Tarjeta roja para los mentirosos.

El pasado domingo se celebró la final de la Copa Mundial de Fútbol 2026, en la que España se coronó campeona del mundo tras derrotar a Argentina por 1-0. Sin embargo, hubo un incidente ocurrido el 11 de julio que no quisiera pasar por alto.

Se trataba del partido de cuartos de final entre Suiza y Argentina. En el minuto 72, con el marcador empatado 1-1, el delantero suizo Breel Embolo cayó dentro del área rival tras disputar el balón con el defensor argentino Leandro Paredes. El árbitro principal señaló penal a favor de Suiza y mostró una tarjeta amarilla a Paredes.

Pero la historia no terminó allí. Tras revisar la jugada en el VAR, los árbitros concluyeron que no había existido contacto físico y que Embolo se había dejado caer deliberadamente. En otras palabras, había simulado una falta para provocar una decisión favorable.

Como resultado, la amonestación a Paredes fue anulada y, en su lugar, Embolo recibió una tarjeta amarilla por simulación. Debido a que ya había sido amonestado previamente en ese partido, recibió una tarjeta roja, quedando expulsado del encuentro.

Aunque muchos consideran la simulación como algo normal dentro del fútbol, la Regla 12 de la International Football Association Board (IFAB) la clasifica como una conducta antideportiva y establece que debe ser sancionada con tarjeta amarilla. Después de todo, la simulación, conocida popularmente como piscinazo, no es más que el intento de engañar al árbitro fingiendo una falta.

Al final del día, la simulación es una mentira.

La normalización de la mentira

Así como la simulación es vista por muchos como algo normal dentro del fútbol, también la mentira es considerada por muchos como algo normal en el mundo en que vivimos.

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La ciudadanía que más importa.

La ciudadanía de países de la Unión Europea —como España—, la de Estados Unidos y la de Canadá se encuentran entre las más codiciadas del mundo. La razón es evidente: estos países ofrecen beneficios internos como calidad de vida y poder económico, así como ventajas externas, especialmente la facilidad de movilidad internacional.

Sin embargo, en este breve artículo quiero hablarte de una ciudadanía mucho más importante que todas estas.

Alejados de la ciudadanía de Israel

«recuerden que en ese tiempo ustedes estaban separados de Cristo, excluidos de la ciudadanía de Israel, extraños a los pactos de la promesa, sin tener esperanza y sin Dios en el mundo» (Efesios 2:12).

Sin Cristo estábamos lejos de la ciudadanía de Israel. Puede que, para algunos, esto no parezca gran cosa, pero en realidad lo es. En el Antiguo Testamento, Dios escogió a Israel —y no a ninguna otra nación— como Su pueblo especial: “Porque tú eres pueblo santo para el Señor tu Dios; el Señor tu Dios te ha escogido para ser pueblo Suyo de entre todos los pueblos que están sobre la superficie de la tierra” (Deuteronomio 7:6).

A Israel se le confiaron privilegios únicos: la Palabra de Dios (Romanos 3:2), la adopción, la gloria, el pacto, la ley, el culto y las promesas; de ellos son los patriarcas, y de ellos, según la carne, vino Cristo, “el cual es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos” (Romanos 9:4-5).

Sin Cristo, estamos excluidos de esa ciudadanía. Si crees que duele que te nieguen una visa americana, mucho más doloroso es estar excluido de la ciudadanía del Israel espiritual de Dios.

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El evangelio según el ladrón en la cruz.

Dios ofrece el regalo más grande a quienes menos lo esperaríamos, todo gracias a Jesucristo. Y en este sermón el pastor Misael Susaña responderá tres preguntas: (1) ¿A quién se le dio el regalo? (2) ¿Cuál fue el regalo? (3) ¿Cómo se recibió el regalo?