En la primera carta del apóstol Juan, él (inspirado por Dios) da un mandamiento que todo aquel que tiene vida eterna no solo leerá, sino que también obedecerá: amar. Específicamente, amar a los hermanos en la fe (1 Juan 2:7-11). Pero Juan no solo nos manda a amar, sino que nos reta a hacerlo de una manera práctica y genuina. Nos dice que debemos amar «de hecho y en verdad» (1 Juan 3:11-18).
Pero eso no es todo. Juan nos da una poderosa razón para amar:
Dios es amor
“Amados, amémonos unos a otros, porque el amor es de Dios, y todo el que ama es nacido de Dios y conoce a Dios. El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor. En esto se manifestó el amor de Dios en nosotros: en que Dios ha enviado a Su Hijo unigénito al mundo para que vivamos por medio de Él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó a nosotros y envió a Su Hijo como propiciación por nuestros pecados. Amados, si Dios así nos amó, también nosotros debemos amarnos unos a otros. A Dios nunca lo ha visto nadie. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y Su amor se perfecciona en nosotros” (1 Juan 4:7–12).
¿Por qué debemos amarnos? La respuesta es clara: «porque el amor es de Dios». En otras palabras, el amor viene de Dios. El amor no es un invento humano ni una emoción pasajera; su origen está en Dios mismo.
Por eso, Juan concluye que todo aquel que ama ha nacido de Dios y lo conoce. No se trata solo de saber que Dios existe, sino de tener una relación cercana con Él. Y lo contrario también es cierto: el que no ama, no ha conocido a Dios. Puede saber muchas cosas acerca de Dios, pero no lo ha conocido realmente.
En el versículo 8 leemos: «Dios es amor». Dios no es un canal por el cual pasan torrentes de amor, Él es el manantial o la fuente misma de donde brota el amor. Dios no sólo parece amante. Dios no sólo hace buenos actos. Dios no sólo siente amor. Amor es Su naturaleza, Su esencia, lo que Él es. Él no puede dejar de ser amor. Él no quiere dejar de ser amor. Él no necesita dejar de ser amor. Él se gloría en ser amor. Si Dios tuviera arterias, ellas estuvieran llenas de amor.
John MacArthur lo explica bien: «El amor es inherente a todo lo que Él es y hace. Aun su juicio y su ira están en armonía perfecta con su amor».
El amor de Dios por ti
¿Cómo podemos estar seguros del amor de Dios? ¿Cómo lo ha demostrado? ¿Es una vida sin problemas? ¿Un cuerpo saludable? ¿Una cuenta bancaria llena? No. Es algo mucho mejor. Examinemos brevemente el amor de Dios
Primero, ni tú ni yo amábamos a Dios. El que dice “yo siempre he amado a Dios” está mintiendo. La Biblia dice todo lo contrario: que éramos Sus enemigos (Ro. 5:10). Algunos maldecían a Dios en público, a otros no les importaba Dios.
Segundo, a diferencia de nosotros que naturalmente no amamos a los que no nos aman, Dios nos amó. Sí, Él amó a los que no lo amaban. Sí, Él amó a Sus enemigos. Sí, a los que lo maldecían. Sí, a los que no buscaban ni preguntaban por Él. A esos fueron a quienes Dios amó. Dios me amó a mí. Dios te amó a ti.
Tercero, Dios envió a Su Hijo unigénito a este mundo a causa de nosotros. No a un ángel, no a un hombre común y corriente. Él envió a Su Hijo. La palabra en griego significa el único en Su clase. No hay otro como El. Nadie se compara. Pero en vez de aferrarse más fuerte a Su Hijo, Dios nos dio.
Cuarto, Su Hijo no vino solamente como un guía o un ejemplo de amor; El vino a este mundo para ser la propiciación por nuestros pecados. Él vino a calmar la ira de Dios por medio del sacrificio de sí mismo. La furia de Dios se enciende no sólo cuando no le amamos a Él, sino también cuando no amamos a nuestros hermanos que tienen Su imagen en ellos. Pero el Hijo unigénito de Dios absorbió todo el fuego de la furia de Dios y murió para que tú y yo tengamos vida en todo el sentido de la palabra.
Oh alma mía, ¿por qué dudarías del amor de Dios por ti? Mira el regalo de Su Hijo y convéncete de su amor por ti. Si ya te dio lo más valioso, ¿qué más tiene Él que hacer para demostrarte que te ama?
¡Ama!
Juan dice que este amor de Dios debe motivarnos a amarnos unos a otros. Así que, te invito a dejarte motivar por este amor. Y cada vez que sientas que se te está acabando el tanque de amor, recárgalo yendo a la Palabra de Dios y meditando en Su gran amor por ti.
Que Su amor te haga soltar tus armas. Que Su amor se imponga sobre todos los argumentos que puedas tener para no amar a tu hermano. Si dices “parece que no me ama”, recuerda que tú no amabas a Dios. ¿Qué pasaría si Dios amara solo a los que lo aman? Si dices “me ofendió”; recuerda que tú también pecaste contra Dios, pero Él te llevó al arrepentimiento y te perdonó. ¿No puedes hacer tú lo mismo con tu hermano? ¿Acaso es Su ofensa más seria que la tuya? ¿O eres tú más importante que Dios y por eso no puedes amar a quien Dios sí amó?