Me era difĂcil conciliar el sueño cuando me acostaba pensando acerca de la eternidad. Y es que yo, que vivo en el tiempo, no podĂa imaginar un estado sin tiempo o una clase de tiempo que dura para siempre. Sin embargo, confieso que eso no era lo que más me preocupaba, sino pensamientos que venĂan a mi mente tales como: “¿QuĂ© si despuĂ©s de nueve trillones de años Dios se cansa de mĂ, dice que no debiĂł haberme salvado y me destruye? ÂżO quĂ© si despuĂ©s de siete trillones de años yo soy el que me aparto en rebeldĂa contra Dios?”. Pero, en esos momentos hablaba a mĂ alma con varios pasajes de la Palabra de Dios y he aquĂ uno de los pasajes bĂblicos más contundentes para mĂ:
“HarĂ© con ellos un pacto eterno, por el que no me apartarĂ© de ellos, para hacerles bien, e infundirĂ© mi temor en sus corazones para que no se aparten de mĂ” (Jer. 32:40).
En este versĂculo se comienza hablando de un pacto, el nuevo pacto, y es descrito como eterno. Es decir que este pacto va más allá del aquĂ y el ahora, se extiende más allá de cincuenta o cien años, es eterno. En este pacto, el Dios que es fiel a Su Palabra, que nunca ha dejado de cumplir Sus promesas, el Dios que compromete Su gloria, Su nombre, a sĂ mismo, promete dos cosas.
Lo primero que Dios promete es: “no me apartarĂ© de ellos, para hacerles bien”. Dios nunca se apartará de los Suyos, nunca se arrepentirá de salvarlos, nunca se volverá atrás de hacerles bien; más bien Él se alegrará al hacerles bien (vers. 41), hará del hacerles bien Su gozo. Y despuĂ©s de nueve trillones de años, Su alegrĂa en los Suyos al hacerles el bien no habrá disminuido ni un poco, ni pensamiento alguno de volverse atrás pasará por Su mente.
Lo segundo que Dios promete es: “infundirĂ© mi temor en sus corazones para que no se aparten de mĂ”. Dios dice que pondrá Su temor dentro los Suyos con el propĂłsito de que ellos nunca se parten de Él –dicho de otra manera, con el propĂłsito de que ellos no dejen de recibir la bendiciĂłn de estar en la presencia de Dios–. Al parecer yo pensaba, aunque no lo expresara con palabras, poder permanecer cincuenta o cien años, pero siete trillones de años… no lo sabĂa. Pero lo cierto es que, como nos enseña este pasaje bĂblico y otros pasajes más, en Ăşltima instancia yo persevero no por mi resoluciĂłn, sino por la resoluciĂłn de Dios de preservarme; en Ăşltima instancia el poder que me hace perseverar no es el mĂo, sino el de Dios. Por tanto, tĂş, yo y el resto de los Suyos podemos estar seguros de que el poder que nos hace perseverar hoy es el mismo que nos mantendrá firmes aun despuĂ©s de siete trillones de años. ¡Aleluya!