¿Cómo podemos saber que Dios existe? [III]

Las leyes morales absolutas apuntan a un legislador supremo: a diferencia de las leyes naturales –que describen lo que es–; las leyes morales no siempre describen lo que es, sino lo que debe ser. Dicho de otra manera, describen lo bueno que los hombres deben hacer y lo malo que no deben hacer –independientemente de lo hagan o no–. Por “absolutas” significo leyes objetivas (independientemente a lo que cada persona piense), universales (presentes en cada lugar) y constantes (no cambian con el tiempo). Y al ver leyes así, la conclusión más lógica es que hay un legislador supremo de estas. Ahora, ¿existen leyes morales absolutas?

Las leyes morales absolutas sí existen: a pesar de que vivimos en una época en la cual las personas tienen mucho miedo de imponer su propia forma de pensar a los demás, existen leyes morales absolutas y todos las personas esperan ser tratadas de acuerdo a ellas. A ninguno nos gustaría que al momento de expresar nuestra opinión alguien nos gritara “¡CÁLLESE!” o nos diera una golpiza en la boca. Los hombres aplauden la tolerancia y el amor como algo bueno, pero condenan como malo lo contrario. Matar, robar y mentir son considerados como cosas malas en cualquier parte del mundo, en todas las épocas.

Por lo tanto, existe un legislador supremo… Dios: las leyes morales absolutas no pudieron haber sido creadas por la sociedad, porque ellas trascienden la opinión personal, algún lugar en específico y determinada época. Si un legislador supremo no existe, entonces tampoco existirían las leyes morales absolutas. Pero el echo de que tales leyes sí existen nos da a entender que también existe un legislador supremo y ese es Dios.

El Dios de la Biblia reveló en Su ley Su carácter justo y bueno al hombre (varón y hembra). Pero también puso una conciencia en todo hombre –independientemente de si éste tiene o no la Biblia a Su alcance–; para que ésta (conciencia) le aplauda al hacer lo bueno y le condene al hacer lo malo: “Porque cuando los gentiles, que no tienen la ley, cumplen por instinto los dictados de la ley, ellos, no teniendo la ley, son una ley para sí mismos, ya que muestran la obra de la ley escrita en sus corazones, su conciencia dando testimonio, y sus pensamientos acusándolos unas veces y otras defendiéndolos” (Romanos 2:14, 15).

“Castillo fuerte”: la historia.

Martín Lutero

Martín Lutero nació el 10 de noviembre de 1483 en Eisleben, Alemania. Su madre, Margarette, fue una católica romana devota y su padre, Hans, era un minero de cobre.

El padre de Lutero deseó y preparó a Lutero para que fuera un abogado, posiblemente para dar prestigio a su familia. Martín Lutero estudió en la Universidad de Erfurt (1502-1505), en donde obtuvo una licenciatura y una maestría en Artes. Después, tal como su padre siempre quiso, se inscribió en la Facultad de Derecho de la universidad. Sin embargo, en 1505 Lutero se encontró atrapado en una tormenta eléctrica. Un rayo cayó cerca de él, quien cayó al suelo y, entonces, clamó: “¡Ayúdame, Santa Ana! ¡Me convertiré en monje!”. Y así lo hizo, el 17 de julio de 1505, entró en el monasterio agustino de Erfurt.

Lutero se convirtió en monje, después en sacerdote y después en profesor de teología. Durante muchos años de su vida, Lutero intentó ganar la aceptación de Dios por medio de sus obras (ayunos, vigilias, oraciones, etc.). Pero al mismo tiempo, él sentía que no podía hacer lo suficiente para ganar la aceptación de Dios. Sigue leyendo

Ten piedad de mí – La IBI & SGM

LETRAS

Soy culpable de mi transgresión
He pecado contra Ti, Señor
Y Tú eres siempre justo al hablar
La muerte es mi sentencia, es la verdad.

PRE-CORO 1:
¿Si contarás nuestra iniquidad
Quién permanecerá?
Mi esperanza está en Ti, Señor
En Ti sé que hay perdón.

CORO:
Ten piedad de mí, un pecador
Hoy confieso mi necesidad
De gracia y de perdón
Ten piedad de mí, un pecador
En Ti hay gran misericordia y abundante redención
Ten piedad de mí, oh Señor.

Mis pecados Cristo los llevó
Por Su rectitud yo vengo hoy
Me acerco sin vergüenza, ni temor
Pues ya no hay para mí condenación.

PRE-CORO 2:
Y tu Espíritu me habla a mí
Tu hijo siempre soy
Me recibes como a Jesús
Mi Padre, aquí estoy.

ESTRIBILLO:
//Aleluya, por su sangre//

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El clamor de la sangre de Jesús.

En Génesis 3 se relata la entrada del pecado al mundo, debido a la desobediencia del hombre; en Génesis 4 vemos al pecado en acción al Caín matar a su hermano Abel. Dios, entonces, le dice a Caín: “¿Qué has hecho? La voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra” (Génesis 4:10). Dios dice que la voz de la sangre de Abel, más que hablar, clama. ¿Qué clamaba la voz de la sangre de Abel? Clamaba por justicia, retribución, castigo para Caín. Esto es confirmado por el contexto: es debido al clamor de la voz de la sangre de Abel que Dios pronunció las siguientes palabras contra Caín: “Ahora pues, maldito eres de la tierra, que ha abierto su boca para recibir de tu mano la sangre de tu hermano. Cuando cultives el suelo, no te dará más su vigor; vagabundo y errante serás en la tierra” (Gén. 4:11, 12; véase también Apocalipsis 6:10). Dios en Su justicia no podía hacerse de oídos sordos ante tal clamor y por eso maldijo a Caín.

Al igual que la sangre de Abel, la sangre de Jesucristo fue derramada por manos de hombres impíos. Pero el clamor de la voz la sangre de Jesucristo es muy diferente al de Abel: “y a Jesús, el mediador del nuevo pacto, y a la sangre rociada que habla mejor que la sangre de Abel” (Heb. 12:24). La voz de la sangre de Jesucristo no clama por maldición, sino por bendición; no clama por justicia (pues ya ésta fue satisfecha), sino por misericordia (la cual también es satisfecha); no clama por retribución, sino por gracia. Y es debido a que Dios es justo que Él no se hará de oídos sordos ante este clamor de Jesucristo a favor de nosotros que confiamos en Él y nos arrepentimos de nuestros pecados. Dicho de otra manera, Dios no nos hará pagar por lo que ya Jesucristo pagó por nosotros. El himnos “Ven, alma mía, ven”, escrito por Charles Wesley, lo dice de la siguiente manera:

“Las llagas de la cruz
suplican sin cesar;
Elevan oración,
con fuerza han de clamar:
¡Señor, perdona al pecador!
¡Señor, perdona al pecador!
¡No lo dejes morir! ¡Oh, No!”.