Robot Salvaje (The Wild Robot) es una película animada dirigida por Chris Sanders y basada en la serie de libros (que lleva el mismo nombre) de Peter Brown. La cinta tuvo un estreno mejor de lo esperado y terminó superando los 330 millones de dólares a nivel mundial.
La historia sigue a Roz, una robot diseñada para servir a los humanos que, tras un accidente, naufraga en una isla. Allí, poco a poco, aprende a adaptarse a la naturaleza, establece vínculos con los animales y termina criando a un pequeño ganso huérfano llamado Brillo.
Más allá de hacerme valorar aún más el amor de mi madre, la película ilustra con claridad las siguientes cuatro verdades:
La maternidad
Cuando una zarigüeya —madre de una numerosa camada— le dice a Roz: “este gansito es tuyo”; ella responde que no, argumentando que el pequeño “emite ruidos y hace que las tareas sencillas sean complicadas o imposibles”. Añade además: “No cuento con la programación para ser madre”. A lo que la zarigüeya replica: “Nadie la tiene, así que improvisamos”.
Este diálogo resulta profundamente contracultural. Vivimos en una época en la que muchos consideran a los hijos, en el mejor de los casos, como un obstáculo. Sin embargo, la Biblia los presenta como una bendición y declara dichosos a los padres que los tienen (Salmos 127:5).
En una cultura donde no pocas madres recurren al aborto bajo la idea de no estar listas para la maternidad, la decisión de Roz de criar a Brillo —en lugar de entregarlo a morir— plantea un reto que merece ser asumido.
La naturaleza
En la primera conversación amistosa entre Fink —un zorro— y Roz, este último le pregunta: “¿Por qué te robaste a mi gansito?”. Fink responde: “Soy un zorro, hago cosas de zorro. Es mi naturaleza”. Luego Fink pregunta: “¿Por qué me ayudaste?”. A lo que Roz contesta: “Soy una robot. Hago cosas de robot. Busco tareas y me aseguro de que se cubran todas las necesidades esenciales”.
Este intercambio revela una verdad profunda: nuestra naturaleza determina lo que hacemos. En términos sencillos, hacemos lo que hacemos porque somos lo que somos. No lo contrario.
En Jeremías 13:23 se hacen las siguientes preguntas: “¿Puede el etíope mudar su piel, o el leopardo sus manchas? Así ustedes, ¿podrán hacer el bien estando acostumbrados a hacer el mal?”. La Biblia enseña que, desde la caída de la humanidad en pecado, nuestra naturaleza ha sido profundamente afectada. Siguiendo la lógica que ilustra la película, pecamos —haciendo lo que Dios prohíbe o dejando de hacer lo que Él manda— porque, en esencia, somos pecadores.
El dolor
Antes de que Brillo realice su primera migración con los demás gansos, se le revela una de las verdades más profundas de la película: “¿Ves a algún otro ganso de tu tamaño? El accidente que mató a tu familia… te salvó”.
Brillo había perdido a su familia —incluida su madre— antes siquiera de conocerla. Roz cayó accidentalmente sobre el nido, provocando esa tragedia. Cuando Brillo lo descubre, su reacción inicial es de enojo. Sin embargo, lo que aún no lograba ver era que, de haber crecido con su familia original, probablemente no habría sobrevivido, pues era más pequeño y débil que los demás. Fue precisamente Roz quien lo protegió y lo guio hasta convertirse en un ganso capaz de nadar y volar.
Esta escena refleja una verdad profundamente esperanzadora: hay circunstancias dolorosas que, aunque incomprensibles en el momento, forman parte de un propósito mayor. Esto recuerda lo que enseña Romanos 8:28: “Y sabemos que para los que aman a Dios, todas las cosas cooperan para bien, esto es, para los que son llamados conforme a Su propósito”.
La afirmación es contundente: “todas las cosas” incluye el dolor más grande y las situaciones más confusas. Nada queda fuera del alcance del buen propósito de Dios. Dios utiliza incluso la dificultad para hacernos bien y saldremos de ella más parecidos a Jesús.
El amor sacrificial
Casi al final de la película, una intensa tormenta de nieve pone en peligro a todos los animales de la isla. En medio del caos, Roz gasta casi toda su energía buscándolos y llevándolos a un refugio donde puedan sobrevivir. Lo sorprendente es que lo hace por criaturas que la odiaban, que “le robaban partes y se burlaban de ella”.
El refugio pronto se vuelve un caos: depredadores y presas reunidos en un mismo lugar. Sin embargo, Roz logra establecer una tregua al decir: “Entiendo que todos tienen instintos que los mantienen vivos, pero a veces, para sobrevivir, debemos convertirnos en más que aquello para lo que fuimos programados”. Sus palabras cobran aún más fuerza porque reflejan exactamente lo que ella misma acaba de hacer.
En este sentido, Roz se convierte en una poderosa ilustración del amor de Dios. En 1 Juan 4 se nos dice: “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó a nosotros y envió a Su Hijo como propiciación por nuestros pecados… Nosotros amamos porque Él nos amó primero” (vv. 10–11, 19).
El mensaje es claro: Dios no nos amó porque nosotros lo amáramos; nos amó a pesar de que no lo amábamos. Envió a su Hijo para cargar con el castigo por nuestros pecados, abrió nuestros ojos a la belleza de ese sacrificio y cambió nuestra naturaleza pecaminosa (lo que nosotros no podíamos cambiar por nuestra cuenta). Así todos los creyentes recibimos una nueva naturaleza capaz de amar a Dios y a los demás.