Razones por las que no tienes lo que quieres [II]

Santiago da varias razones por las cuales no tenemos lo que queremos y una de ellas es que no pedimos a Dios en oración. Pero esa no es la única razón que se da, él también dice:

“Pedís y no recibís, porque pedís con malos propósitos, para gastarlo en vuestros placeres” (Stg. 4:3).

Según Santiago, en ocasiones sí pedimos, pero pedimos mal: para gastar en deleites pecaminosos. Y Dios no ha prometido satisfacer nuestros deleites pecaminosos.

Es una gracia de Dios el no recibir cada vez que pedimos mal. Dios es celoso y no nos dará dinero para que lo gastemos en otros amantes (vv. 4-5). Pero Sus celos no son porque algún otro pudiera ser tan bueno como Él o mejor que Él, sino porque Dios sabe que no hay otro tan bueno o mejor que Él. El pecado es engañoso, su placer es de corta duración y su fin es muerte (Heb. 3:13; 11:25; Ro. 6:21).

Examina los deseos de tu corazón: al escuchar a tus propias oraciones, ¿qué podrías decir que domina tu corazón? ¿Es tu deseo más grande que el nombre de Dios sea santificado, que Su reino venga y que se haga Su voluntad? ¿O es que tu nombre sea reconocido, que tu agenda avance y que tu voluntad se haga? No le pidas a Dios nada que esté claramente en contra de Su voluntad y preséntale tus deseos con manos abiertas –no cerradas–. Es decir, que tu actitud sea como la de Jesús: “… pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya”.

Recuerda que Dios, más que nadie, sabe lo que es mejor para nosotros y Él está comprometido a dárnoslo. Si le has pedido algo a Dios y Él no te lo ha dado, ve Su “no” como una demostración de Su compromiso de darte lo que es mejor para ti.

¿Qué nos recuerda la navidad?

“Pues lo que la ley no pudo hacer, ya que era débil por causa de la carne, Dios lo hizo: enviando a su propio Hijo en semejanza de carne de pecado y como ofrenda por el pecado, condenó al pecado en la carne, para que el requisito de la ley se cumpliera en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu” (Romanos 8:3, 4).

La ley aquí se refiere a todos los mandamientos revelados por Dios y que el hombre está en la obligación de cumplir. Entre esos mandamientos se encuentran que no se debe robar, que no se debe adulterar y que no se debe tener otros dioses delante del Dios verdadero. ¿Qué es lo que la ley no pudo hacer? Salvar de la culpa del pecado y del dominio del pecado. Por medio de nuestra obediencia a la ley no podemos salvarnos de la condenación y no podemos romper las cadenas que nos esclavizan al pecado.

Ahora, el versículo aclara que la salvación por medio de la obediencia a la ley es imposible no porque haya algún defecto en la ley. La ley es santa, justa y buena (Ro. 7:12). Es imposible debido a que la ley es débil por la carne. En otras palabras, el problema no está en la ley, el problema está en nosotros. El problema está en que la naturaleza humana ha sido debilitada tanto por el pecado que es incapaz de cumplir la ley.

La ley buena y justa de Dios nos dice “no codiciarás”, pero nuestro corazón rebelde nos hace codiciar. La ley buena y justa de Dios nos dice “no matarás”, pero nuestro corazón rebelde nos hace matar. La ley buena y justa de Dios nos dice “no cometerás adulterio”, pero nuestro corazón rebelde nos hace cometer adulterio. La ley buena y justa de Dios nos dice “honra a tu padre y a tu madre”, pero nuestro corazón rebelde nos hace deshonrarlos (véase Ro. 7:8-11). Recordemos que todos esos pecados pueden nunca exteriorizarse, pero siguen siendo pecados y dignos de condenación.

¿Qué nos recuerda la navidad?

  • La navidad nos recuerda cuán débil somos: Somos incapaces de obedecer perfectamente la ley de Dios y así salvarnos.
  • La navidad nos recuerda cuán grande es nuestro pecado: Ningún pecado, por más insignificante que parezca a nuestros ojos, es tan pequeño como para que Dios simplemente lo ignore.

1ra parte; 2da parte

 

Paz para aquel de firme propósito.

Uno de los llamamientos más repetitivos de Dios a Su pueblo, a través del profeta Isaías, fue que confiaran en Él (Isaías 12:2; 31:1; 32:17; 50:10). Y es que nuestro pecado (para deshonra de Dios) y nuestra necedad (para perjuicio nuestro) es confiar en hombres y en cosas en vez de en Dios.

En Isaías 26:3 leemos lo siguiente: “Al de firme propósito guardarás en perfecta paz, porque en ti confía”. El versículo comienza hablando de aquel de firme propósito, pero ¿quién es éste? En el mismo versículo podemos encontrar la respuesta. Nótese que él es alguien que confía en Dios. Es decir que aquí se está hablando de alguien cuyo firme propósito es confiar en Dios. Y ese propósito es firme porque no cambia con el pasar del tiempo, sino que permanece. Es por eso que la Biblia Reina Valera 1960 traduce esta línea de la siguiente manera: “aquel cuyo pensamiento en ti persevera”.

Y es a aquel cuyo pensamiento persevera en Dios con fe que se le promete ser guardado en paz, en perfecta paz. Dios guardará nuestro corazón sin importar cuán grande sea la aflicción externa. Somos como ese niño que estaba tranquilo, mientras todos los demás pasajeros estaban aterrorizados, en un avión que pasaba por turbulencia; porque él sabía que su padre era el piloto. Este pasaje nos recuerda que la paz interior no viene como resultado de negar las circunstancias difíciles que nos rodean; sino que la paz viene como resultado de pensar en todo lo que Dios es para nosotros –especialmente en la persona de Jesucristo– y creer.

Dios ha sido, para todos los que confían en Él, «baluarte para el desvalido, baluarte para el necesitado en su angustia, refugio contra la tormenta, sombra contra el calor» (Isaías 25:4) y Él no cambiará.

Termino con el siguiente llamamiento del profeta: “Confiad en el Señor para siempre, porque en Dios el Señor, tenemos una Roca eterna”. El profeta compara a Dios con una roca para ilustrar la firmeza de Dios y la seguridad de todos aquellos que están en Él. Y como si todo eso fuera poco, se añade “eterna”: siglos y siglos pasarán, pero Dios seguirá siendo el mismo. Confiemos, por lo tanto, en Él; todo lo demás es arena movediza.

El corazón del problema.

Los conflictos existen debido a los deseos pecaminosos del corazón y estos últimos son evidencia de que nuestra relación con Dios no anda bien. El Dios de toda gracia nos llama a volver a Él en arrepentimiento.

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