Hace un par de semanas tomé mi celular y fui embestido por una avalancha de malas noticias: el gobierno volvía a subir el precio de la gasolina; la inflación interanual de la economía dominicana alcanzaba un 5.11% (cuando la meta establecida por el Banco Central era del 5%), lo que implicaba un mayor golpe al bolsillo de los ciudadanos; alguien compartía cómo su salario —que era mayor que el mío— prácticamente desaparecía después de cubrir sus gastos mensuales; y, para rematar, me encontré con un comunicador que advertía sobre una crisis económica peor que la provocada por el COVID-19.
Pero justo antes de hundirme en el mar de la ansiedad, me aferré con fuerza a la promesa de Dios en Filipenses 4:19:
“Y mi Dios proveerá a todas sus necesidades, conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús”.
Contexto
Este versículo aparece en el contexto del agradecimiento del apóstol Pablo por el apoyo financiero recibido de los filipenses mientras se encontraba prisionero en Roma —y no precisamente en un hotel de cinco estrellas—. No era la primera vez que esta iglesia apoyaba económicamente al apóstol. Sin embargo, durante un tiempo no habían tenido la oportunidad de expresar de manera tangible el cuidado y la preocupación que sentían por él.
Ahora esa oportunidad se había presentado nuevamente, y los filipenses no la desaprovecharon. Por medio de Epafrodito enviaron una generosa ofrenda al apóstol Pablo. Digo que fue generosa porque el propio Pablo afirma que tiene “abundancia” y que está “bien abastecido” después de recibir la ayuda.
La provisión de Dios
Nótese que en el versículo 19 el apóstol no dice simplemente que Dios proveerá. Pablo afirma: “Mi Dios proveerá”. Estas palabras revelan una relación personal y cercana con el Señor. Este es el Dios de Pablo: no un dios distante o indiferente, sino un Dios presente, atento y fiel. Además, Pablo escribe como alguien que ya ha experimentado la provisión divina. Él mismo ha sido sostenido por Dios y, por eso, puede asegurarles a los filipenses —y también a nosotros— que ese mismo Dios proveerá.
Pablo también dice que Dios proveerá nuestras necesidades. Es importante destacar que Dios no promete concedernos todo lo que deseamos. Nuestros deseos no siempre coinciden con nuestras verdaderas necesidades. Sin embargo, esto no disminuye en absoluto la fuerza de la promesa. Dios no se compromete a suplir algunas de nuestras necesidades, ni siquiera la mayoría de ellas, sino todas y cada una.
Y como si esto no fuera suficiente, Pablo añade que Dios proveerá “conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús”. Dios posee riquezas gloriosas e inagotables. Sus recursos jamás se agotarán. Pero esta expresión no solo nos habla de lo que Dios tiene, sino también de cómo da. Pablo no dice que Dios proveerá “de” Sus riquezas, sino “conforme a” Sus riquezas. La diferencia es significativa. Si una persona multimillonaria nos entregara diez dólares, nos estaría dando de sus riquezas. Pero si nos diera de una manera proporcional a su inmensa fortuna, nos estaría dando conforme a sus riquezas.
Así es la provisión de Dios: abundante, generosa y acorde con la infinita riqueza de Su gloria. La generosidad que los filipenses mostraron hacia Pablo fue admirable, pero no fue más que un tenue reflejo de la generosidad mucho mayor del Dios que provee para los Suyos.
Las necesidades que tenemos
Quiero volver al hecho de que Dios promete proveer para “todas” las necesidades, porque esta promesa es mucho más abarcadora de lo que sospecho que la mayoría de nosotros imaginamos:
Sí, es cierto que esto incluye el dinero que necesitamos para adquirir las cosas que necesitamos. Pero Dios no depende del dinero para suplir nuestras necesidades. Él puede, sin darte dinero, proveerte aquello que normalmente comprarías con dinero. Y muchas veces obra precisamente de esa manera. Por eso, no debemos medir la provisión de Dios únicamente por la cantidad de dinero que recibimos, sino también por la cantidad de necesidades que Él suple.
Con frecuencia, Dios lleva a cabo esta provisión a través de otras personas. Así como proveyó para Pablo por medio de los filipenses y de Epafrodito, también provee para nosotros por medio de la iglesia, de familiares, de amigos, de compañeros de trabajo e incluso de conocidos. Debemos agradecer a esas personas por su bondad, pero sin olvidar dar la gloria a Dios, quien es la fuente de toda bendición que recibimos.
Pero recordemos que Dios no provee simplemente de Sus riquezas, sino conforme a Sus riquezas. En Su generosidad, no se limita a darnos el dinero o los bienes materiales que necesitamos. Él provee mucho más…
Dios también provee contentamiento. En la última parte del versículo 11, el apóstol declara: “He aprendido a contentarme cualquiera que sea mi situación”. Nótese que Pablo dice que el contentamiento es algo que aprendió. No es una virtud que viene de fábrica en el corazón humano. ¿Y quién le enseñó esa lección? Dios mismo.
Obsérvese también que este contentamiento es independiente de las circunstancias. Es fácil estar contentos cuando todo marcha bien. Pero permanecer contentos cuando todo parece derrumbarse a nuestro alrededor es algo que solo Dios puede producir. Sin contentamiento podríamos poseer el mundo entero y aun así considerarlo insuficiente. Pero cuando nuestro contentamiento está en Cristo, incluso teniendo poco de todo lo demás, descubrimos que tenemos más que suficiente.
Dios también provee la gracia necesaria para vivir tanto en la pobreza como en la prosperidad. En el versículo 12 Pablo afirma: “Sé vivir en pobreza, y sé vivir en prosperidad. En todo y por todo he aprendido el secreto tanto de estar saciado como de tener hambre, de tener abundancia como de sufrir necesidad”.
Necesitamos esa gracia porque tanto la pobreza como la prosperidad traen consigo sus propias tentaciones. Según Agur en Proverbios 30, la pobreza puede tentarnos a robar y deshonrar el nombre de Dios; mientras que la prosperidad puede llevarnos a olvidarnos de Él y a decir: “¿Quién es el Señor?”. Sin embargo, Dios concedió a Pablo la gracia necesaria para honrarlo en cualquiera de esas circunstancias.
Yo necesito esa misma gracia. Tú también. Y la buena noticia es que Dios ha prometido proveerla.
Quiero concluir este artículo de la misma manera que el apóstol Pablo concluyó el pasaje que hemos estudiado –dando la gloria al único que la merece:
“A nuestro Dios y Padre sea la gloria por los siglos de los siglos”, y junto con Pablo, nosotros también decimos, “Amén”.