¿Qué tienen en común 246 hombres caídos en pecado?

En el artículo “The pattern among fallen pastors” [El patrón entre los pastores caídos], Garret Kell habla de cómo Howard Hendricks dirigió un estudio en el que se examinó 246 hombres en el ministerio a tiempo completo que cayeron en relaciones adulteras en un período de dos años. Hendricks copiló cuatro características en común que tenían estos hombres. Consideremos estas características para no tropezar de la misma manera:

1. NINGUNO RENDÍA CUENTAS

Rendir cuentas no es un lujo. Aunque el término no aparece literalmente en la Biblia, el Nuevo Testamento está lleno de instrucciones para “unos a otros”. Lo cual nos muestra que la iglesia es esencial para crecer en santidad.

Necesitamos de cristianos con el Espíritu Santo en sus corazones y con sus Biblias bajo el brazo para reprendernos cuando andamos mal y para animarnos cuando andamos bien. Hebreos 3:12, 13 dice que una medicina preventiva contra la apostasía es la exhortación de otros cristianos: “Tened cuidado, hermanos, no sea que en alguno de vosotros haya un corazón malo de incredulidad, para apartarse del Dios vivo. Antes exhortaos los unos a los otros cada día, mientras todavía se dice: Hoy; no sea que alguno de vosotros sea endurecido por el engaño del pecado“.

¿Le has abierto tu corazón a al menos un hermano? ¿Le has dado permiso para exhortarte o tienes una actitud de “no se metan en mi vida”? Continúa leyendo ¿Qué tienen en común 246 hombres caídos en pecado?

Piper sobre “¿Cómo luchar por el gozo?”.

1. Reconoce que el gozo auténtico en Dios es un regalo: “Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad” (Gálatas 5:22).

2. Reconoce que debes luchar por el gozo: “Y convencido de esto, sé que permaneceré y continuaré con todos vosotros para vuestro progreso y gozo en la fe” (Filipenses 1:25).

3. Resuelve atacar a todo pecado conocido en tu vida: “porque si vivís conforme a la carne, habréis de morir; pero si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis” (Romanos 8:13).

4. Aprende el secreto de Culpa Valiente –luchar como un pecador justificado–: “No te alegres de mí, enemiga mía. Aunque caiga, me levantaré, aunque more en tinieblas, el Señor es mi luz. La indignación del Señor soportaré, porque he pecado contra El, hasta que defienda mi causa y establezca mi derecho. El me sacará a la luz, y yo veré su justicia” (Miqueas 7:8, 9).

5. Reconoce que la batalla es principalmente una lucha por ver a Dios por quien Él es: “Probad y ved que el Señor es bueno. ¡Cuán bienaventurado es el hombre que en El se refugia!” (Salmos 34:8).

6. Medita en la Palabra de Dios día y noche: “sino que en la ley del Señor está su deleite, y en su ley medita de día y de noche! Será como árbol firmemente plantado junto a corrientes de agua, que da su fruto a su tiempo, y su hoja no se marchita; en todo lo que hace, prospera” (Salmos 1:2, 3).

7. Ora por ojos abiertos del corazón y una inclinación por Dios: “Inclina mi corazón a tus testimonios y no a la ganancia deshonesta” (Salmos 119:36).

8. Aprende a predicarte en vez de escucharte a ti mismo: “¿Por qué te abates, alma mía, y por qué te turbas dentro de mí? Espera en Dios, pues he de alabarle otra vez por la salvación de su presencia” (Salmos 42:5).

9. Pasa tiempo con gente saturada de Dios que te ayude a ver a Dios y a batallar: “Tened cuidado, hermanos, no sea que en alguno de vosotros haya un corazón malo de incredulidad, para apartarse del Dios vivo. Antes exhortaos los unos a los otros cada día, mientras todavía se dice: Hoy; no sea que alguno de vosotros sea endurecido por el engaño del pecado” (Hebreos 3:12, 13).

10. Se paciente en la noche en la que Dios parece ausente: “Al Señor esperé pacientemente, y El se inclinó a mí y oyó mi clamor. Me sacó del hoyo de la destrucción, del lodo cenagoso; asentó mis pies sobre una roca y afirmó mis pasos. Puso en mi boca un cántico nuevo, un canto de alabanza a nuestro Dios; muchos verán esto, y temerán, y confiarán en el Señor” (Salmos 40:1-3).

Este artículo es una adaptación y traducción, hecha por Misael Susaña, de: John Piper. Desiring God [Desesando a Dios] (Estados Unidos: Multnomah Publishers, 2003), pp. 353-360.