Cada vez que ocurre una calamidad, ya sea personal o nacional, muchas personas la interpretan como un castigo de Dios por algún pecado cometido. Este razonamiento no es nuevo: el libro de Job relata cómo él perdió en un solo día todo lo que poseía, incluyendo a sus hijos e hijas, además de su salud. Cuando sus amigos vinieron a consolarlo, le aseguraron que su sufrimiento era consecuencia de algún pecado suyo; sin embargo, esa conclusión era falsa.
Para responder a esta inquietud, lo primero que debemos afirmar es que toda calamidad que enfrentamos en este mundo, en última instancia, se debe a la presencia del pecado. Antes de la rebelión de Adán y Eva, cuando el pecado aún no había entrado en la creación, todo era “bueno en gran manera” (Génesis 1:31). La enfermedad, los desastres naturales y la muerte existen porque el pecado existe. Pero la Biblia no se detiene allí: también nos promete que cuando Cristo regrese habrá “un cielo nuevo y una tierra nueva” (Apocalipsis 21), donde no habrá más calamidad ni pecado. Esa es la esperanza segura de todos aquellos que se han arrepentido de sus pecados y han confiado en Jesús.
Ahora bien, la pregunta que nos ocupa en este artículo es más específica: ¿puede una calamidad determinada ser el castigo de Dios por un pecado en particular? La respuesta no es tan sencilla como un “sí” o un “no”…
No siempre es un castigo
En el evangelio según Juan, capítulo 9, se narra que Jesús y Sus discípulos, mientras caminaban, se encontraron con un hombre ciego de nacimiento. La ceguera es un sufrimiento que no necesitamos experimentar para comprender lo difícil que resulta, y este hombre había cargado con ella desde su primer día de nacido. Al verlo, los discípulos se dirigieron a Jesús como “Rabí”, reconociéndolo como maestro capaz de responder a una pregunta difícil: “¿Quién pecó, este o sus padres, para que naciera ciego?” (v. 2).
Cuando escuché que Los Ángeles se estaba incendiando, pensé que se trataba de otra temporada más de incendios forestales. Pero cuando vi los videos de lo que estaba pasando, lo que parecía una película de terror, supe que éste no era un incendio más.
En el momento en el que estoy escribiendo esto, los incendios de Eaton y Palisades –y el de Hurst– se encuentran entre los cinco más destructivos y mortales en la historia de California. Aunque las autoridades locales están haciendo todo lo que está a su alcance para controlar las llamas, la sequía por falta de lluvia y los fuertes vientos están empeorando la situación.
Más de 30 mil personas han sido obligadas a la evacuación. Cerca de 2 mil hectáreas se han quemado. Miles de estructuras fueron destruidas. Y al menos 24 personas han muerto.
Aquí puedes ver algunos videos impactantes de los incendios:
¡No dejemos de orar por Los Ángeles y otras regiones cercanas en California!
¿¡QUÉ PUEDE SER PEOR!?
Ahora, después de lamentar y de orar, quiero que sepamos que hay algo peor que estos incendios. Y no me refiero a temporadas pasadas de incendios forestales en California.
En Génesis 19, la Biblia relata como Dios “hizo llover azufre y fuego sobre Sodoma y Gomorra… Él destruyó aquellas ciudades y todo el valle y todos los habitantes de las ciudades y todo lo que crecía en la tierra”. El fuego y la destrucción fueron tan grandes que, se dice en el mismo capítulo, Abraham miró “hacia Sodoma y Gomorra y hacia toda la tierra del valle y miró; y el humo ascendía de la tierra como el humo de un horno”. Sin embargo, cuando digo que hay algo peor que los incendios en Los Ángeles, tampoco me refiero a la destrucción de Sodoma y Gomorra.
En Judas 7 se dice lo que pasó con Sodoma y Gomorra fue un ejemplo del castigo del fuego eterno. Y si fue sólo un ejemplo eso quiere decir que el castigo del fuego eterno es muchísimo peor. Y eso es a lo que me refiero al decir que hay algo peor que los incendios.
Mientras que el fuego en Los Ángeles es temporal –y oramos para que pronto llegue a su fin–, el fuego (castigo) del infierno es eterno. Eso lo dice no sólo Judas 7, sino también los siguientes versículos:
“Su aventador está en su mano, y limpiará su era; y recogerá su trigo en el granero, y quemará la paja en fuego que nunca se apagará” (Mateo 3:12).
“Por tanto, si tu mano o tu pie te es ocasión de caer, córtalo y échalo de ti; mejor te es entrar en la vida cojo o manco, que teniendo dos manos o dos pies ser echado en el fuego eterno” (Mateo 18:8).
“Entonces dirá también a los de la izquierda: Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles” (Mateo 25:41).
“Y el diablo que los engañaba fue arrojado al lago de fuego y azufre, donde también están la bestia y el falso profeta. Y serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos” (Apocalipsis 20:10).
En este fuego serán castigados el diablo y los demonios. Pero también serán castigados en éste todos los pecadores que, queriendo vivir a su manera, han hecho lo que Dios prohíbe y no han hecho lo que Dios manda. Apocalipsis 21:8 menciona a los cobardes, incrédulos, inmorales y mentirosos como algunos de los que “tendrán su herencia en el lago que arde con fuego y azufre”.
¡HAY ESPERANZA!
Pero no todo es malas noticias, hay esperanza. Esta esperanza no se encuentra en un pasado sin mancha. Porque tanto tú como yo hemos somos pecadores y hemos pecado contra Dios. Esta esperanza tampoco se encuentra en una promesa futura de no volver a pecar. Porque, aunque eso fuera posible, eso no borraría nuestras manchas del pasado. Nuestras obras son como arrojar agua de una botellita para acabar con el incendio en Los Ángeles.
¡Nuestra esperanza se encuentra en Jesús! Su obra, Su vida de perfecta obediencia a Dios hasta la muerte, sí fue suficiente. Jesús bebió toda la copa de la ira de Dios para que todos los que buscan refugio en Él no tengan que beber ni una gota de ira. Corre a Jesús, con arrepentimiento y fe, y serás salvo de la ira venidera.
En el capítulo 53 de su libro, el profeta Isaías escribe acerca de un siervo a quien el Señor Dios describe como Suyo: “Mi Siervo” (v. 11). El profeta nos dice que este Siervo del Señor sería un Siervo sufriente (vv. 1-9) y, después, un Siervo exaltado (vv. 10-12).
Y a la luz del Nuevo Testamento, es claro que ese Siervo del Señor es Jesús. Él sufrió hasta la muerte en la cruz y, entonces, fue exaltado con Su resurrección y ascensión.
Leamos las palabras del profeta en Isaías 53:4-6: “Ciertamente Él llevó nuestras enfermedades, y cargó con nuestros dolores. Con todo, nosotros lo tuvimos por azotado, por herido de Dios y afligido. Pero Él fue herido por nuestras transgresiones, molido por nuestras iniquidades. El castigo, por nuestra paz, cayó sobre Él, y por Sus heridas hemos sido sanados. Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, nos apartamos cada cual por su camino; pero el Señor hizo que cayera sobre Él la iniquidad de todos nosotros”.
A partir de ese capítulo, quiero que veamos el agente, la causa y los beneficiarios de los sufrimientos de Jesús.
EL AGENTE
Jesús fue azotado, herido y abatido por Dios. Sí, Herodes, Pilato, los gentiles y el pueblo de Israel fueron responsables de arrestar y crucificar a Jesús (Hch. 4:27), pero en última instancia fue Dios quien estaba detrás de todo ello. Fue Dios quien entregó a Jesús. Como alguien dijo, quien mató a Jesús no fue Judas, no fueron los judíos, no fue Pilato, sino Dios. Todo eso se confirma con las palabras del profeta: “Pero quiso el Señor quebrantarlo, sometiéndolo a padecimiento” (Is. 53:10). Detrás del azote, herida y aflicción de Jesús había un Dios con un ceño fruncido (justamente airado) por el pecado.
El profeta Habacuc fue llamado por Jerónimo como “Luchador”, porque luchó con Dios. Pero la lucha que este profeta sostuvo no fue la misma lucha que Jacob tuvo con Dios. Lutero nos explicó la lucha de Habacuc cuando dijo que “en su libro vemos a un hombre en lucha intensa, tratando de penetrar en el obsesionante problema de la justicia divina”.
Como un verdadero siervo de Dios, el pecado de Judá era algo que molestaba a este profeta. Habacuc clamó a Dios. Pero él no se esperaba que Dios respondiera a esa situación de la manera que lo hizo: Dios usaría a los caldeos (Babilonia), un pueblo “feroz e impetuoso”, para castigar a Judá por su pecado.
Y es en este contexto que Habacuc dijo lo siguiente:
“Muy limpios son Tus ojos para mirar el mal, y no puedes contemplar la opresión. ¿Por qué miras con agrado a los que proceden pérfidamente, y guardas silencio cuando el impío devora al que es más justo que él?” (1:13).
DIOS ES PURO
El profeta Habacuc comenzó afirmando como verdadero algo acerca de Dios: “Muy limpios son Tus ojos para mirar el mal”. Nótese que las palabras del profeta no fueron que Dios no peca, aunque obviamente eso estaba implicado. Las palabras del profeta tampoco fueron que Dios no es partícipe del pecado de los hombres, aunque esto también estaba implicado.
Las palabras del profeta fueron mucho más allá de las dos declaraciones anteriores: Dios es muy puro, santo en un nivel superlativo. ¿Has escuchado la expresión “hacerse de la vista gorda”? Se usa de alguien que finge no haber visto una injusticia para no corregirla o denunciarla. Dios no puede hacerse de la vista gorda; Su naturaleza no le permite mirar al pecado y fingir que nada malo está pasando.