Un enemigo en casa.

“Al pensar en el ‘corazón’”, dice Joshua Harris, “nos vienen a la mente simpáticos recortes de color rojo del día de los enamorados. Pero si a menudo examináramos nuestro corazón con honestidad, encontraríamos mentiras, egoísmo, lujuria, envidia y orgullo. ¡Y esa es la lista abreviada! El efecto sería similar a encontrar la foto de tu dulce abuelita en la lista de los diez criminales más buscados del país”1. Las últimas palabras de Harris son graciosas, pero la descripción que él hace del corazón es real y lamentable.

Es la misma Palabra de Dios la que nos habla del corazón de esa manera, por ejemplo, Jeremías 17:9 dice: “Más engañoso que todo, es el corazón, y sin remedio; ¿quién lo comprenderá?”. Nótese que este versículo no sólo dice que el corazón es sin remedio o extremadamente perverso, sino también que es engañoso. Es pertinente recordar que no se está hablando de algo fuera de nosotros. Más bien, se está hablando tanto de tu corazón como del mío. Este corazón que la Palabra de Dios describe como engañoso y perverso está dentro de ti, te acompañará a donde quiera que vayas; eres tú mismo –no el órgano que bombea sangre–. Sabe que hay un enemigo en casa.

Y como si todo esto fuera poco se agrega que el corazón es engañoso «más… que todo». No hay nadie ni nada más engañoso que tu propio corazón. Esto es confirmado por la pregunta que leemos al final del versículo: “¿quién lo comprenderá?”. ¡Qué terrible descripción del corazón! Hay muchos que no aceptan que su corazón sea engañoso y perverso por una simple razón: su corazón los está engañando. El corazón engaña al orgulloso cuando lo convence de que lo que está haciendo es sólo dar a conocer sus habilidades; el corazón engaña a la chismosa cuando la convence de que lo que está haciendo es sólo compartir información; el corazón engaña al fornicario cuando lo convence de que lo que está haciendo es incrementar sus conocimientos del cuerpo humano; el corazón engaña a la mentirosa cuando la convence de que lo que está haciendo es no decir toda la verdad.

El creyente ahora no es inmune al engaño y a la perversidad del corazón, Kris Lundgaard dice acertadamente: “Aunque el creyente tiene un corazón nuevo (Ezequiel 36:26), una mente nueva –que es la mente de Cristo (Romanos 7:25; 8:26; 1 Cor. 2:16), y deseos nuevos por las cosas de Dios (Ro. 7:18; 2 Cor. 5:2; Heb. 13:18). Sin embargo, la obra de Dios en este corazón renovado no ha concluido (1 Juan 3:2). La mente no puede ver tan claramente como lo hará después (1 Cor. 13:9,12), los deseo pueden enredarse (Gál. 2:11-13), y la voluntad no puede hacer la voluntad de Dios plenamente (Gál. 5:17)”2.

Ahora, se le da una respuesta a la pregunta hecha en la última parte del versículo 9 (¿quién lo comprenderá?), esta respuesta se encuentra en el versículo 10: “Yo, el SEÑOR, escudriño el corazón, pruebo los pensamientos, para dar a cada uno según sus caminos, según el fruto de sus obras”. Dios es el único que no puede ser engañado por nuestro corazón. Dios es el único que conoce hasta los lugares más recónditos de nuestro corazón. Dios es el único remedio para nuestro engañoso y perverso corazón (Ez. 36:26). Y los creyentes tenemos la siguiente seguridad: “que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Cristo Jesús” (Flp. 1:6).

EXHORTACIÓN FINAL

  • Ora a Aquel que no puede ser engañado por tu corazón; pídele que te salve de ti mismo, que corrija lo malo en ti y te instruya en el camino de Su voluntad. Oremos como el salmista: “Escudríñame, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis inquietudes. Y ve si hay en mí camino malo, y guíame en el camino eterno” (Salmos 139:23,24).
  • Sé guiado, en todo lugar y en todo tiempo, no por emociones cambiantes o por razonamientos carnales –que surgen del corazón–, sino sé guiado por la verdad eterna, absoluta y santa de Dios: la Biblia. Sea ésta tu criterio, tu regla de fe y práctica.

1 Joshua Harris. Le dije adiós a las citas amorosas (Miami, Fl.: Editorial Unilit, 1999), p. 145

2 Kris Lundgaard. El enemigo que llevamos dentro (Santo Domingo, Rep. Dom.: Editorial Eternidad, 2003), p. 30

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