El pasado domingo se celebró la final de la Copa Mundial de Fútbol 2026, en la que España se coronó campeona del mundo tras derrotar a Argentina por 1-0. Sin embargo, hubo un incidente ocurrido el 11 de julio que no quisiera pasar por alto.
Se trataba del partido de cuartos de final entre Suiza y Argentina. En el minuto 72, con el marcador empatado 1-1, el delantero suizo Breel Embolo cayó dentro del área rival tras disputar el balón con el defensor argentino Leandro Paredes. El árbitro principal señaló penal a favor de Suiza y mostró una tarjeta amarilla a Paredes.
Pero la historia no terminó allí. Tras revisar la jugada en el VAR, los árbitros concluyeron que no había existido contacto físico y que Embolo se había dejado caer deliberadamente. En otras palabras, había simulado una falta para provocar una decisión favorable.
Como resultado, la amonestación a Paredes fue anulada y, en su lugar, Embolo recibió una tarjeta amarilla por simulación. Debido a que ya había sido amonestado previamente en ese partido, recibió una tarjeta roja, quedando expulsado del encuentro.
Aunque muchos consideran la simulación como algo normal dentro del fútbol, la Regla 12 de la International Football Association Board (IFAB) la clasifica como una conducta antideportiva y establece que debe ser sancionada con tarjeta amarilla. Después de todo, la simulación, conocida popularmente como piscinazo, no es más que el intento de engañar al árbitro fingiendo una falta.
Al final del día, la simulación es una mentira.
La normalización de la mentira
Así como la simulación es vista por muchos como algo normal dentro del fútbol, también la mentira es considerada por muchos como algo normal en el mundo en que vivimos.
Los estudiantes dicen cosas como:
- “No dejaron tarea”, cuando sí hay tareas.
- “Se me quedó el cuaderno en casa”, cuando en realidad no hiciste la tarea.
Y los trabajadores dicen cosas como:
- “Nivel avanzado” en algo que apenas dominas.
- “Estoy enfermo”, cuando simplemente no quieres ir al trabajo.
- “Había mucho tráfico”, cuando en realidad saliste tarde.
- “Estoy trabajando en eso”, cuando en verdad estás perdiendo el tiempo.
También decimos:
- “Estoy llegando”, cuando aún estás en casa.
- “No vi tu mensaje”, cuando no querías responder.
- “No fui yo”, cuando sí lo hiciste.
- “Después te pago”, cuando no tienes intención de hacerlo.
- “No tengo dinero”, cuando sí lo tienes, pero no quieres gastarlo en eso.
Incluso respondemos al pastor:
- “Todo bien, gracias a Dios”, cuando en realidad no es así.
El hecho de que algo se haya vuelto común o socialmente aceptado no significa que haya dejado de ser pecado, ni mucho menos que sea un pecado menos grave.
La penalización de la mentira
En el penúltimo capítulo de la Biblia, Apocalipsis 21, se nos presenta un glorioso retrato del cielo: un lugar físico donde Dios morará con Su pueblo para siempre; un lugar sin lágrimas, sin muerte y sin dolor. ¿A quién no le gustaría estar allí?
Sin embargo, la misma Escritura deja claro que el cielo no es para todo el mundo. Es la morada santa de Dios, y Él no abre las puertas de su casa a cualquiera. Si le preguntáramos a las personas quiénes no entrarán al cielo, probablemente mencionarían a los homicidas, los dictadores, los adictos, o tal vez a los que engañan a su cónyuge.
El texto bíblico nos da una lista de personas que no van al cielo: los impuros, los idólatras, los incrédulos, los abominables, los asesinos, los que cometen inmoralidades sexuales, los que practican artes mágicas. Pero la lista no termina ahí. También se menciona a los mentirosos.
En el versículo 27 se afirma que los mentirosos no entrarán al cielo: “Jamás entrará en ella nada inmundo, ni el que practica abominación y mentira, sino solo aquellos cuyos nombres están escritos en el libro de la vida del Cordero”. Y en el versículo 8 se declara que el lugar al que los mentirosos irán es el infierno: “Pero los cobardes, incrédulos, abominables, asesinos, inmorales, hechiceros, idólatras, y todos los mentirosos tendrán su herencia en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda»”.
Los mentirosos que no se arrepienten —y que no han sido perdonados por la sangre de Cristo— se irán al infierno. Mentir de forma ininterrumpida, una práctica que no caracteriza a los salvados por Jesús, llevará a muchas personas al lago de fuego y azufre. Esa no es una tarjeta amarilla, es la tarjeta roja. La tarjeta roja a la que ningún mentiroso escapará. La tarjeta roja que te expulsa de la bendita presencia de Dios para siempre.
Conclusión
No juegues con la mentira. ¡Abandónala! Arrepiéntete de todos tus pecados, incluyendo cada una de tus mentiras, y clama confiadamente a Dios para que, por la sangre que Jesucristo derramó en la cruz, te perdone y te salve para caminar de ahora en adelante en la verdad. Y así será.
Dios no miente. Y debemos entender que Él no solo es fiel en Sus promesas, sino también en Sus advertencias. En otras palabras: Dios cumple lo que promete, pero también cumple lo que advierte.