Algo mĆ”s emocionante que expulsar demonios.

En Lucas 10 se relata que, despuĆ©s de enviar a los doce apóstoles a proclamar el reino de Dios y a sanar a los enfermos, JesĆŗs designó a setenta hombres con una misión similar: ellos tenĆ­an que ir –delante de JesĆŗs– a toda ciudad y lugar a predicar y sanar. El versĆ­culo 9 lo dice claramente: ā€œsanen a los enfermos que haya en ella, y dĆ­ganles: ā€˜Se ha acercado a ustedes el reino de Diosā€™ā€.

Pasado un tiempo –que tal vez fue breve–, los setenta regresaron con gozo por todo lo que habĆ­a sucedido en su misión. Y ellos mencionaron especĆ­ficamente lo siguiente: ā€œSeƱor, hasta los demonios se nos sujetan en Tu nombreā€ (v. 17).

Estos setenta discĆ­pulos debieron sorprenderse al ver que no sólo predicaban y sanaban, sino que tambiĆ©n expulsaban demonios –un poder que se les habĆ­a dado a los doce apóstoles anteriormente–. Antes de la primera venida de JesĆŗs, la Biblia no registra casos de hombres expulsando demonios. AsĆ­ que, el hecho de que ellos pudieran hacer eso en nombre de JesĆŗs debió ser muy emocionante para ellos.

JesĆŗs les dijo que ā€œveĆ­a a SatanĆ”s caer del cielo como un rayoā€ (v. 18), diciĆ©ndoles asĆ­ a Sus discĆ­pulos que tanto SatanĆ”s como sus demonios estaban derrotados. Y eso, como dice Hendriksen, ā€œno sólo era una referencia a este acontecimiento en particular, a saber, el Ć©xito de los setenta y dos, sino mĆ”s bien a todos los acontecimientos similares que hubieron de ocurrir mĆ”s tarde. En otras palabras, JesĆŗs veĆ­a el triunfo de estos setenta y dos como algo sintomĆ”tico de las muchĆ­simas otras victorias sobre SatanĆ”s a travĆ©s del curso de la nueva dispensación, triunfos logrados a travĆ©s de la obra de miles de otros misionerosā€.

JesĆŗs tambiĆ©n le dijo a los setenta: ā€œMiren, les he dado autoridad para pisotear sobre serpientes y escorpiones, y sobre todo el poder del enemigo, y nada les harĆ” daƱoā€ (v. 19). Tanto este versĆ­culo como los anteriores dejan claro que los setenta hicieron lo que hicieron porque JesĆŗs les concedió ese poder o autoridad.

Por Ćŗltimo, JesĆŗs agregó: ā€œSin embargo, no se regocijen en esto, de que los espĆ­ritus se les sometan, sino regocĆ­jense de que sus nombres estĆ”n escritos en los cielosā€ (v. 20). Los setenta fueron a JesĆŗs con gozo diciĆ©ndole que los demonios se sujetaban y JesĆŗs les responde que no se regocijen por eso.

Ahora, Jesús no era un aguafiestas. Lo que Jesús estaba haciendo aquí era redirigiendo el gozo de ellos a donde debería estar: que sus nombres estaban escritos en los cielos. Y no sólo los nombres de los setenta estÔn escritos en el cielo, sino también de todos aquellos que se han arrepentido sinceramente de todos sus pecados y han puesto toda su fe en Jesús como suficiente Salvador.

Tener autoridad para someter a los demonios y hacer milagros es muy emocionante. Pero recordemos que en el dĆ­a final muchos profesarĆ”n haber hecho esas cosas y JesĆŗs les dirĆ”: ā€œJamĆ”s los conocĆ­; apĆ”rtense de MĆ­ā€ (Mat. 7:23). Pero aquellos cuyos nombres estĆ”n escritos en los cielos –o en el libro de la vida del Cordero– vivirĆ”n en un cielo nuevo y una tierra nueva, entrarĆ”n a la gran ciudad santa de JerusalĆ©n (Ap. 21). Y disfrutarĆ”n de una comunión ininterrumpida con JesĆŗs para siempre.

Yo no hablo en lenguas. No hago milagros. No echo fuera demonios. Pero soy salvo. Y eso es mÔs que suficiente para yo regocijarme. Si tú eres como yo, Jesús nos invita a alegrarnos de que nuestros nombres estén escritos en los cielos. Esa es la maravilla mÔs grande de todas.