¿Y si Dios registra todos tus pecados?

En el Salmo 130, el salmista lanza un grito de auxilio desde lo más profundo. El salmista siente que está, como muchos dicen hoy en día, tocando fondo. Pero él no se siente así porque su pareja rompió con él ni porque su cuenta de banco está en cero. En el versículo 3 se expresa la causa por la cual el salmista se siente de esa manera:

“SEÑOR, si tú tuvieras en cuenta las iniquidades, ¿quién, oh Señor, podría permanecer?” (v. 3).

¿Qué es lo que ha hecho que el alma de este hombre caiga en “abismos de aguas”? ¿Qué es lo que ha hecho que él se sienta impotente? ¿Qué es lo que ha hecho que él se sienta desesperado? Se menciona en el versículo: “las iniquidades”. ¿De quién? Obviamente de él. “Iniquidad” es toda actitud torcida, que no es recta de acuerdo a la ley de Dios y que, por lo tanto, merece castigo. El salmista parece verse a sí mismo en el abismo de sus muchos pecados, se está ahogando –se siente impotente y desesperado–, entonces grita a Dios: “¡Auxilio!”.

Pienso que todo cristiano verdadero se ha encontrado también en “lo profundo”. Si tú no eres cristiano, la experiencia del salmista es algo extraño para ti. Pero todo cristiano verdadero ha sentido que sus pecados son como “abismos de aguas”. Y sus pecados son tantos como las olas del mar que vienen una tras otra y parecen nunca acabar.

Sabemos que, como dice la Biblia, las cadenas que nos esclavizaban al pecado han sido rotas y ahora somos libres para amar a Dios y hacer Su voluntad. Pero también sabemos, por la Biblia y por experiencia propia, que el pecado todavía habita en nosotros y es fuerte. Por eso pecamos todos los días –algunas veces cometemos el mismo pecado y otras veces cometemos nuevos pecados–; pecamos voluntariamente y, a veces, pecamos involuntariamente –pero sigue siendo pecado–. Incluso en las cosas buenas que hacemos “para la gloria de Dios” pueden encontrarse más faltas de las que pensamos o nos atreveríamos a admitir. Entonces gritamos a Dios como dice el viejo himno: “¡sálvame o moriré!”. Continúa leyendo ¿Y si Dios registra todos tus pecados?

El remedio contra la enfermedad del corazón.

En Hebreos 3:7-15 se nos presenta, lo que yo he llamado, “la enfermedad más terrible del corazón”. Y cuando digo “corazón” no me refiero al órgano que bombea sangre, sino a esa parte interna de la persona que piensa, siente y motiva cada acción. Por lo tanto, esa terrible enfermedad a la cual me refiero no es la hipertensión, ni arritmias, ni una insuficiencia cardíaca ni un infarto.

La enfermedad más terrible del corazón es el endurecimiento del corazón que lleva a la persona a apartarse del Dios vivo: “Mirad, hermanos, que no haya en ninguno de vosotros corazón malo de incredulidad para apartarse del Dios vivo; antes exhortaos los unos a los otros cada día, entre tanto que se dice: Hoy; para que ninguno de vosotros se endurezca por el engaño del pecado” (vv. 12, 13).

Ahora, a pesar de cuán terrible es esa enfermedad, Dios bondadosamente nos ha provisto de un remedio. ¿Cuál piensas que es ese remedio? ¿Leer más la Biblia? ¿Orar más? Lo anteriormente mencionado es importante, pero –según el versículo 13– el remedio contra esta enfermedad del corazón se prescribe con las siguientes palabras: “antes exhortaos los unos a los otros cada día, mientras todavía se dice: Hoy; no sea que alguno de vosotros sea endurecido por el engaño del pecado”.

Según este versículo, el remedio contra el endurecimiento por el engaño del pecado es la exhortación los unos a los otros. “Exhortar” significa literalmente parase cerca, al lado del otro, para hacerle un llamamiento. Y exhortase incluye hablar o instruir con la Palabra de Dios, animarse a continuar haciendo el bien, amonestarse por algún pecado, rogarse, consolarse unos a otros en medio del dolor, etc. Continúa leyendo El remedio contra la enfermedad del corazón.

Meyer sobre “La esperanza de gloria”.

Pablo dice que Dios sujetó la creación a esclavitud y decadencia para que sirva a la esperanza. Lee esas palabras otra vez: “Porque la creación fue sometida a vanidad, no de su propia voluntad, sino por causa de aquel que la sometió, en la esperanza de que la creación misma será también liberada de la esclavitud de la corrupción a la libertad de la gloria de los hijos de Dios” (vv. 21, 22).

Nos estamos moviendo de la esclavitud a la libertad, del sufrimiento a la sanidad, del deterioro a la nueva creación. Lo incorrecto sirve a lo correcto al crear un fuerte anhelo por lo último. La Biblia describe nuestra vida presente como “entristecidos, mas siempre gozosos” (2 Co. 6:10), pero viene el día en el cual siempre estaremos gozosos y nunca entristecidos. ¿Cómo será eso? Ahora la creación está limitada, pero un día será liberada de su esclavitud.

[…]

Nuestra gloria futura en el cielo excederá infinitamente nuestras expectativas. La Biblia habla de nuestra gloria futura como algo que simplemente no puede ser anticipado completamente o comprendido de antemano. Esta vida va a decepcionar, pero la vida venidera excederá todas nuestras expectativas.

Como vimos al principio de este capítulo, nuestra experiencia en esta vida regularmente luce como esto:

Diagrama Realidad - Expectativa

La vida venidera pondrá de cabeza gloriosamente la decepción.

Diagrama Realidad - Expectativa (del cielo)

El mundo venidero es un lugar en donde la decepción es imposible. Piensa en esto: todas nuestras expectativas son finitas, pero Dios es infinito. Será imposible para seres finitos decepcionarse con el mundo que un ser infinito de puro amor, perfecta sabiduría, y todo poder ha preparado para nosotros.

Mira otra vez al diagrama de decepción al principio de este capítulo. La decepción es la distancia entre lo que esperamos y lo que experimentamos. La esperanza de gloria pone de cabeza la decepción. En el cielo, lo que experimentaremos excederá nuestras expectativas en un grado superlativo, inmensurable. Podemos levantar nuestras esperanzas tan altas como sea posible y todavía encontraremos que ellas son un juego de niños en comparación con lo que Dios ha preparado para nosotros.

Este artículo es un extracto tomado de: Jason Meyer. Don’t Lose Heart: Gospel Hope for the Discouraged Soul [No te desanimes: la esperanza del evangelio para el alma desanimada] (United States of America: Baker Books, 2019), pp. 124-126. Traducción de Misael Susaña.

¿Qué hacer después de las elecciones?

Para el tiempo que estoy escribiendo esto ya se han computado más del 80% de los votos emitidos en las elecciones presidenciales y congresuales de la República Dominicana, la cual se celebró el día de ayer (5 de julio del 2020). Y aunque las Junta Central Electoral esperará hasta computar el 100% de los votos para anunciar oficialmente a los ganadores, ya todos sabemos quiénes son por lo que vemos en los resultados preliminares.

Independientemente de cuál sea el partido de tu preferencia y de quiénes hayan sido los candidatos por los cuales votaste, la Palabra de Dios nos llama a actuar de cierta manera después de las elecciones. Y en este artículo vamos a ver cuatro cosas que debemos hacer después de las elecciones.

1. ORAR POR NUESTROS GOBERNANTES

El apóstol Pablo (inspirado por Dios) dice en 1 Timoteo 2:1 lo siguiente: “Exhorto, pues, ante todo que se hagan rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias por todos los hombres”. Cuando aquí dice “todos los hombres” se refiere a todos los hombres (varón y hembra) sin distinción.

Debemos orar no tan solo por la nación que es gobernada, sino también por aquellos que gobiernan la nación: “por los reyes y por todos los que están en autoridad” (v. 2a). Es tanto un pecado como una tontería decir: “yo no voy a orar por mis gobernantes, porque ellos no son del partido que yo apoyo”; o decir: “no voy a orar por los que están gobernando para que les vaya mal”. No debemos desear que a los que nos gobiernan les vaya mal porque las decisiones que ellos tomen van a afectar positiva o negativamente a la nación –incluyéndonos a ti y a mí–.

Por eso dice que el oramos por nuestros gobernantes con el siguiente propósito: “para que podamos vivir una vida tranquila y sosegada con toda piedad y dignidad” (v. 2b). Por el contexto, específicamente el versículo 4, sabemos que una de las cosas que no debemos dejar de pedir a Dios es la salvación de aquellos que nos gobiernan. Dios quiere que todos los hombres sean salvos –incluso los políticos–. Continúa leyendo ¿Qué hacer después de las elecciones?