Digno de nuestro mayor afecto.

Los hijos aman a sus padres por encima de muchas otras personas y cosas en este mundo. Los padres aman a sus hijos por encima de muchas otras personas y cosas en este mundo. Por lo tanto, cuando Jesucristo dice que «el que ama al padre o a la madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama al hijo o a la hija más que a mí, no es digno de mí» (Mt. 10:37), Él está diciendo que debe ser amado más que todo1. Jesucristo debe ser el objeto principal de nuestro amor. Él debe estar sentado en el trono de nuestro corazón, siempre.

Ahora, si somos sinceros, tenemos que confesar con tristeza que hemos pecado al no amar a Jesucristo de esa manera. Este pecado se manifiesta, por ejemplo, cuando preferimos desobedecer a Jesucristo antes que entrar en conflicto con las personas2. Corramos ahora mismo a Él con arrepentimiento y fe, pues en Él está la gracia que nos perdona y nos capacita.

El llamamiento “ámenme sobre todo” no es el llamamiento de uno que se estima exageradamente ni de uno que está en necesidad de ser amado. Más bien, es el llamamiento de Aquel que sabe quién es y sabe qué es lo mejor para nosotros. John Piper, en su libro What Jesus Demands from the World, dice:

“[“Dignos” de Jesús] no significa que merecemos a Jesús, como en la frase “el obrero es digno de su salario” (Lucas 10:7, traducción literal). Significa que Jesús merece esta clase de amor. Nuestra dignidad significa que Él ha producido en nosotros afectos y comportamientos que son adecuados y aptos para su dignidad. Ellos corresponden propiamente a su valor. (Compara el uso de la palabra “digno” en la frase, “den frutos dignos de [esto es, adecuados] arrepentimiento”,  Lucas 3:8, traducción literal)”.

Jesucristo es Dios mismo en esencia (Mt. 10:37; cf. Mc. 12:30): Todas las cosas fueron hechas por medio de Él, «y sin El nada de lo que ha sido hecho, fue hecho» (Jn. 1:3); Él es quien «sostiene todas las cosas por la palabra de su poder» (Heb. 1:3); pero también, Él es quien «amó a la iglesia y se dio a sí mismo por ella» (Ef. 5:25). Así que, es justo y provechoso para nosotros amar a Jesucristo sobre todo. Él es el único que nunca nos decepcionará y Él es el único a quien nunca amaremos demasiado ya que Su valor es infinito.


1 Amar al Señor sobre todo no nos hace dejar de amar a otras personas, más bien nos hace amar a otras personas correctamente.

2 “Lo que nuestro Señor requiere de nosotros aquí es especialmente riguroso y apela a la conciencia. Pero es sabio y necesario…  A veces ocurre que el mayor obstáculo en el camino de la conciencia que ha sido despertada es la oposición de parientes y amigos. Los padres impíos no pueden soportar ver que sus hijos “adoptan nuevas ideas” religiosas. A las madres mundanas les molesta ver que sus hijas no desean participar de las diversiones del mundo. Frecuentemente tienen lugar diferencias de opinión tan pronto como la gracia entra en una familia. Y después llega el momento de que el verdadero cristiano recuerde el espíritu de las palabras de nuestro Señor en este pasaje. Debe estar dispuesto a ofender a su familia antes que ofender a Cristo” (J. C. Ryle).

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