Pastoreando ovejas

Dos palabras de esperanza en el Salmo 23.

El Salmo 23 es uno de los pasajes más conocidos, no solo del Antiguo Testamento, sino de toda la Biblia. Muchos de nosotros podemos recitarlo de memoria. A lo largo de los años, ha inspirado innumerables himnos, canciones, sermones y reflexiones. Incluso es común encontrar en muchos hogares una Biblia abierta precisamente en este Salmo.

Sin embargo, el consuelo que transmite no es para todo el mundo. Sus promesas pertenecen a quienes han hecho de Jesucristo su Pastor, a quienes escuchan Su voz y le siguen. ¿Has dado tú ese paso? Si aún no lo has hecho, éste es el momento oportuno. Deja atrás la rebelión del pecado y vuélvete a Jesús, el Buen Pastor, quien entregó Su vida para salvar del pecado y dar vida eterna.

Cada versículo de este Salmo está lleno de consuelo y esperanza; sin embargo, en este artículo nos concentraremos en dos de ellos:

En el valle de sombra de muerte

“Aunque pase por el valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque Tú estás conmigo; Tu vara y Tu cayado me infunden aliento” (v. 4).

Imaginemos que debemos atravesar un valle. A medida que nos acercamos, las sombras se hacen cada vez más densas. Cuando llegamos al corazón del valle, la oscuridad es total. No podemos ver ni siquiera la palma de nuestras manos. Bajo nuestros pies sentimos el lecho de un arroyo que alguna vez llevó agua y ahora está seco. A nuestro alrededor, los sonidos de animales salvajes rompen el silencio y aumentan la sensación de peligro.

¿Qué podría librarnos del temor en un lugar así? Escuchar la voz de Jesucristo susurrar a nuestros oídos: “No tengas miedo; todavía estoy aquí”.

Precisamente esa es la confianza que expresa el salmista. Aunque camine por un lugar amenazador, peligroso y aterrador, no temerá mal alguno porque Dios, su Pastor, está con él. No contempla la vara y el cayado abandonados en el suelo, como si el Pastor hubiera huido ante la dificultad. No. El Pastor sigue sosteniendo Su vara y Su cayado. No ha renunciado a Su cuidado cuando las circunstancias se han vuelto difíciles. Él continúa siendo su Pastor.

¿Y si, en la providencia de Dios, llegara a faltarme el vestido o el alimento? Dios no me faltará. ¿Y si perdiera la tranquilidad externa? Aun así, tendré a Dios. Nadie, ni siquiera Satanás con todas las fuerzas de su reino, puede tocarnos sin el permiso de nuestro Padre celestial. Y si Él lo permite, podemos estar seguros de que tiene un propósito bueno, sabio y perfecto.

¿Qué es lo peor que podría sucedernos? La muerte. Sin embargo, ni siquiera ella puede separarnos de Su amor. Por el contrario, para el creyente ésta se ha convertido en la puerta que conduce a la presencia de Cristo.

El Pastor que nos hace descansar en delicados pastos y nos guía junto a aguas de reposo no nos abandonará en medio del valle de sombra de muerte. Dios ha prometido estar siempre con nosotros, y jamás nos dejará ni nos desamparará, aun cuando las pruebas arrecien y el camino se vuelva difícil.

La certeza de Su presencia con nosotros y a favor de nosotros es lo que nos permite caminar sin temor, incluso en las circunstancias más adversas. Por eso, cuando nuestro corazón sea asaltado por los “¿Y si…?”, respondamos con fe: ¡Dios está conmigo!

En la casa del Señor

“Y en la casa del Señor moraré por largos días” (v. 6b).

La casa de Dios es el lugar donde se manifiesta Su presencia especial. ¿Y qué podemos esperar allí, donde Su presencia se hace evidente? Podemos esperar una comunión íntima con Él y, al mismo tiempo, la contemplación de Su incomparable hermosura: “Una cosa he pedido al Señor, y esa buscaré: Que habite yo en la casa del Señor todos los días de mi vida, para contemplar la hermosura del Señor y para meditar en Su templo” (Sal. 27:4).

También podemos esperar un gozo completo y deleites eternos: “Me darás a conocer la senda de la vida; en Tu presencia hay plenitud de gozo; en Tu diestra hay deleites para siempre” (Sal. 16:11).

Por eso, habitar en la casa de Dios es un privilegio sin comparación. Nada puede superar esa bendición, y en ningún otro lugar nuestra alma encontrará una satisfacción tan profunda y duradera. Además, el salmista no habla de una visita ocasional cuando dice: “moraré por largos días”. Se trata de una residencia permanente, de una comunión continua y constante con el Señor.

Eso es lo que espera a todos los cristianos: una comunión íntima con Dios, la contemplación de Su hermosura, un gozo pleno y deleites que jamás tendrán fin.

Palabras finales

Antes de concluir este artículo, quiero destacar dos palabras que considero de suma importancia. Una aparece en el versículo 4 y la otra en el versículo 6. Te animo a recordarlas, meditarlas y atesorarlas en tu corazón.

La primera palabra es “pase”; la segunda, “moraré”.

¿Qué diferencia hay entre ellas? La palabra “pase” describe algo temporal, mientras que “moraré” habla de algo permanente. Uno puede pasar por un hospital, pero mora en su hogar.

¿Qué significa esto para el creyente? Que las dificultades, las enfermedades, las pruebas e incluso la muerte son simplemente lugares por los que pasamos cuando Jesús es nuestro Pastor. Ninguna de esas realidades constituye nuestro destino final. Son etapas del camino, no el final del viaje.

Nuestro destino final es estar con Cristo en el cielo. Es disfrutar para siempre de Su presencia, libres de todo dolor, tristeza y sufrimiento. Es allí donde realmente moraremos.

Por eso, si hoy atraviesas momentos de tristeza, aflicción o dolor, recuerda esta verdad: no es el final de la historia. El valle no es tu hogar, el cielo lo es. El dolor pasará, la alegría será eterna.


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Misael Susaña

Misael Susaña nació en República Dominicana, fue salvado a la edad de trece años y actualmente es uno de los pastores de Iglesia Fundamento Bíblico. Es también maestro de Inglés. Estudió Teología Sistemática en la Academia de la Gracia (Reformed Baptist Seminary) y ha participado en varios diplomados. Desde el 2008, ha publicado regularmente artículos bíblicos en su blog (gustadaDios.com). Misael, teniendo en mente Salmos 34:8, prefiere describirse a sí mismo como un «Catador de la bondad de Dios y feliz promotor de ésta; para Su gloria y el beneficio [en Él] del creyente».

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