El amor más grande de todos.

El amor de Dios se muestra como muy grande en el hecho de a quiénes amó (un mundo pecador), la clase de regalo que dio (Su Hijo unigénito) para no darles lo que ellos sí merecían (ser entregados a miserias eternas) y darles lo que ellos no merecían (la vida eterna).

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Amados, amémonos unos a otros.

“Amados, si Dios así nos amó, también nosotros debemos amarnos unos a otros” (1 Juan 4:11).

El llamamiento de este versículo va dirigido a todos los cristianos. Y aquí a ellos se les llama «amados». ¿Amados por quién? En última instancia, a los amados por Dios.

¿Cómo Dios nos ha amado? Según el contexto, Dios nos ha amado con un gran amor: Dios nos ha amado tanto como para enviar a Su Hijo unigénito; Dios nos ha amado tanto como para someter a Su Hijo al castigo que viles pecadores merecían para que ellos fueran reconciliados.

Y si Dios nos ha amado con tan grande amor, entonces debemos amar a nuestros hermanos en Cristo. El amor de Dios por nosotros nos envuelve y nos aprieta de tal manera que tenemos que amar a nuestros hermanos. Al mismo tiempo, este amor nos desarma de todo argumento que nosotros podamos tener para no amar a nuestros hermanos. Si Dios, siendo tan grande, amó a alguien tan bajo como yo; ¿quién soy yo para no amar a mi hermano que es como yo?

Tú no tienes excusa para no ser paciente con tu hermano, porque la paciencia de Dios contigo ha sido mucha. Tú no tienes excusa para no ser bondadoso con tu hermano, porque Dios ha sido bondadoso contigo a pesar de tu maldad. Tú no tienes excusa para buscar únicamente tus propios intereses, porque Cristo no buscó lo Suyo propio. Tú no tienes excusa para no perdonar a tu hermano, porque Dios te ha perdonado todos tus pecados.

Aquí te doy la clave para amar a tu hermano: mientras oras a Dios para que Él haga abundar tu amor por tu hermano, media en ese amor único que Dios tiene por ti y que se mostró en la cruz de Jesucristo. Y cuando seas herido por una ofensa de tu hermano; recuerda cuánta fue la tristeza en el corazón de Dios cuando tú le ofendiste, pregúntate dónde hubieras estado si Dios hiciera contigo lo que merecía tu ofensa, recuerda que Él no lo hizo, y ama.

Termino con las siguientes palabras de C. J. Mahaney: “Cuando me enojo o me niego a perdonar a otros, estoy suponiendo que los pecados de los demás son más graves que mis pecados contra Dios… Ningún pecado que se cometa en mi contra puede ser tan grave como los incontables pecados que cometí en contra de Dios. En el momento en que nos percatamos de cuánto Dios nos ha perdonado, no nos resulta difícil perdonar a los demás” (Vivamos centrados en la cruz, p. 142).

Proverbios sobre el pecado sexual.

PROVERBIOS 5:3, 4

“Porque los labios de la extraña destilan miel, y su lengua es más suave que el aceite; pero al final es amarga como el ajenjo, aguda como espada de dos filos”.

La Biblia no niega que el pecado sexual se siente bien al principio. Si no fuera así (si no se sintiera bien al principio), ninguno se sentiría atraído a cometerlo. Pero la Biblia, a diferencia del pecado, nos dice toda la verdad: el placer que éste ofrece es temporal, de corta duración, y es seguido por dolor, por pena. Lo que sabía dulce pronto pasa a saber amargo: “y al final te lamentes, cuando tu carne y tu cuerpo se hayan consumido” (v. 11).

Dios, por el contrario, nos llama a disfrutar del sexo en el contexto correcto –el matrimonio– y con la persona correcta –tu cónyuge–. Eso no debe ser menospreciado ya que es una arma poderosa en contra del pecado sexual: “Bebe agua de tu cisterna y agua fresca de tu pozo. ¿Se derramarán por fuera tus manantiales, tus arroyos de aguas por las calles? Sean para ti solo, y no para los extraños contigo. Sea bendita tu fuente, y regocíjate con la mujer de tu juventud, amante cierva y graciosa gacela; que sus senos te satisfagan en todo tiempo, su amor te embriague para siempre” (vv. 15-19; véase también 1 Corintios 7:9). Sigue leyendo