La Palabra de Dios es incomparable.

Salmos 119, el capítulo más largo de la Biblia, es un salmo que expone las excelencias de la Palabra de Dios. Y entre todas las cualidades de la Palabra de Dios que el salmista da, él dice en el versículo 18 lo siguiente: “Abre mis ojos, para que vea las maravillas de tu ley”.

La palabra “maravillas” significa algo incomparable, extraordinario. La misma palabra se utiliza en Éxodo 34:2 cuando Dios dijo que haría maravillas que no se habían hecho en toda la tierra. Y nótese que esta palabra –“maravillas”– se le adscribe a la Palabra de Dios. Es decir, la ley de Dios es maravillosa o la ley de Dios contiene maravillas. La oración del salmista no es que Dios haga a Su ley maravillosa, sino que Dios abra sus ojos para reconocer las maravillas que la ley ya contiene.

Es muy importante entender eso. La labor del predicador no es adornar la Palabra de Dios para hacerla más interesante –como si ésta fuera aburrida–. ¡No! La película Los Vengadores: endgame es aburrida en comparación con la Palabra de Dios. Y si no lo creemos así, necesitamos que Dios abra nuestros ojos espirituales.

La labor del predicador, durante la preparación del sermón, es orar que Dios abra sus ojos espirituales para ver. La labor del predicador, durante la presentación del sermón, es ser fiel a la Palabra de Dios –sin desviarse a la derecha o a la izquierda y sin agregarle o quitarle–. Porque la Palabra de Dios es maravillosa por sí misma.

Y la Palabra de Dios es en donde encontramos el maravilloso evangelio de Jesucristo. El himno Cordero de gloria lo expresa de la siguiente manera:

Dios al mundo descendió;
mi castigo en sí tomó;
Pena y muerte él sufrió,
mas con poder resucitó.

Al Cordero gloria,
oh, qué excelsa historia;
El nos salva por su amor,
¡Dad al Cordero gloria!

¿Qué tienen en común 246 hombres caídos en pecado?

En el artículo “The pattern among fallen pastors” [El patrón entre los pastores caídos], Garret Kell habla de cómo Howard Hendricks dirigió un estudio en el que se examinó 246 hombres en el ministerio a tiempo completo que cayeron en relaciones adulteras en un período de dos años. Hendricks copiló cuatro características en común que tenían estos hombres. Consideremos estas características para no tropezar de la misma manera:

1. NINGUNO RENDÍA CUENTAS

Rendir cuentas no es un lujo. Aunque el término no aparece literalmente en la Biblia, el Nuevo Testamento está lleno de instrucciones para “unos a otros”. Lo cual nos muestra que la iglesia es esencial para crecer en santidad.

Necesitamos de cristianos con el Espíritu Santo en sus corazones y con sus Biblias bajo el brazo para reprendernos cuando andamos mal y para animarnos cuando andamos bien. Hebreos 3:12, 13 dice que una medicina preventiva contra la apostasía es la exhortación de otros cristianos: “Tened cuidado, hermanos, no sea que en alguno de vosotros haya un corazón malo de incredulidad, para apartarse del Dios vivo. Antes exhortaos los unos a los otros cada día, mientras todavía se dice: Hoy; no sea que alguno de vosotros sea endurecido por el engaño del pecado“.

¿Le has abierto tu corazón a al menos un hermano? ¿Le has dado permiso para exhortarte o tienes una actitud de “no se metan en mi vida”? Continúa leyendo ¿Qué tienen en común 246 hombres caídos en pecado?

Piper sobre “¿Cómo luchar por el gozo?”.

1. Reconoce que el gozo auténtico en Dios es un regalo: “Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad” (Gálatas 5:22).

2. Reconoce que debes luchar por el gozo: “Y convencido de esto, sé que permaneceré y continuaré con todos vosotros para vuestro progreso y gozo en la fe” (Filipenses 1:25).

3. Resuelve atacar a todo pecado conocido en tu vida: “porque si vivís conforme a la carne, habréis de morir; pero si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis” (Romanos 8:13).

4. Aprende el secreto de Culpa Valiente –luchar como un pecador justificado–: “No te alegres de mí, enemiga mía. Aunque caiga, me levantaré, aunque more en tinieblas, el Señor es mi luz. La indignación del Señor soportaré, porque he pecado contra El, hasta que defienda mi causa y establezca mi derecho. El me sacará a la luz, y yo veré su justicia” (Miqueas 7:8, 9).

5. Reconoce que la batalla es principalmente una lucha por ver a Dios por quien Él es: “Probad y ved que el Señor es bueno. ¡Cuán bienaventurado es el hombre que en El se refugia!” (Salmos 34:8).

6. Medita en la Palabra de Dios día y noche: “sino que en la ley del Señor está su deleite, y en su ley medita de día y de noche! Será como árbol firmemente plantado junto a corrientes de agua, que da su fruto a su tiempo, y su hoja no se marchita; en todo lo que hace, prospera” (Salmos 1:2, 3).

7. Ora por ojos abiertos del corazón y una inclinación por Dios: “Inclina mi corazón a tus testimonios y no a la ganancia deshonesta” (Salmos 119:36).

8. Aprende a predicarte en vez de escucharte a ti mismo: “¿Por qué te abates, alma mía, y por qué te turbas dentro de mí? Espera en Dios, pues he de alabarle otra vez por la salvación de su presencia” (Salmos 42:5).

9. Pasa tiempo con gente saturada de Dios que te ayude a ver a Dios y a batallar: “Tened cuidado, hermanos, no sea que en alguno de vosotros haya un corazón malo de incredulidad, para apartarse del Dios vivo. Antes exhortaos los unos a los otros cada día, mientras todavía se dice: Hoy; no sea que alguno de vosotros sea endurecido por el engaño del pecado” (Hebreos 3:12, 13).

10. Se paciente en la noche en la que Dios parece ausente: “Al Señor esperé pacientemente, y El se inclinó a mí y oyó mi clamor. Me sacó del hoyo de la destrucción, del lodo cenagoso; asentó mis pies sobre una roca y afirmó mis pasos. Puso en mi boca un cántico nuevo, un canto de alabanza a nuestro Dios; muchos verán esto, y temerán, y confiarán en el Señor” (Salmos 40:1-3).

Este artículo es una adaptación y traducción, hecha por Misael Susaña, de: John Piper. Desiring God [Desesando a Dios] (Estados Unidos: Multnomah Publishers, 2003), pp. 353-360.

Cuando Dios te reprende.

El segundo libro de Crónicas no termina como esas típicas historias “y fueron felices para siempre”. 2 Crónicas 36:14-16 dice lo siguiente: “Asimismo todos los jefes de los sacerdotes y el pueblo fueron infieles en gran manera, y siguieron todas las abominaciones de las naciones, y profanaron la casa del Señor que El había consagrado en Jerusalén. Y el Señor, Dios de sus padres, les envió palabra repetidas veces por sus mensajeros, porque El tenía compasión de su pueblo y de su morada; pero ellos continuamente se burlaban de los mensajeros de Dios, despreciaban sus palabras y se mofaban de sus profetas, hasta que subió el furor del Señor contra su pueblo, y ya no hubo remedio”.

Ese pasaje bíblico dice que el rey Sedequías, los sacerdotes y el pueblo fueron infieles a Dios al hacer lo que Dios había prohibido. Y debido al pecado de ellos, Dios se enfureció contra ellos: el rey de los Caldeos mató despiadadamente a muchos de ellos (v. 17), quemaron la casa de Dios y se llevaron sus objetos a Babilonia (v. 18, 19), los sobrevivientes fueron llevados como siervos a Babilonia (v. 20).

Pero antes de que todo eso pasara, Dios había enviado Su Palabra repetidas veces por medio de Sus mensajeros. Pero en vez de escuchar, la nación despreciaba y se burlaba de la Palabra de Dios. Por ejemplo, el profeta Jeremías habló a Sedequías para que se volviera de su mal camino a Dios, pero el rey no se humilló y obstinó su corazón (vv. 12, 13).

Dios sigue haciendo lo mismo hoy: Él pone cristianos, con la Biblia en sus corazones, a nuestro alrededor y envía Su Palabra a través de ellos. Y en ocasiones Su Palabra es de reprensión, que lo que estamos haciendo está mal y que nos irá mal si continuamos por ese camino.

Y algo que la nación de Judá en su pecado en ese entonces y que nosotros en nuestro pecado hoy fallamos en ver es eso que dice claramente en la última parte del versículo 15: “porque El tenía compasión de su pueblo”. Dios enviaba Su Palabra a través de Sus mensajeros porque Él tenía compasión de Su pueblo. Su compasión fue la razón por la cual Él hizo eso repetidas veces. Su Palabra, por más dura que sea, siempre viene de Su corazón compasivo.

Así que la próxima vez que un cristiano venga con la Palabra de Dios a ti y te diga “estás mal”, “debes cambiar”; no obstines tu corazón al continuar en pecado, no te burles del mensajero diciéndole que él se cree el más santo de la iglesia, no desprecies la Palabra al decir que el asunto no es tan serio. Mas bien, humíllate y vuélvete a Dios. Dios pudo haberte dejado en tu pecado hasta que no haya más remedio, pero en Su gran compasión Él envió Su Palabra a ti.