pero las intenciones las juzga el Señor” (Proverbios 16:2. NVI).

La primera parte de este versículo parece indicar que la tendencia natural del ser humano no es tener una percepción demasiado baja de sí mismo, sino demasiado alta. Esto contradice la idea popular de muchos psicólogos. Fijémonos en que el texto dice “a sus [propios] ojos”, es decir, según su propia percepción. ¿Percepción de qué? De sus “caminos”, que en este contexto se refiere a sus acciones.

¿Cómo suele percibir el ser humano sus acciones? Como limpias, puras y buenas; y no solo algunas, sino todas. Creo que por eso, aun cuando hacemos lo malo, buscamos justificarlo (“tuve que hacerlo porque…”), minimizarlo (“no es para tanto”) o culpar a otros (“lo hice por culpa de él o de ella…”).

Creo que esa misma tendencia explica por qué muchas personas reconocen, en teoría, que son pecadoras, pero no sienten verdadero dolor por su pecado ni consideran necesario cambiar de rumbo.

Las intenciones del corazón

La segunda parte del versículo introduce un contraste marcado con la palabra “pero”. Es como si el proverbista estuviera diciendo: al final del día, no importa tanto cómo te ves a ti mismo ni cómo evalúas tus acciones; lo que realmente importa es cómo Dios te ve a ti y a tus obras.

Todos compareceremos algún día delante de Dios para ser juzgados por Él. Y, sin importar los argumentos o justificaciones que presentemos, Dios tendrá la última palabra. La sentencia final viene de Él.

La palabra que la Biblia NVI traduce como “juzga” significa literalmente “pesa”. Podemos decir lo que queramos acerca del valor o del peso de nuestras acciones delante de Dios, pero al final Él las tomará, las pondrá en la balanza y determinará cuál es su verdadero peso. Y Su balanza no está manipulada: no añade peso de más ni quita peso de menos. Su juicio es perfectamente justo.

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Capítulo 1 de la Gran Historia.

Capítulo 1ro de la Gran Historia
«Pero para ellos era solo el principio de la verdadera historia. Toda su vida en este mundo y todas sus aventuras en Narnia no habían sido sino la portada y la carátula; ahora, por fin, comenzaban el Capítulo Primero de la Gran Historia que nadie en la tierra ha leído jamás: que continúa para siempre y en la que cada capítulo es mejor que el anterior» (C. S. Lewis).

4 verdades profundas en Robot Salvaje.

Robot Salvaje (The Wild Robot) es una película animada dirigida por Chris Sanders y basada en la serie de libros (que lleva el mismo nombre) de Peter Brown. La cinta tuvo un estreno mejor de lo esperado y terminó superando los 330 millones de dólares a nivel mundial.

La historia sigue a Roz, una robot diseñada para servir a los humanos que, tras un accidente, naufraga en una isla. Allí, poco a poco, aprende a adaptarse a la naturaleza, establece vínculos con los animales y termina criando a un pequeño ganso huérfano llamado Brillo.

Más allá de hacerme valorar aún más el amor de mi madre, la película ilustra con claridad las siguientes cuatro verdades:

La maternidad

Cuando una zarigüeya —madre de una numerosa camada— le dice a Roz: “este gansito es tuyo”; ella responde que no, argumentando que el pequeño “emite ruidos y hace que las tareas sencillas sean complicadas o imposibles”. Añade además: “No cuento con la programación para ser madre”. A lo que la zarigüeya replica: “Nadie la tiene, así que improvisamos”.

Este diálogo resulta profundamente contracultural. Vivimos en una época en la que muchos consideran a los hijos, en el mejor de los casos, como un obstáculo. Sin embargo, la Biblia los presenta como una bendición y declara dichosos a los padres que los tienen (Salmos 127:5).

En una cultura donde no pocas madres recurren al aborto bajo la idea de no estar listas para la maternidad, la decisión de Roz de criar a Brillo —en lugar de entregarlo a morir— plantea un reto que merece ser asumido.

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