Alguien dijo que en la Biblia no hay palabras de más, sino lectores apresurados. Estoy de acuerdo. Por ejemplo, una lectura apresurada de Éxodo 3 difícilmente nos permita gustar la inmensa bondad de Dios en las palabras que Él dirige a Su pueblo. El capítulo anterior, capítulo 2, termina diciendo que el pueblo de Israel gemía a causa su servidumbre en Egipto. Gemido que Dios escuchó, Dios tuvo en cuenta a Su pueblo.
Ya en el capítulo 3, Dios se le aparece a Moisés en una zarza ardiendo y le dice: “Ciertamente he visto la aflicción de mi pueblo que está en Egipto, y he escuchado su clamor a causa de sus capataces, pues estoy consciente de sus sufrimientos” (v. 7). Dios vio la aflicción, escuchó el clamor y estuvo consciente de los sufrimientos. Pero eso no era todo, había llegado el momento para actuar: “Y he descendido para librarlos de mano de los egipcios, y para sacarlos de aquella tierra a una tierra buena y espaciosa, a una tierra que mana leche y miel, al lugar de los cananeos, de los hititas, de los amorreos, de los ferezeos, de los heveos y de los jebuseos” (v. 8).
¿Notaste que Dios dice “ciertamente” en el versículo 7? Tal vez lo consideres como algo sin importancia, pero recuerda que no hay palabras de más en la Biblia. Y más adelante, en el versículo 16, nos encontramos otra vez con el “ciertamente”. Es como si Dios estuviera dejando claro que Él no era indiferente a los sufrimientos de Su pueblo. Es como si Dios se estuviera asegurando de que Su pueblo supiera eso.
¿Por qué eso es importante? Porque cuando pasamos por sufrimientos somos tentados a pensar que Dios nos ha abandonado. Pero Dios dice que no nos ha abandonado, que no es indiferente y que sin duda actuará para la gloria de Su nombre y el beneficio de los Suyos.
En la persona de Jesucristo, Dios ha visto la aflicción de Su pueblo y ha descendido para salvarlo del pecado por medio de Su vida, muerte y resurrección. Él es consciente de nuestros sufrimientos no meramente por Su omnisciencia, sino también porque Él los experimentó en carne propia. Y por eso Él nos entiende y se compadece de nosotros.