Cielo – Dios = Tragedia.

Hace ya varios Sábados que un grupo de jóvenes y yo hemos estado estudiando el libro No desperdicie su vida, escrito por John Piper. En el día de ayer estudiábamos la primera parte del capítulo 3, allí hay un párrafo que llamó mi atención y me hizo reflexionar –lo citaré para que lo consideres detenidamente:

“Quizá no estemos seguros acerca de querer que nuestra vida se destaque. Quizá no nos importe mucho si logramos distinguirnos por algo grandioso. Solo queremos que la gente nos quiera. Nos sentimos satisfechos si a las personas les gusta estar con nosotros. O si tenemos un buen empleo, una buena esposa, o esposo, buenos hijos y un lindo automóvil, largos fines de semana, unos pocos buenos amigos, una buena jubilación, una muerte rápida y sin sufrimiento y nada de infierno. Si pudiéramos tener todo eso (aun sin Dios), nos sentiríamos satisfechos. Esta es una tragedia en potencia. Una vida desperdiciada” (p. 43).

Preguntaba, durante el estudio, tanto a mí mismo como a los demás: ¿Es eso cierto? ¿Pienso yo que estaría satisfecho si pudiera tener todo eso, pero sin Dios? Si agregáramos el dinero a la descripción, eso sería para muchos como “un cielo sin Dios”. ¿Escogería yo “un cielo sin Dios”? Esas son preguntas que también tú, amigo lector, deberías hacerte a ti mismo.

Dos pasajes bíblicos vienen a mí mente en este momento:

“¿A quién tengo yo en los cielos, sino a ti? Y fuera de ti, nada deseo en la tierra” (Salmo 73:25).

“Aunque la higuera no eche brotes, ni haya fruto en las viñas; aunque falte el producto del olivo, y los campos no produzcan alimento; aunque falten las ovejas del aprisco, y no haya vacas en los establos, con todo yo me alegraré en el SEÑOR, me regocijaré en el Dios de mi salvación” (Habacuc 3:17,18).

En el primero, el salmista Asaf expresó que Dios es lo que él más anhela, desea, tanto en el cielo como en la tierra. “¿A quién tengo yo en los cielos…?” –preguntó Asaf. ¿La ciudad de oro y el mar semejante al cristal? No, a Dios. Si al salmista le ofreciéramos popularidad sin Dios, un buen empleo sin Dios, un buen automóvil sin Dios, dinero sin Dios; él respondería: “fuera de [Dios], nada deseo en la tierra”. En el segundo pasaje bíblico, el profeta Habacuc expresó que él se regocijaría en Dios, aun en medio de una difícil situación económica. Si al profeta le preguntáramos: ¿Qué pasaría si vienen muchos sufrimientos a tu vida y la de tu familia? ¿Qué pasaría si pierdes tu empleo? ¿Qué pasaría si te quedas sin dinero? La respuesta del profeta sería: “con todo yo me alegraré en el SEÑOR, me regocijaré en el Dios de mi salvación”.

Teniendo en cuenta la descripción que vimos al principio, leemos una de las preguntas de estudio del libro: ¿Cuál parte de esa descripción te parece una tragedia? Respuesta: “sin Dios”. Tener todas esas cosas sin Dios es una tragedia. Alguien dijo: “Oh mi Salvador Jesucristo, eres todo el cielo que anhelo. Un cielo sin ti, es un infierno; un infierno contigo, es el cielo”. Rutherford dijo algo similar: “El cielo y Cristo son la misma cosa”. Oramos: “Oh Dios, danos un corazón que ame, desee, anhele y halle satisfacción en ti –por encima de todo lo demás. Amén“.

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