No por obras, sí para buenas obras.

Se le atribuye a Martín Lutero el dicho: “Las buenas obras no hacen a un cristiano, pero un cristiano hace buenas obras”. Dicho de otra manera: el cristiano no es salvo por buenas obras, pero sí para buenas obras. Y eso es exactamente lo que nos enseña Efesios 2:8-10: “Porque por gracia habéis sido salvados por medio de la fe, y esto no de vosotros, sino que es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para hacer buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviéramos en ellas”.

NO POR OBRAS

Como cristianos hemos sido salvados del pecado y del castigo del pecado, y se nos dio vida eterna por medio de la fe en Jesucristo. Y esa salvación ya está asegurada –nótese que no se dice que estamos siendo salvados ni que seremos salvados.

Dios no nos salvó porque nosotros siempre hemos sido buenas personas, ni porque en algún momento de nuestra vida hayamos resuelto obedecer Su ley y así lo hayamos cumplido a perfección. Dios, en Su gracia, nos salvó a pesar de que no éramos buenas personas y a pesar de que desobedecimos Su ley. Y eso hace que toda la gloria pertenezca a Dios y no a nosotros.

SÍ PARA BUENAS OBRAS

Aunque las buenas obras no hacen a un cristiano, no por eso éstas dejan de ser importantes en la vida del cristiano. El cristiano es alguien que ha sido creado, por Dios, en Jesucristo para hacer buenas obras. El hacer buenas obras es ahora parte de nuestra naturaleza como nuevas criaturas. Las buenas obras no fueron preparadas por Dios para que por ellas seamos salvos, sino para que las practiquemos como aquellos que ya son salvos. Las buenas obras son, entonces, la consecuencia y la evidencia de nuestra salvación.

Una poderosa arma contra el pecado.

Según nos dice la Palabra de Dios, todo cristiano verdadero ha sido sellado con el Espíritu Santo. Eso significa que esa persona ha pasado a ser posesión de Dios y sin duda alguna Dios terminará la buena obra de redención que comenzó en ésta. Ahora, no debemos olvidar que el Espíritu Santo no es una cosa ni un mero poder, sino que el Espíritu Santo es la tercera persona de la trinidad –Él es una persona–. Efesios 4:30 respalda lo que he dicho hasta ahora:

“Y no entristezcáis al Espíritu Santo de Dios, por el cual fuisteis sellados para el día de la redención”.

Nótese que se dice que fuimos sellados con el Espíritu Santo, pero también se dice que no debemos entristecer al Espíritu Santo. Las cosas no sienten; por lo tanto, el Espíritu Santo es una persona. La palabra “entristecer” aquí hace referencia a un profundo dolor, a experimentar una tristeza emocional severa. Como la tristeza que experimentaron los discípulos cuando Jesús les anunció Su muerte (Mateo 17:23) o como la tristeza que experimentó Jesús en Getsemaní (Mateo 26:37).

¿Qué entristece al Espíritu Santo? Por el contexto sabemos que lo que entristece al Espíritu Santo es la lujuria, la inmundicia, las palabras corrompidas, la amargura, la ira, la malicia, etc. En resumen, nuestro pecado es lo que entristece al Espíritu Santo. El Espíritu Santo se entristece cada vez que nos rebelamos al hacer aquello que no debemos hacer y al no hacer aquello que sí debemos hacer (Isaías 63:10).

Entender eso, que el Espíritu Santo es una persona que es ofendida o entristecida profundamente por nuestros pecados, es una poderosa arma contra el pecado: cuando pecamos, no pecamos contra una cosa que no es afectada; sino que entristecemos a una persona con quien tenemos una relación, entristecemos a quien profesamos amar, entristecemos al buen Espíritu de Dios que sólo nos ha hecho el bien, entristecemos a quien nos ama tanto como sólo Dios lo puede hacer. Medita en todo eso y no peques más.

La relación entre el deleite y la meditación.

“Sino que en la ley del Señor está su deleite, y en su ley medita de día y de noche” (Salmos 1:2).

Según Salmos 1, el deleite y la meditación en la Palabra de Dios son muy importantes tanto por lo que éstas previenen: “no anda en el consejo de los impíos, ni se detiene en el camino de los pecadores, ni se sienta en la silla de los escarnecedores” (v. 1); como también por lo que éstas producen: “Será como árbol firmemente plantado junto a corrientes de agua, que da su fruto a su tiempo, y su hoja no se marchita; en todo lo que hace, prospera” (v. 3).

Deleite hace referencia a deseo, placer, complacencia. Y meditación significa dirigir el pensamiento, reflexionar con atención y detenimiento. El objeto tanto del deleite como de la meditación es la ley del Señor o la Palabra revela de Dios en la Biblia. Y hay una relación entre deleitarse en la Palabra de Dios y meditar en ella: una lleva a la otra.

La tecnología es uno de mis intereses. Cada vez que compro un dispositivo electrónico y lo tengo en mis manos, tomo cierto tiempo para mirar todos los lados de la caja, pare leer el manual, para sentirlo en mis manos. Otros hacen lo mismo con la comida que más les gusta –ellos se toman cierto tiempo para degustarla–. Así mismo aquel que se complace en la Palabra de Dios tomará cierto tiempo para meditar en ella. El versículo dice que la meditación es «de día y de noche». Eso no significa pasarse 24 horas ininterrumpidas frente a la Biblia, pero sí significa dirigir nuestro pensamiento a ésta una y otra vez.

Si eso es cierto (que el deleita en la Biblia nos lleva a la meditación de la Biblia), entonces la razón por la cual muchos no meditan en la Biblia es porque no se deleitan en ella. Ahora, ¿cómo puede alguien deleitarse en la Biblia? ¿Cómo puede alguien deleitarse en la Biblia más? Antes de dar respuesta a esas preguntas es necesario entender que la Biblia como la Palabra de Dios es realmente buena, maravillosa, asombrosa, gloriosa (Sal. 119:18). Por lo tanto:

Primero, pídele a Dios que te haga deleitarte en Su Palabra; ora que Dios abra tus ojos espirituales para ver la Biblia como lo que ya ésta es –maravillosa–. Segundo, medita en la Palabra de Dios hasta que te deleites en ella; en otras palabras, resuelve no cerrar tu Biblia hasta que tu corazón se ensanche de placer por las verdades que estás considerando.

Lecciones para el alma triste y angustiada.

Este sermón trata acerca de las lecciones que podemos aprender y aplicar a nuestra vida a partir del relato de Jesús en Getsemaní. Y éste va dirigido principalmente a cristianos cuya alma está triste o angustiada justo en este momento.

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