Pasamos por aflicciones, pero moramos en gloria.

Túnel oscuro

En el Salmo 23, uno de los capítulos más conocidos de toda la Biblia, David comienza diciendo que su pastor (el Señor) lo hace descansar en lugares de verdes pastos y lo conduce junto a aguas de reposo. Pero, al mismo tiempo, David reconoce que en esta tierra no todo será descanso y reposo.

En la primera parte del versículo 4, el salmista dice: “Aunque pase por el valle de sombra de muerte”. “Los valles son… lugares de peligro. Los animales salvajes acechan. Tormentas repentinas pueden barrer todo en él. Puede haber inundaciones. Debido a que el sol no brilla muy bien en el valle, hay realmente sombras que en cualquier momento pueden convertirse en sobras de muerte” (James Montgomery Boice). Sin embargo, nótese que el salmista dice que él está de paso por este valle –él no permanecerá allí–. El valle de densa oscuridad no es su destino final.

En la última parte del versículo 6, el salmista dice lo siguiente: “en la casa del Señor moraré por largos días”. La casa del Señor es el lugar en donde la presencia especial de Dios está. ¿Y qué se puede esperar en dónde la presencia especial de Dios está? Una comunión íntima con Dios, el despliegue de Su hermosura (Sal. 27:4), y satisfacción como ninguna cosa creada puede dar (Sal. 65:4). A diferencia del valle de sombra de muerte –del cual el salmista dice que está de paso–, nótese que el salmista dice que morará en la casa del Señor. La casa del Señor es en donde él permanecerá toda su vida.

¿Qué significa todo eso para el cristiano? Si Dios es tu pastor, entonces tú pasas por aflicciones, pero morarás en la gloriosa presencia de Dios. Tu destino final no son las aflicciones, sino la gloriosa presencia de Dios. En comparación con una eternidad contemplando la hermosura de Dios y siendo satisfecho con Su bondad, las aflicciones de tu vida son momentáneas y ligeras.

Jesucristo Basta.

Vídeo

LETRA

Nuestros corazones insaciables son
hasta que conocen a su salvador.
Tal y como somos nos amó,
Hoy nos acercamos sin temor.

[CORO]
Él es el agua que al beber
Nunca más tendremos sed
//Jesucristo basta //

Mi castigo recibió
Y su herencia me entregó
//Jesucristo basta //

Fuimos alcanzados por su gran amor,
con brazos abiertos nos recibe hoy.
Tal y como somos nos amó,
Hoy nos acercamos sin temor.

Él es el agua que al beber
Nunca más tendremos sed
//Jesucristo basta //

Mi castigo recibió
Y su herencia me entregó
//Jesucristo basta //

Ahora hay un futuro y esperanza fiel.
En su amor confiamos, hay descanso en Él.

¡Sé mi salvador o muero!

Dos de las cosas imprescindibles para sustentar nuestra vida física son la comida y el agua –sin éstas, morimos–. Pero Jesucristo es mucho más imprescindible tanto para nuestro cuerpo físico como también para nuestra alma. Jesucristo no es meramente agua, Él es el agua viva. Jesucristo no es meramente pan, Él es el pan de la vida.

En Juan 6 Jesucristo no tan solo se presenta a sí mismo como el agua viva y el pan de la vida, sino que también nos invita a comer Su carne y a beber Su sangre: “Jesús les dijo: Yo soy el pan de la vida; el que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí nunca tendrá sed” (v. 35). Ahora, comer Su carne y beber Su sangre no es en sentido literal; como vemos claramente en el versículo anterior, comer Su sangre y beber Su sangre se refiere a ir a Jesucristo para recibir lo que Él prometió, se refiere a creer en quien Jesucristo es.

Una vez hemos dado la espalda al pecado y hemos venido confiadamente a Jesucristo, Él satisface nuestra alma de tal manera que ésta nunca más tendrá hambre o sed. Y no solamente eso, sino que también Él sustentará nuestra vida física para siempre al resucitar nuestros cuerpos en el día final: “Y esta es la voluntad del que me envió: que de todo lo que El me ha dado yo no pierda nada, sino que lo resucite en el día final” (v. 39). Nada ni nadie más puede sernos de tanto provecho (Jer. 2:11) o brindarnos un gozo completo y para siempre (Sal. 16:11).

Cielo – Dios = Tragedia.

Hace ya varios Sábados que un grupo de jóvenes y yo hemos estado estudiando el libro No desperdicie su vida, escrito por John Piper. En el día de ayer estudiábamos la primera parte del capítulo 3, allí hay un párrafo que llamó mi atención y me hizo reflexionar –lo citaré para que lo consideres detenidamente:

“Quizá no estemos seguros acerca de querer que nuestra vida se destaque. Quizá no nos importe mucho si logramos distinguirnos por algo grandioso. Solo queremos que la gente nos quiera. Nos sentimos satisfechos si a las personas les gusta estar con nosotros. O si tenemos un buen empleo, una buena esposa, o esposo, buenos hijos y un lindo automóvil, largos fines de semana, unos pocos buenos amigos, una buena jubilación, una muerte rápida y sin sufrimiento y nada de infierno. Si pudiéramos tener todo eso (aun sin Dios), nos sentiríamos satisfechos. Esta es una tragedia en potencia. Una vida desperdiciada” (p. 43).

Preguntaba, durante el estudio, tanto a mí mismo como a los demás: ¿Es eso cierto? ¿Pienso yo que estaría satisfecho si pudiera tener todo eso, pero sin Dios? Si agregáramos el dinero a la descripción, eso sería para muchos como “un cielo sin Dios”. ¿Escogería yo “un cielo sin Dios”? Esas son preguntas que también tú, amigo lector, deberías hacerte a ti mismo. Sigue leyendo