¿En quién confías?

Los capítulos 36 al 39 del libro del profeta Isaías son como un puente histórico que conecta los capítulos 1 al 35 con los capítulos 40 al 66 de Isaías. Y lo que se relata en estos capítulos nos llama a confiar en Dios y, al mismo tiempo, nos asegura que los que en Él confían no serán decepcionados.

“¿Qué confianza es esta que tú tienes?” o en otras palabras “¿En quién confías?” –fue la pregunta del rey de Asiria (Senaquerib) para el rey de Judá (Ezequías)–. Isaías 36 comienza diciendo que el rey Senaquerib subió contra las ciudades fortificadas de Judá y las tomó (v. 1).

UN REY MUY ARROGANTE

Senaquerib era un rey muy arrogante: él no solamente envió un gran ejército contra el rey Ezequías, sino que también –en palabras de su copero mayor– se autoproclamó “el gran rey” (v. 4), mientras que al rey de Judá solamente llamó “Ezequías”; dijo que el menor de sus siervos podía acabar con él (v. 9), dijo que tanto el rey como todo Jerusalén iban a comer su propio excremento y beber su propia orina (v. 12), dijo que Ezequías era un engañador si decía que Jerusalén sería librada (v. 14). La arrogancia de este rey estaba basada en sus logros pasados: él había conquistado varias naciones como Hamat y Arfad, Sefarvaim, Samaria, Hena e Iva.

Las palabras de Senaquerib eran una afrenta no sólo para el rey Ezequías y los habitantes de Jerusalén, sino también para Dios mismo. El rey de Asiria dijo que como los dioses de las naciones que él había conquistado no pudieron salvarlas, así tampoco el Señor podría salvar a Jerusalén.

Senaquerib estaba en lo cierto al decir que el rey de Egipto no podía salvar a Jerusalén, él estaba en lo cierto al decir que el rey Ezequías (por sí solo) no podía salvarlos. Pero Senaquerib estaba equivocado al pensar que el Señor era igual a los dioses de las otras naciones.

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“El mundo es de mi Dios”: el himno.

El mundo es de mi Dios, su eterna posesión.
Eleva a Dios su dulce voz la entera creación.
El mundo es de mi Dios, trae paz así pensar.
Él hizo el sol y el arrebol, la tierra, cielo y mar.

El mundo es de mi Dios, escucho alegre son
del ruiseñor que a Su Señor eleva su canción.
El mundo es de mi Dios y en todo alrededor,
las flores mil con voz sutil declaran fiel su amor.

El mundo es de mi Dios; jamás lo olvidaré,
aunque infernal parezca el mal, mi Padre Dios es Rey.
El mundo es de mi Dios, y al Salvador Jesús,
hará vencer por su poder por la obra de la cruz.

El mundo es de mi Dios, del Padre celestial;
y nada habrá de detener su triunfo eternal.
El mundo es de mi Dios: confiada mi alma está,
Pues, Dios en Cristo, nuestro Rey, por siempre reinará. Amén.

1ra parte; 2da parte; 3ra parte