Acerquémonos confiadamente al trono.

Los gobernantes, sean presidentes o reyes, no son de fácil acceso para el pueblo. A menos que el presidente sea el que te visite o el que te mande una invitación para que tú lo visites –cosas que son muy raras–, tú no puedes visitar al presidente. Y en la antigüedad las cosas no eran diferentes. En Ester 4:11 leemos que había una ley que decía que cualquier hombre o mujer que entrara al patio interior para ver al rey, sin ser previamente invitado, moriría –a menos que el rey decidiera dejarlo con vida–.

Ahora, en Hebreos 4:16 dice: “Por tanto, acerquémonos con confianza al trono de la gracia para que recibamos misericordia, y hallemos gracia para la ayuda oportuna”. Debido a que en Jesús tenemos un gran sumo sacerdote que es capaz de simpatizar con (sentir con o sufrir con) nosotros en nuestras debilidades, acerquémonos confiadamente al trono de gracia. Todos los creyentes, todo el tiempo, tienen el privilegio de entrar a la misma presencia de Dios gracias al sacrificio de Jesús (Hebreos 10:19-22).

Cuando Ester se propuso ir a la presencia del rey con una solicitud, ella no lo hizo confiadamente, sino con dudas: “entraré a ver al rey, aunque no sea conforme a la ley; y si perezco, que perezca”. A nosotros, por el contrario, se nos llama a acercarnos confiadamente, convencidos de que no pereceremos a pesar de que somos pecadores y convencidos de que nuestra solicitud no será olvidada a pesar de que somos débiles. Es gracias a la obra de Jesús, el sumo sacerdote que simpatiza con nosotros, que el trono de Dios no es para nosotros un trono de condenación, sino un trono de gracia.

Todo aquel que se acerca a este trono confiando en Jesús alcanza misericordia. Cuenta una historia que una madre ya anciana rogaba a gritos a Napoleón Bonaparte por su hijo que había sido condenado a muerte. Ella rogaba y rogaba. Hasta que esos ruegos llegaron a Napoleón, quien decidió estudiar el caso. Pero, después de hacerlo, Napoleón le dijo a la madre: “mujer, las acciones de tu hijo no merecen misericordia”. A lo que la madre respondió: “Lo sé… Pero si mi hijo mereciera misericordia no sería misericordia lo que estuviera pidiendo”. ¡Eso es misericordia! No es exclusiva para los que la merecen, sino que es para quienes no la merecen.

Dios siempre responderá o tratará a los que se acercan a Su trono mucho mejor de lo que ellos merecen. Y si han cedido a la tentación y han pecado, todos sus pecados serán perdonados.

Todo aquel que se acerca a este trono confiando en Jesús hallará gracia para el oportuno socorro. Es decir, que en el momento cuando más lo necesitamos seremos socorridos o ayudados en nuestras tentaciones y en nuestras aflicciones terrenales.

¿Manifiesta tu vida de oración que crees todo esto? ¿Se demuestra en tu asistencia a los servicios de oración que crees todo esto? Refugiémonos en Dios a través de la oración antes que en los hombres o en nuestros recursos. Echemos toda nuestra carga sobre Dios en los servicios de oración en vez de quedarnos tratando de llevar nuestra carga por nosotros mismos.

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