¿Por qué el inocente fue condenado?

Esposas

Cuando Jesús fue llevado al sumo sacerdote para ser interrogado, Jesús respondió que podían preguntarles a todos los que habían oído sus enseñanzas ya que Él había hablado abiertamente. Entonces, uno de los alguaciles le dio una bofetada a Jesús. Y Jesús dijo: “Si he hablado mal, da testimonio de lo que he hablado mal; pero si hablé bien, ¿por qué me pegas?”. Jesucristo era inocente, Él no había cometido ningún crimen ni en palabra ni en acción; por lo tanto, no merecía ser abofeteado ni castigado de ninguna otra forma. Jesucristo fue el único que nunca pecó y siempre hizo lo correcto delante de los ojos de Dios.

LAS AUTORIDADES

Las autoridades conocen las leyes más que el pueblo y, por lo tanto, son capaces de encontrar delitos en alguien fácilmente. Aun así, Pilato (procurador romano de Judea) dijo acerca de Jesús: “yo no encuentro ningún delito en El” (Jn. 19:6).

LOS CONOCIDOS

Los conocidos no son ni amigos que pueden estar a favor ni enemigos que pueden estar en contra, hasta cierto punto su testimonio es imparcial. Jesús fue crucificado entre dos ladrones. Aunque es muy probable que hubieran escuchado acerca de Jesús, ellos no andaban con Jesús. Y uno de ellos dijo: “Y nosotros a la verdad, justamente, porque recibimos lo que merecemos por nuestros hechos; pero [Jesús] nada malo ha hecho” (Lc. 23:41). Sigue leyendo

Sproul sobre “La justicia de Dios”.

Cita

No hay conflicto entre el Dios del Antiguo y el del Nuevo Testamento. Fue el Dios del Antiguo Testamento a quien Cristo llamó, “Padre.” Fue el Dios de Abraham, Isaac y Jacob, quien de tal manera amó al mundo, que envió a su único Hijo para redimirlo. La comida y la bebida de Jesús fue hacer la voluntad de este Dios. Fue el celo por este Dios lo que consumió a Cristo, el Dios que mató a Nadab, Abiú y a Uza. El mismo Dios que destruyó al mundo con un diluvio, es el mismo que derrama las lluvias de su gracia sobre nosotros.

El falso conflicto entre los dos testamentos puede ser visto en el más brutal acto de la venganza divina jamás registrado en la Escritura. No se encuentra en el Antiguo, sino en el Nuevo Testamento. La más violenta expresión de la ira y la justicia de Dios se pueden ver en la cruz. Si alguien ha tenido razones para quejarse de injusticia, fue Jesús. El fue el único hombre inocente al que Dios ha castigado. Si nos tambaleamos ante la ira de Dios, tambaleémonos ante la cruz. Es aquí donde nuestro asombro debe estar enfocado. Si tenemos causa para indignamos moralmente, dirijamos esa indignación hacia el Gólgota.

La cruz fue a la vez el ejemplo más horrible y el más hermoso de la ira de Dios. Fue el acto más justo y más lleno de gracia en la historia. Dios hubiera sido más que injusto, hubiera sido diabólico en castigar a Jesús, si Jesús no hubiese estado dispuesto a tomar sobre sí los pecados del mundo. Una vez que Cristo se hizo voluntariamente el Cordero de Dios, cargando nuestros pecados, entonces El se convirtió en la cosa más vil y grotesca sobre este planeta. Con la carga de nuestro pecado que El cargó, se hizo completamente repugnante al Padre. Dios derramó su ira sobre esta cosa obscena. Dios hizo a Cristo maldito por el pecado que El llevaba.

Aquí fue donde la justicia de Dios se manifestó perfectamente, y todo fue hecho por nosotros. Pues El tomó lo que la justicia demandaba de nosotros. Este aspecto, “por nosotros”, es lo que despliega la majestad de la gracia de la cruz, en donde se manifestó al mismo tiempo la gracia y la justicia, la ira y la misericordia. Es demasiado extraordinario para comprenderlo.

Este artículo es un extracto tomado de: R. C. Sproul. La santidad de Dios (Editorial Unilit, 1991), pp. 75, 76.

¿Cómo perdonar?

Hace ya algunos años tuve un compañero irritante. Los que me conocen saben que rara vez me muestro a mí mismo enfadado o molesto. Así que cuando digo que este compañero era irritante, él era realmente irritante para mí. Sus palabras eran burlonas y sus acciones eran molestas. Y yo era muchas veces el objeto de sus deliberados “ataques”. Él profesaba ser cristiano y muchas veces se acercaba a mí para pedir perdón, pero muchas veces me preguntaba cómo debería responderle –aunque ya sabía la respuesta por la Biblia–.

Hasta una noche en la cual, mientras meditaba en todo esto, Dios me hizo ver que yo era mi compañero irritante. Yo era aquel que con mis palabras y mis acciones pecaba contra Dios. Yo era aquel que cometía pecados, por más pequeños que fueran, los cuales le daban a Dios deseos de vomitar. Yo soy aquel que profeso ser cristiano y voy constantemente a Dios diciendo “me arrepiento”. Entonces, le di gracias a Dios porque Él fue –y sigue siendo– más rápido en perdonar que yo. Y desde ese día, mi actitud hacia mi compañero cambió.

En Efesios 4:32 Dios nos manda: “Sed más bien amables unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, así como también Dios os perdonó en Cristo”. Debemos perdonar, y perdonar como Dios nos perdonó en Cristo. Y tener esto último presente en nuestra mente es muy útil al momento de perdonar: puede que te hayan ofendido deliberadamente, pero tú le has hecho lo mismo a Dios y Él te perdonó en Cristo; puede que el que te haya ofendido no sea tu amigo, pero tú eras enemigo de Dios y Él te perdonó en Cristo; puede que la ofensa haya sido grave, pero tu ofensa a Dios fue más grave y Él te perdonó en Cristo; puede que ésta no sea la segunda ni la tercera vez en la cual esa persona te dice “perdón”, pero tú has ofendido a Dios miles de veces y Él te perdonó –y te sigue perdonando– en Cristo.

En Cristo, Dios perdonó todos tus pecados, Él no te guarda rencor ni te castiga por ellos. ¿Quién eres tú, y que tan graves son las ofensas que comenten contra ti, para que hagas menos que perdonar? C. J. Mahaney dice:

“Cuando me enojo o me niego a perdonar a otros, estoy suponiendo que los pecados de los demás son más graves que mis pecados contra Dios. La cruz cambia mi perspectiva, porque a través de la cruz me doy cuenta de que ningún pecado que se cometa en mi contra puede ser tan grave como los incontables pecados que cometí en contra de Dios. En el momento en que nos percatamos de cuánto Dios nos ha perdonado, no nos resulta difícil perdonar a los demás” (Vivamos centrados en la cruz, p. 142).