Lisiado, pero en la mesa del Rey.

2 Samuel 9 es el relato de la misericordia del rey David hacia alguien que no la merecía como Mefiboset; lo cual es un reflejo de la misericordia de Dios hacia pecadores que no la merecen como nosotros.

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La bondad de Dios ilustrada.

En 2 Samuel 9 se relata la bondad de David hacia Mefiboset; bondad que todos los cristianos debemos mostrar hacia aquellos que la necesitan a nuestro alrededor –aunque no la merezcan–. Ahora, no es menos cierto que lo que David hizo aquí no fue nada más que reflejar una bondad que Dios mismo había tenido hacia él. Dicho en palabras del Salmo 34:8, David había gustado y ahora estaba proclamando cuán bueno es Dios. Es por eso que David describe esta bondad que él iba a mostrar como «la bondad de Dios» (v. 3).

Lisiado de piePrimero, vemos en este pasaje la iniciativa del rey. No fueron ni los siervos de David, ni el siervo de la casa de Saúl ni Mefiboset quien le pidió a David que mostrara tal bondad. Más bien, fue el rey David quien tuvo la iniciativa de mostrar bondad aunque él no estaba en la obligación de hacerlo. Asimismo, Dios fue quien tuvo la iniciativa, desde la eternidad, de mostrar Su bondad hacia nosotros (aunque Él no nos necesita).

Segundo, vemos en este pasaje como el rey trae a Mefiboset ante su presencia. Debido a una caída cuando era niño (2 Sam. 4:4), Mefiboset estaba lisiado de ambos pies. Si no le era imposible, a Mefiboset le era sumamente difícil ir a donde el rey. Es debido a eso que David no mandó a decirle que venga, sino que «mandó traerlo». Asimismo, debido a nuestro pecado, ninguno de nosotros quiere ni puede ir a Dios de manera natural, Dios es quien nos atrae a Jesucristo en Su gracia (Jn. 6:44). Continúa leyendo La bondad de Dios ilustrada.

Solo Tú me haces vivir confiado.

“Si Jehová no edificare la casa, en vano trabajan los que la edifican; si Jehová no guardare la ciudad, en vano vela la guardia. Por demás es que os levantéis de madrugada, y vayáis tarde a reposar, y que comáis pan de dolores; pues que a su amado dará Dios el sueño” (Salmos 127:1,2).

Esas palabras fueron expresadas por el salmista David, quien también era rey de Israel. Durante su reinado él tomó la fortaleza de Sión y edificó alrededor (2 S. 5:7), tuvo muchas victorias y extendió sus dominios (2 S. 8) y también tenía un grupo de hombres valientes que cuidaban de él (2 S. 23:8-39). Sin embargo, la confianza última de David no estaba en sus valientes o en sus logros, sino en Dios. El éxito de David se debía a que Jehová Dios de los ejércitos estaba con él (2 S. 5:10); Él, y no los valientes de David, fue quien dio la victoria a David por dondequiera que fue (2 S. 8:14). David estaba convencido de esto, por eso expresó en el Salmo 127:1,2 que no importa cuán buenos sean los arquitectos e ingenieros, sin Dios (Su ayuda), su trabajo es en vano; David expresó que no importa cuán valiente sea la guarda o cuán efectivos sean los sistemas de seguridad, sin Dios, todo esto es en vano; David expresó que no importa cuánto esfuerzo hagas para estar seguro, sin Dios, todos éstos serán en vano. Ahora, esto no significa que David ya no edificaría casas ni que la guardia ya no velaría, pues Dios puede usar y usa todo esto como medios; más bien esto significa que su confianza última estaría en Dios. Eso lo vemos en la última parte del Salmo 127:2: “pues que a su amado dará Dios el sueño”. Un versículo similar es el Salmo 4:8 que dice: “En paz me acostaré, y asimismo dormiré; porque solo tú, Jehová, me haces vivir confiado”. ¿Los edificadores me hacen vivir confiado? ¿La edificación me hace vivir confiado? ¿La guardia me hace vivir confiado? ¡No! Sólo tú, Jehová.

¿Quién es Jehová? Él es el único Dios verdadero (Dt. 6:4), soberano absoluto (Dn. 4:35), todopoderoso (Lc. 1:37), grande en misericordia y verdad (Ex. 34:6), quien te ha adoptado como uno de Sus hijos (Jn. 1:12), quien detrás y delante te rodea y pone sobre ti Su mano para cuidarte (Sal. 139:5); Jehová es, no sólo el Dios de David, sino también tú Dios –si tu haz ido a Jesucristo con arrepentimiento y fe; Él es quien ayer amó a David y hoy te ama en Cristo Jesús (Ro. 8:37). Por lo tanto, que tu confianza esté sólo en Aquel que «da descanso a sus amados» (Sal. 127:2; NTV).

Los textos bíblicos fueron tomados de la versión Reina-Valera © 1960 Sociedades Bíblicas en América Latina; © renovado 1988 Sociedades Bíblicas Unidas. Usada con permiso.

El omnisciente y omnipresente Dios.

La omnisciencia de Dios significa que Dios sabe o conoce absolutamente todo. La omnipresencia de Dios significa que Él está –con todo Su ser– en todos los lugares, todo el tiempo. En el Salmo 139, el salmista David habla de esos dos atributos de Dios; habla acerca de Dios como quien conoce todo y como quien está en todos los lugares.

El salmista habla de la omnisciencia de Dios de la siguiente manera: “Oh SEÑOR, tú me has escudriñado y conocido. Tú conoces mi sentarme y mi levantarme; desde lejos comprendes mis pensamientos” (vv. 1, 2). El salmista dijo que todos sus caminos eran bien conocidos por Dios (v. 3), aun aquellos caminos que él no había exteriorizado, sus pensamientos (v. 4).

En el versículo 7 se introduce la omnipresencia de Dios con las siguientes preguntas: “¿Adónde me iré de tu Espíritu, o adónde huiré de tu presencia?”; y los versículos 8-10 nos enseñan que no hay lugar tan alto donde Dios no pueda estar, no hay lugar tan bajo donde Dios no pueda estar y no hay lugar tan distante donde Dios no pueda estar. En la más alta elevación, allí está Dios; en el más profundo lugar, allí está Dios; en la más lejana distancia, allí está Dios. “Las tinieblas y la luz son iguales para ti” –dijo el salmista en la última parte del versículo 12. Nuestro sentido de la visión es mejor en la luz que en la oscuridad, pues en la oscuridad ignoramos muchas cosas; pero la oscuridad no es un problema para Dios, ni siquiera la más densa oscuridad puede embotar su conocimiento de todo. Para El «la noche brilla como el día» y ni siquiera el desarrollo de un embrión escapa de Sus ojos (omnisciencia): “Tus ojos vieron mi embrión, y en tu libro se escribieron todos los días que me fueron dados, cuando no existía ni uno solo de ellos” (v. 16). Continúa leyendo El omnisciente y omnipresente Dios.