¡Sé mi salvador o muero!

Dos de las cosas imprescindibles para sustentar nuestra vida física son la comida y el agua –sin éstas, morimos–. Pero Jesucristo es mucho más imprescindible tanto para nuestro cuerpo físico como también para nuestra alma. Jesucristo no es meramente agua, Él es el agua viva. Jesucristo no es meramente pan, Él es el pan de la vida.

En Juan 6 Jesucristo no tan solo se presenta a sí mismo como el agua viva y el pan de la vida, sino que también nos invita a comer Su carne y a beber Su sangre: “Jesús les dijo: Yo soy el pan de la vida; el que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí nunca tendrá sed” (v. 35). Ahora, comer Su carne y beber Su sangre no es en sentido literal; como vemos claramente en el versículo anterior, comer Su sangre y beber Su sangre se refiere a ir a Jesucristo para recibir lo que Él prometió, se refiere a creer en quien Jesucristo es.

Una vez hemos dado la espalda al pecado y hemos venido confiadamente a Jesucristo, Él satisface nuestra alma de tal manera que ésta nunca más tendrá hambre o sed. Y no solamente eso, sino que también Él sustentará nuestra vida física para siempre al resucitar nuestros cuerpos en el día final: “Y esta es la voluntad del que me envió: que de todo lo que El me ha dado yo no pierda nada, sino que lo resucite en el día final” (v. 39). Nada ni nadie más puede sernos de tanto provecho (Jer. 2:11) o brindarnos un gozo completo y para siempre (Sal. 16:11).

El milagro – Marcos Vidal

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LETRA

Aún no puedo asimilar lo que me ha sucedido,
el milagro más glorioso que yo he vivido,
que después de malgastar lo que no era mío
no he tenido que pagar.
Traicioné a aquel que me perdonó la vida,
humillé al que curó toda mi herida,
y en mi huida coseché lo que merecía,
y desvanecido en mi dolor
en algún momento Él me encontró.

CORO:
Y he despertado en el redil,
no sé cómo,
entre algodones y cuidados del Pastor,
y antes de poder hablar de mi pasado,
me atraviesan Sus palabras y Su voz;
Que se alegra tanto de que haya vuelto a casa,
que no piense, que descanse, que no pasa nada,
y dormido en su regazo, lo he sabido,
tengo Vida, tengo Dueño y soy querido.

He aprendido la lección del amor divino,
que me transformó, cruzándose en mi camino,
y que dio a mi vida entera otro sentido,
otra meta y otro fin;
yo no sé lo que traerá para mi el mañana,
pero sé que nunca se apagará su llama,
salga el sol por donde quiera,
Él me ama,
sé lo que es la gracia y el perdón,
su misericordia es mi canción.

5 verdades sobre Romanos 8:28.

Aparte de Juan 3:16, hay un versículo en la Biblia que es muy conocido entre los cristianos. Es un versículo al cual recurrimos cuando nuestra barca parece ser cubierta por un mar de aflicción. Es un versículo que podría sonar como el famoso refrán “no hay mal que por bien no venga”, pero que como veremos más adelante no es igual –¡es mucho mejor!–. Consideremos cinco verdades sobre Romanos 8:28, el cual dice:

“Y sabemos que para los que aman a Dios, todas las cosas cooperan para bien, esto es, para los que son llamados conforme a su propósito”.

1. Todas las cosas significa todas. Esto puede ser obvio para muchos, pero es bueno enfatizarlo. Cuando el versículo dice que «todas las cosas cooperan para bien» no excluye las cosas malas que puedan venir. Si tenemos tribulación, ésta cooperará para nuestro bien; si tenemos angustia, ésta cooperará para nuestro bien; si tenemos persecución, ésta cooperará para nuestro bien; si tenemos hambre, ésta cooperará para nuestro bien; si tenemos desnudez, ésta cooperará para nuestro bien; si tenemos peligro, éste cooperará para nuestro bien; si tenemos espada (i.e. muerte), éste cooperará para nuestro bien.

2. La promesa no es para todo el mundo. Nótese que esta promesa no va dirigida a todo el mundo sin excepción. La promesa va dirigida a un grupo particular de personas: aquellos que aman a Dios, aquellos que son llamados por Él. Solamente los cristianos pueden apropiarse de esta promesa y hallar consuelo en ella. Sigue leyendo

Venganza, rencor y amor.

Abrazo

El segundo mandamiento más importante, amar al prójimo como a sí mismo, no fue un mandamiento nuevo que Jesús dio en el Nuevo Testamento. Mas bien, Jesús citó este mandamiento del Antiguo Testamento. Levítico 19:18 dice lo siguiente:

“No te vengarás, ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo, sino que amarás a tu prójimo como a ti mismo; yo soy el Señor”.

Nótese que “amarás a tu prójimo como a ti mismo” es contrastado con “no te vengarás, ni guardarás rencor”. La venganza y el guardar rencor no pueden existir junto al amor al prójimo –pues se excluyen mutuamente–.

No estamos amando a nuestro prójimo como a nosotros mismos cuando nos vengamos de él, cuando le hacemos un daño debido a una ofensa que cometió. Ahora, podemos no hacerle daño externamente y aun así no estar amándolo como a nosotros mismos. No estamos amando a nuestro prójimo como a nosotros mismos cuando le guardamos rencor, cuando mantenemos internamente con ira la ofensa del otro en nuestro corazón. El versículo termina con la firma de Dios –“yo soy el Señor”–, lo cual indica bajo qué autoridad está tal mandamiento –no la de Moisés, sino la de Dios mismo–.

¿Quién de nosotros puede decir que nunca se ha vengado ni ha guardado rencor contra su prójimo? ¿Quién de nosotros puede decir que siempre ha amado a su prójimo como a sí mismo? ¡Nadie está libre de pecado! Pero Jesucristo siempre obedeció los mandamientos de Dios y, sin embargo, murió en la cruz; para así regalar el perdón de pecados y el ser tratados como si siempre se hubiera amado al prójimo a todo aquel que confía en Él como Salvador. Ahora podemos amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos a pesar de sus ofensas, porque Dios nos amó y nos salvó en Jesucristo a pesar de nuestros pecados.