Cuando las buenas acciones no son suficientes.

“Todos los caminos del ser humano son limpios a sus ojos, pero las intenciones las juzga el Señor” (Proverbios 16:2. NVI).

La primera parte de este versículo parece indicar que la tendencia natural del ser humano no es tener una percepción demasiado baja de sí mismo, sino demasiado alta. Esto contradice la idea popular de muchos psicólogos. Fijémonos en que el texto dice “a sus [propios] ojos”, es decir, según su propia percepción. ¿Percepción de qué? De sus “caminos”, que en este contexto se refiere a sus acciones.

¿Cómo suele percibir el ser humano sus acciones? Como limpias, puras y buenas; y no solo algunas, sino todas. Creo que por eso, aun cuando hacemos lo malo, buscamos justificarlo (“tuve que hacerlo porque…”), minimizarlo (“no es para tanto”) o culpar a otros (“lo hice por culpa de él o de ella…”).

Creo que esa misma tendencia explica por qué muchas personas reconocen, en teoría, que son pecadoras, pero no sienten verdadero dolor por su pecado ni consideran necesario cambiar de rumbo.

Las intenciones del corazón

La segunda parte del versículo introduce un contraste marcado con la palabra “pero”. Es como si el proverbista estuviera diciendo: al final del día, no importa tanto cómo te ves a ti mismo ni cómo evalúas tus acciones; lo que realmente importa es cómo Dios te ve a ti y a tus obras.

Todos compareceremos algún día delante de Dios para ser juzgados por Él. Y, sin importar los argumentos o justificaciones que presentemos, Dios tendrá la última palabra. La sentencia final viene de Él.

La palabra que la Biblia NVI traduce como “juzga” significa literalmente “pesa”. Podemos decir lo que queramos acerca del valor o del peso de nuestras acciones delante de Dios, pero al final Él las tomará, las pondrá en la balanza y determinará cuál es su verdadero peso. Y Su balanza no está manipulada: no añade peso de más ni quita peso de menos. Su juicio es perfectamente justo.

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Hay algo peor que los incendios en Los Ángeles.

Cuando escuché que Los Ángeles se estaba incendiando, pensé que se trataba de otra temporada más de incendios forestales. Pero cuando vi los videos de lo que estaba pasando, lo que parecía una película de terror, supe que éste no era un incendio más.

En el momento en el que estoy escribiendo esto, los incendios de Eaton y Palisades –y el de Hurst– se encuentran entre los cinco más destructivos y mortales en la historia de California. Aunque las autoridades locales están haciendo todo lo que está a su alcance para controlar las llamas, la sequía por falta de lluvia y los fuertes vientos están empeorando la situación.

Más de 30 mil personas han sido obligadas a la evacuación. Cerca de 2 mil hectáreas se han quemado. Miles de estructuras fueron destruidas. Y al menos 24 personas han muerto.

Aquí puedes ver algunos videos impactantes de los incendios:

¡No dejemos de orar por Los Ángeles y otras regiones cercanas en California!

¿¡QUÉ PUEDE SER PEOR!?

Ahora, después de lamentar y de orar, quiero que sepamos que hay algo peor que estos incendios. Y no me refiero a temporadas pasadas de incendios forestales en California.

En Génesis 19, la Biblia relata como Dios “hizo llover azufre y fuego sobre Sodoma y Gomorra… Él destruyó aquellas ciudades y todo el valle y todos los habitantes de las ciudades y todo lo que crecía en la tierra”. El fuego y la destrucción fueron tan grandes que, se dice en el mismo capítulo, Abraham miró “hacia Sodoma y Gomorra y hacia toda la tierra del valle y miró; y el humo ascendía de la tierra como el humo de un horno”. Sin embargo, cuando digo que hay algo peor que los incendios en Los Ángeles, tampoco me refiero a la destrucción de Sodoma y Gomorra.

En Judas 7 se dice lo que pasó con Sodoma y Gomorra fue un ejemplo del castigo del fuego eterno. Y si fue sólo un ejemplo eso quiere decir que el castigo del fuego eterno es muchísimo peor. Y eso es a lo que me refiero al decir que hay algo peor que los incendios.

Mientras que el fuego en Los Ángeles es temporal –y oramos para que pronto llegue a su fin–, el fuego (castigo) del infierno es eterno. Eso lo dice no sólo Judas 7, sino también los siguientes versículos:

  • “Su aventador está en su mano, y limpiará su era; y recogerá su trigo en el granero, y quemará la paja en fuego que nunca se apagará” (Mateo 3:12).
  • “Por tanto, si tu mano o tu pie te es ocasión de caer, córtalo y échalo de ti; mejor te es entrar en la vida cojo o manco, que teniendo dos manos o dos pies ser echado en el fuego eterno” (Mateo 18:8).
  • “Entonces dirá también a los de la izquierda: Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles” (Mateo 25:41).
  • “Y el diablo que los engañaba fue arrojado al lago de fuego y azufre, donde también están la bestia y el falso profeta. Y serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos” (Apocalipsis 20:10).

En este fuego serán castigados el diablo y los demonios. Pero también serán castigados en éste todos los pecadores que, queriendo vivir a su manera, han hecho lo que Dios prohíbe y no han hecho lo que Dios manda. Apocalipsis 21:8 menciona a los cobardes, incrédulos, inmorales y mentirosos como algunos de los que “tendrán su herencia en el lago que arde con fuego y azufre”.

¡HAY ESPERANZA!

Pero no todo es malas noticias, hay esperanza. Esta esperanza no se encuentra en un pasado sin mancha. Porque tanto tú como yo hemos somos pecadores y hemos pecado contra Dios. Esta esperanza tampoco se encuentra en una promesa futura de no volver a pecar. Porque, aunque eso fuera posible, eso no borraría nuestras manchas del pasado. Nuestras obras son como arrojar agua de una botellita para acabar con el incendio en Los Ángeles.

¡Nuestra esperanza se encuentra en Jesús! Su obra, Su vida de perfecta obediencia a Dios hasta la muerte, sí fue suficiente. Jesús bebió toda la copa de la ira de Dios para que todos los que buscan refugio en Él no tengan que beber ni una gota de ira. Corre a Jesús, con arrepentimiento y fe, y serás salvo de la ira venidera.