Tu empleo es un campo misionero.

Chico caminando

Una vez apliqué para trabajar en una organización cristiana que trabajaba en comunidades pobres, supliendo sus necesidades físicas y predicando el evangelio de Jesucristo. No fui contratado debido a que en ese entonces no tenía algo que se necesitaba para la posición a la cual aplicaba. Unos cuantos años después, me topé con el director de la organización, quien me preguntó si estaba trabajando. Yo le respondí que sí, que era maestro en una escuela. La siguiente cosa que él me dijo me dejó marcado. Esto fue lo que él me dijo: “¡Qué buen campo misionero!”.

Esa respuesta me marcó porque generalmente vemos a África o a Asia como campos misioneros, pero muy pocas veces vemos nuestros empleos como campos misioneros. ¿Será que Dios espera que seamos testigos de Jesucristo en todo lugar excepto en nuestros empleos?

QUÉ NO QUIERO DECIR

Antes de continuar quiero dejar claro dos cosas:

Primero, estoy consciente de que no todos los empleos presentan las mismas oportunidades para testificar de Jesucristo. Yo soy un maestro en una escuela que ha dado a conocer su creencia en Dios públicamente. Y en este país no está prohibido compartir tu fe públicamente. Este artículo no quiere decir que todos tienen esa misma libertad.

Segundo, el llamamiento aquí no es a pasarte las ocho horas de tu trabajo predicando y descuidando las responsabilidades por las que te están pagando para que realices. Jonathan Edwards dijo una vez: “‘¡Ah, qué bueno’, dijo un día la persona, ‘es trabajar para Dios durante el día y por las noches dormir bajo su sonrisa’. Las experiencias y afectos religiosos de esta persona no han sido atendidos con una disposición a ser negligente ante las tareas necesarias de su ocupación secular, para pasar tiempo leyendo y orando, y para realizar toda otra acción devocional; por el contrario, el trabajo secular se ha cumplido con toda celeridad como parte del servicio a Dios”.

TESTIFICANDO EN TU EMPLEO

¿Qué tal tú? ¿Habías visto tu empleo (seas vendedor ambulante o presidente ejecutivo de una grande empresa) como un campo misionero? Si no, entonces te invito a que comiences a verlo así. He aquí tres maneras de ser testigo de Jesucristo en tu empleo:

Predica el evangelio de Jesucristo: ora a Dios por oportunidades y valor para predicar el evangelio. En Juan 4 se relata como una mujer samaritana fue a sacar agua al poso de Jacob. Allí ella se topó con Jesús, quien ofreció darle el agua que brota para vida eterna. Y en Hechos 17 se relata como los atenienses habían construido un altar “AL DIOS DESCONOCIDO”. Al ver eso, Pablo aprovechó para anunciarles sobre el Dios creador de todo, quien no necesita de nadie y que manda a todos a que se arrepientan. Así que, está atento a las oportunidades que Dios traerá y aprovéchalas.

Adorna el evangelio: es muy probable que no puedas predicar a Jesucristo por ocho horas, pero sí puedes trabajar con excelencia, eficiencia, integridad, por ocho horas. Trabajar de esa manera hará que el evangelio de Jesucristo sea adornado. Cuando tus compañeros que no saben que eres cristiano vean la excelencia con la que trabajas tanto al frente como a espaldas de tu jefe y te pregunten qué hay de diferente en ti, ese es un buen momento para decirles que eres cristiano. Cuando tus compañeros que ya saben que eres cristiano vean la excelencia de tu trabajo, ellos no van a hablar mal del evangelio y probablemente no presentarán obstáculos para escucharte hablar de Jesucristo. Y cuando tus compañeros que ya son cristianos vean la excelencia de tu trabajo, tú estarás siendo un modelo a ellos de cómo un cristiano debe trabajar. Tito 2:9 y 10 dice: “Exhorta a los siervos a que se sujeten a sus amos en todo, que sean complacientes, no contradiciendo, no defraudando, sino mostrando toda buena fe, para que adornen la doctrina de Dios nuestro Salvador en todo respecto”.

Haz amigos: crea buenas relaciones en las cuales busques sinceramente el bien de tus compañeros. Que tu interacción con tus compañeros no sea solamente en horas de trabajo y para cosas de trabajo. Haz amigos, almuerza con ellos, invítalos a cenar a tu casa, invítalos a lugares (invítalos a la iglesia). Y, entonces, predícales el evangelio de Jesucristo. No lo olvides: no puedes decir que amas a tus amigos y quieres lo mejor para ellos si no les predicas el evangelio de Jesucristo.

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