Berkhof sobre “Las buenas obras”.

La Biblia enseña con claridad que las buenas obras de los creyentes no son meritorias en el sentido propio de la palabra. Sin embargo, debemos recordar que la palabra “mérito” se emplea en un sentido doble, el uno estricto y propio, y el otro amplio. Hablando en forma estricta, una obra meritoria es aquella a la cual debido a su valor intrínseco y a su dignidad se le debe con justicia una recompensa de la justicia comunicativa. Sin embargo, hablando en sentido amplio, una obra que merece la aprobación y a la cual se adhiere una recompensa (por promesa, convenio, o de cualquiera otra forma) también se llama a veces meritoria. Tales obras son dignas de alabanza y son recompensadas por Dios. Pero a pesar de que esto puede ser, no son con seguridad obras meritorias en el estricto sentido de la palabra. No pueden por su propio valor moral intrínseco convertir a Dios en deudor para con aquel que las hace. En estricta justicia las buenas obras de los creyentes nada merecen. Algunos de los pasajes más terminantes de la Biblia para probar el punto que estamos considerando, son los siguientes: Luc. 17:9,10; Rom. 5:15-18; 6:23; Ef. 2:8-10; II Tim. 1:9; Tito 3:5. Estos pasajes muestran con claridad que los creyentes no reciben la herencia de salvación porque se les deba en virtud de sus buenas obras, sino sólo como un don gratuito de Dios. Es razonable también que tales obras no puedan ser meritorias, porque:

  1. Los creyentes deben su vida completa a Dios y por tanto no pueden merecer nada por el hecho de darle a Dios simplemente lo que ya le es debido, Luc. 17:9,10.
  2. No pueden hacer buenas obras con su propia fuerza, sino sólo con la fuerza que Dios imparte diariamente a cada uno de ellos; y en vista de este hecho no pueden esperar crédito alguno por estas obras, I Cor. 15:10; Fil. 2:13.
  3. Aun las mejores obras de los creyentes siguen siendo imperfectas en esta vida, y todas las buenas obras juntas representan sólo una obediencia parcial, en tanto que la ley demanda obediencia perfecta y no puede satisfacerse con nada que sea menos que eso, Isa. 64:6; Stg. 3:2.
  4. Además, las buenas obras de los creyentes están fuera de toda proporción con la recompensa eterna de la gloria. Una obediencia temporal e imperfecta nunca puede merecer una recompensa eterna y perfecta.

LA NECESIDAD DE LAS BUENAS OBRAS

Ninguna duda cabe acerca de la necesidad de las buenas obras, correctamente entendidas. No pueden ser consideradas como necesarias para merecer salvación, ni como medios para retener un dominio sobre la salvación, ni siquiera como el único camino a lo largo del cual llegar hasta la gloria eterna, porque los hijos gozan de la salvación sin haber hecho ningunas buenas obras. La Biblia no enseña una declaración como esta: “Ninguno puede salvarse sin buenas obras”. Al mismo tiempo las buenas obras, por necesidad son la secuela de la unión de los creyentes en Cristo. “El que permanece en mí y yo en él, éste lleva mucho fruto”, Jn. 15:5. También son necesarias porque son requeridas por Dios, Rom.7:4; 8:12,13; Gál. 6:2, como frutos de la fe, Stg. 2:14,17, 20-22, como expresiones de gratitud, I Cor. 6:20, para la seguridad de la fe, II Ped. 1:5-10, y para la gloria de Dios, Jn. 15:8; I Cor. 10:31. La necesidad de las buenas obras debe mantenerse en contra de los antinomianos que pretenden que, puesto que Cristo no sólo llevó el castigo del pecado, sino que también satisfizo las demandas positivas de la ley, el creyente está libre de la obligación de observarla, error que todavía se encuentra entre nosotros hoy día en algunas de las formas del dispensacionalismo. Esta es una posición por completo falsa, porque sólo la ley como sistema de castigo y como método de salvación quedó abolida en la muerte de Cristo. La ley como medida de nuestra vida moral es una transcripción de la santidad de Dios, y por tanto, es de vigencia permanente también para el creyente, aunque su actitud hacia la ley haya experimentado un cambio radical. El creyente ha recibido el Espíritu de Dios, que es Espíritu de obediencia, de tal manera que sin ninguna violencia obedece voluntariamente la ley. Strong hace un resumen correcto cuando dice: Cristo nos liberta “(1) de la ley como sistema de maldición y castigo, y lo hizo al cargar en sí mismo la maldición y el castigo… ; (2) de la ley con sus demandas como método de salvación; y lo consigue haciendo que sean nuestros su obediencia y sus méritos… ; (3) de la ley considerada como compulsión externa y extraña, y hace esto al darnos el espíritu de obediencia y de hijos, mediante el cual la ley, progresivamente se realiza dentro de cada uno” (Syst. Theol., p. 876).

Este artículo es un extracto tomado de: Louis Berkhof. Teología Sistemática (Grand Rapids, Michigan: Libros Desafío, 2005), pp. 650, 651.

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