Cada vez que ocurre una calamidad, ya sea personal o nacional, muchas personas la interpretan como un castigo de Dios por algún pecado cometido. Este razonamiento no es nuevo: el libro de Job relata cómo él perdió en un solo día todo lo que poseía, incluyendo a sus hijos e hijas, además de su salud. Cuando sus amigos vinieron a consolarlo, le aseguraron que su sufrimiento era consecuencia de algún pecado suyo; sin embargo, esa conclusión era falsa.
Para responder a esta inquietud, lo primero que debemos afirmar es que toda calamidad que enfrentamos en este mundo, en última instancia, se debe a la presencia del pecado. Antes de la rebelión de Adán y Eva, cuando el pecado aún no había entrado en la creación, todo era “bueno en gran manera” (Génesis 1:31). La enfermedad, los desastres naturales y la muerte existen porque el pecado existe. Pero la Biblia no se detiene allí: también nos promete que cuando Cristo regrese habrá “un cielo nuevo y una tierra nueva” (Apocalipsis 21), donde no habrá más calamidad ni pecado. Esa es la esperanza segura de todos aquellos que se han arrepentido de sus pecados y han confiado en Jesús.
Ahora bien, la pregunta que nos ocupa en este artículo es más específica: ¿puede una calamidad determinada ser el castigo de Dios por un pecado en particular? La respuesta no es tan sencilla como un “sí” o un “no”…
No siempre es un castigo
En el evangelio según Juan, capítulo 9, se narra que Jesús y Sus discípulos, mientras caminaban, se encontraron con un hombre ciego de nacimiento. La ceguera es un sufrimiento que no necesitamos experimentar para comprender lo difícil que resulta, y este hombre había cargado con ella desde su primer día de nacido. Al verlo, los discípulos se dirigieron a Jesús como “Rabí”, reconociéndolo como maestro capaz de responder a una pregunta difícil: “¿Quién pecó, este o sus padres, para que naciera ciego?” (v. 2).
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