Venganza, rencor y amor.

Abrazo

El segundo mandamiento más importante, amar al prójimo como a sí mismo, no fue un mandamiento nuevo que Jesús dio en el Nuevo Testamento. Mas bien, Jesús citó este mandamiento del Antiguo Testamento. Levítico 19:18 dice lo siguiente:

“No te vengarás, ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo, sino que amarás a tu prójimo como a ti mismo; yo soy el Señor”.

Nótese que “amarás a tu prójimo como a ti mismo” es contrastado con “no te vengarás, ni guardarás rencor”. La venganza y el guardar rencor no pueden existir junto al amor al prójimo –pues se excluyen mutuamente–.

No estamos amando a nuestro prójimo como a nosotros mismos cuando nos vengamos de él, cuando le hacemos un daño debido a una ofensa que cometió. Ahora, podemos no hacerle daño externamente y aun así no estar amándolo como a nosotros mismos. No estamos amando a nuestro prójimo como a nosotros mismos cuando le guardamos rencor, cuando mantenemos internamente con ira la ofensa del otro en nuestro corazón. El versículo termina con la firma de Dios –“yo soy el Señor”–, lo cual indica bajo qué autoridad está tal mandamiento –no la de Moisés, sino la de Dios mismo–.

¿Quién de nosotros puede decir que nunca se ha vengado ni ha guardado rencor contra su prójimo? ¿Quién de nosotros puede decir que siempre ha amado a su prójimo como a sí mismo? ¡Nadie está libre de pecado! Pero Jesucristo siempre obedeció los mandamientos de Dios y, sin embargo, murió en la cruz; para así regalar el perdón de pecados y el ser tratados como si siempre se hubiera amado al prójimo a todo aquel que confía en Él como Salvador. Ahora podemos amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos a pesar de sus ofensas, porque Dios nos amó y nos salvó en Jesucristo a pesar de nuestros pecados.

¿Es perdonar igual a olvidar? [2]

En el artículo anterior vimos: que debido a la omnisciencia de Dios, nada escapa de Su conocimiento –ni siquiera nuestros pecados–; y que aunque el término “olvidar” no se aplica a Dios, la realidad de Su perdón no es minimizada ya que cuando Él dice que no recordará nuestro pecado está significando que no traerá a Su mente nuestro pecado para nuestro perjuicio.

Perdonar, por lo tanto, no es sinónimo de olvidar. Perdonar es, aun sabiendo lo que hizo el ofensor, no hacerle pagar externa ni internamente. Dicho de otra manera, perdonar es no buscar venganza ni guardar rencor contra el ofensor, aun cuando la ofensa venga a nuestra mente.

LIBERADOR, PERO NO MÁS FÁCIL

Entender esto es muy liberador para aquellos cristianos que pensaron que perdonar era sinónimo a olvidar, pero no podían evitar que la ofensa viniera a su mente. Ahora, perdonar (en el sentido de no vengarse ni guardar rencor) no es más fácil que olvidar la ofensa. Perdonar de esa manera es algo imposible aparte de la obra del Espíritu Santo en nuestros corazones. Y siempre será difícil si primero no sabemos, comprendemos y confiamos en que nosotros (los ofensores) somos perdonados por Dios (el ofendido) en Jesucristo.

1ra parte; 2da parte