¿Por qué Jesús lloró ante la tumba de Lázaro?

Porque amaba a Lázaro

Jesús lloró. No de una manera audible como los demás, pero sí de una manera real. Las lágrimas que salieron de Sus ojos no eran lágrimas de cocodrilo. Eran lágrimas reales. El evangelista Juan nos aseguró que Jesús amaba a Lázaro. Las palabras de Jesús a Sus discípulos les aseguraron que Él amaba a Lázaro. Y ahora las lágrimas de Jesús les aseguró a los judíos que Él amaba a Lázaro: “¡Miren cuánto lo quería!” (v. 36).

¿Por qué Jesús lloró si sabía lo que iba a pasar después? Porque Jesús puede compadecerse de nuestras debilidades (Heb. 4:15). Y porque el conocimiento de que los creyentes que han muerto volverán a vivir nos quita la desesperación, no la tristeza (1 Ts. 4:13).

“[Jesús] llora ante la muerte de Su amigo y es profundamente movido por la angustia de María porque eso es lo que el amor hace cuando se enfrenta a una pérdida. Jesús es el único ser humano perfecto que jamás ha vivido, y por eso no rehúsa participar del dolor de los que ama. Ni siquiera por diez minutos. Ni siquiera cuando sabe que su tristeza está a punto de convertirse en gran gozo lleno de asombro” (Desenredando las emociones).

Porque era empático con los que sufren (¡y humano!)

J. C. Ryle, en Meditaciones sobre los Evangelios: Juan, comentó lo siguiente:

[Jesús] lloró por empatía con el sufrimiento de sus amigos en Betania, a fin de dar a su Iglesia una prueba eterna de que es capaz de sentir con nosotros y por nosotros.

[…]

Este versículo nos enseña la gran lección práctica para el cristiano de que llorar no tiene nada de indigno. Sentir empatía por los afligidos y estar dispuestos a llorar con los que lloran no tiene nada de deshonroso, cobarde, imprudente o débil.

[…]

La idea de que el Salvador en quien se nos pide que confiemos es alguien que puede llorar —y que puede sentir además de salvar— puede ofrecernos un gran consuelo.

En este breve versículo podemos ver de manera muy intensa la realidad de la humanidad de nuestro Señor. Era alguien que podía tener hambre, sed, sueño; que podía comer, beber, hablar, caminar, estremecerse, agotarse, maravillarse, indignarse y regocijarse como cualquier de nosotros y, sin embargo, sin pecado; y por encima de todo, podía llorar. Leo que “hay gozo delante de los ángeles de Dios” (Lucas 15:10), pero no leo que los ángeles lloren. Las lágrimas son específicas de la carne y la sangre.

Porque estaba indignado por el pecado (y sus consecuencias)

El pastor Sugel Michelén, en el sermón El Salvador que llora con nosotros y vence la muerte, dice:

Ante la tumba de Lázaro, Jesús no solo sintió tristeza, Jesús sintió indignación. Jesús no lloró porque había perdido la esperanza. Él sabía que iba a resucitar a Lázaro. Su llanto era una expresión profundamente humana de compasión, pero también de rechazo, indignación ante el pecado, la muerte y la incredulidad (v. 37).

Jesús está viendo el dolor, pero también está viendo la incredulidad de estos judíos. Y él estaba indignado, era una mezcla de indignación y de compasión.

Este relato no trata únicamente sobre la resurrección de Lázaro. Este relato anticipa la batalla definitiva de Jesús contra el pecado y contra la muerte. Es un anticipo, es un preámbulo. En otras palabras, el llanto de Jesús no es señal de derrota, es el preámbulo de su victoria. Él no sólo reconoce y se compadece profundamente de aquello que nos hace sufrir, sino que él vino a destruir por medio de su muerte y de su resurrección la raíz misma de todo lo que nos hace llorar (vv. 39ss).

El poder para vencer la mentira.

Al inicio de esta serie de artículos vimos que en Colosenses 3:9 se nos manda a no mentir los unos a los otros. Pero el texto no se queda ahí. El mismo versículo añade: “puesto que han desechado al viejo hombre con sus malos hábitos”, y el versículo 10 continúa: “y se han vestido del nuevo hombre, el cual se va renovando hacia un verdadero conocimiento”.

El “viejo hombre” hace referencia a esa naturaleza que es esclava del pecado. El “nuevo hombre”, en cambio, señala la nueva naturaleza que ha sido liberada de esa esclavitud y ahora quiere agradar a Dios y le obedece.

«La gramática griega indica que este es un evento que ya ocurrió. Un cambio de identidad ya se ha producido en la vida de los creyentes. Ahora deben adecuar su comportamiento a su nueva identidad» (ESV Global Study Bible).

Es decir, el apóstol Pablo fundamenta el mandamiento de no mentir en una realidad: si eres un verdadero creyente, hubo en ti una naturaleza dominada por prácticas pecaminosas —entre ellas la mentira—, pero ahora hay una nueva naturaleza, creada “según Dios en la justicia y santidad de la verdad”.

Esto no significa que ya no debas esforzarte por dejar la mentira y hablar la verdad. Al contrario, implica dos realidades importantes:

Primero, tus esfuerzos por abandonar la mentira y hablar la verdad son evidencia de que eres una nueva creación en Cristo Jesús. Segundo, tus esfuerzos no serán en vano. Tus esfuerzos darán buenos resultados. Y eso porque Dios te ha provisto todo lo necesario para obedecer este mandamiento —y todos los demás.

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La gravedad de la mentira.

Según la revelación de Dios en Su Palabra, no existen “mentiras piadosas” ni “mentiras blancas”. Y una verdad a medias también es una mentira. Esos calificativos no son más que intentos humanos de suavizar la gravedad de un pecado que Dios toma muy en serio.

En este artículo, quiero compartir al menos tres pasajes bíblicos que nos muestran con claridad la seriedad del pecado de la mentira:

Juan 8

Aquí encontramos una intensa discusión entre Jesús y algunos judíos que se consideraban el pueblo de Dios por ser descendientes físicos de Abraham. Sin embargo, Jesús les confronta mostrándoles que una descendencia física no significa una descendencia espiritual.

El razonamiento de Jesús es contundente: los hijos reflejan las obras de su padre. Si ellos fueran verdaderos hijos de Abraham, harían las obras de Abraham; y la obra principal de Abraham fue creer en el Mesías. Pero ellos no estaban creyendo en Jesús, el Mesías prometido, por lo tanto, no eran hijos de Abraham en el sentido espiritual.

También afirmaban ser hijos de Dios. Pero Jesús aplica el mismo razonamiento: si fueran hijos de Dios, amarían al Hijo de Dios. Como no amaban a Jesús, evidenciaban que no eran hijos de Dios.

Entonces surge la pregunta inevitable: ¿de quién eran hijos? Jesús responde con una declaración fuerte y directa: eran hijos del diablo, porque estaban haciendo sus obras. Él explica que el diablo ha sido homicida desde el principio —y ellos querían matar a Jesús—, pero también añade algo clave para nuestro tema: el diablo “no se ha mantenido en la verdad… no hay verdad en él… habla mentira… es mentiroso y el padre de la mentira” (v. 44).

En el libro de Génesis, Dios le dijo a Adán que si comía del árbol prohibido iba ciertamente a morir. Pero Satanás dice que si comían del árbol no iban a morir, sino que serían como Dios. Tristemente, Adán y Eva prefirieron creer la mentira de Satanás que la verdad de Dios y murieron.

Ellos rechazaban la verdad acerca de Jesús y no creían en Él como el Salvador prometido.

Cada vez que una persona miente, en el mejor de los casos, se asemeja más a un hijo del diablo que a un hijo de Dios. Y en el peor de los casos, una persona que miente manifiesta que es hijo del diablo. Me imagino al diablo desde las gradas, cada vez que se habla mentira, gritando: “¡Ese es mi hijo! ¡Estoy orgulloso de ti!”.

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