“Todos los caminos del ser humano son limpios a sus ojos, pero las intenciones las juzga el Señor” (Proverbios 16:2. NVI).
La primera parte de este versículo parece indicar que la tendencia natural del ser humano no es tener una percepción demasiado baja de sí mismo, sino demasiado alta. Esto contradice la idea popular de muchos psicólogos. Fijémonos en que el texto dice “a sus [propios] ojos”, es decir, según su propia percepción. ¿Percepción de qué? De sus “caminos”, que en este contexto se refiere a sus acciones.
¿Cómo suele percibir el ser humano sus acciones? Como limpias, puras y buenas; y no solo algunas, sino todas. Creo que por eso, aun cuando hacemos lo malo, buscamos justificarlo (“tuve que hacerlo porque…”), minimizarlo (“no es para tanto”) o culpar a otros (“lo hice por culpa de él o de ella…”).
Creo que esa misma tendencia explica por qué muchas personas reconocen, en teoría, que son pecadoras, pero no sienten verdadero dolor por su pecado ni consideran necesario cambiar de rumbo.
Las intenciones del corazón
La segunda parte del versículo introduce un contraste marcado con la palabra “pero”. Es como si el proverbista estuviera diciendo: al final del día, no importa tanto cómo te ves a ti mismo ni cómo evalúas tus acciones; lo que realmente importa es cómo Dios te ve a ti y a tus obras.
Todos compareceremos algún día delante de Dios para ser juzgados por Él. Y, sin importar los argumentos o justificaciones que presentemos, Dios tendrá la última palabra. La sentencia final viene de Él.
La palabra que la Biblia NVI traduce como “juzga” significa literalmente “pesa”. Podemos decir lo que queramos acerca del valor o del peso de nuestras acciones delante de Dios, pero al final Él las tomará, las pondrá en la balanza y determinará cuál es su verdadero peso. Y Su balanza no está manipulada: no añade peso de más ni quita peso de menos. Su juicio es perfectamente justo.
Ahora bien, el contraste más interesante del versículo es este: mientras el ser humano considera que sus propios caminos son buenos, Dios pesa y examina las intenciones del corazón. El juicio de Dios no es superficial —limitado al nivel de las acciones—, sino profundo, porque alcanza el nivel de las motivaciones.
Dios no solo ve que ayudaste a un indigente en la calle; también examina por qué lo ayudaste. ¿Lo hiciste para glorificar a Dios? ¿Por una compasión genuina hacia esa persona? ¿O para recibir la aprobación y el aplauso de los demás?
Dios no se detiene en nuestras “buenas obras”; Él cava más profundo hasta descubrir la motivación que hay detrás de ellas. Y precisamente eso es lo que hace que Su juicio sea tan perfecto, preciso y justo.
Las últimas palabras de este proverbio también liberan una gran carga en nuestras relaciones interpersonales. Si “las intenciones las juzga el Señor” —y ciertamente así es—, entonces debemos dejar de actuar como si fuéramos Dios y dejar de asumir que conocemos las motivaciones del corazón ajeno.
Tal vez piensas que alguien no te saludó por algo que le dijiste la semana pasada, cuando en realidad simplemente no te vio. Cuando tengas dudas sobre por qué una persona hizo algo —o por qué dejó de hacerlo—, no asumas; pregúntale.
Si dedicáramos más tiempo a examinar nuestras propias motivaciones, en lugar de intentar descifrar las de los demás, y lo hiciéramos con la honestidad que produce el Espíritu de Dios, llegaríamos a una conclusión incómoda pero necesaria: no todos nuestros caminos son limpios.
Y esto no solo sería evidente por nuestras malas acciones, sino también por aquellas “buenas obras” que nacen de motivaciones incorrectas, motivaciones que no están aprobadas por la Palabra de Dios.
Necesitamos a Jesús
Y es precisamente por eso que necesitamos con urgencia a Jesús. Como dijo George Lawson: “Las acciones más espléndidas y las apariencias más brillantes de virtud, sin pureza de corazón, nos harán, a Sus ojos, como un sepulcro blanqueado: hermosos por fuera, pero por dentro llenos de podredumbre y huesos de muertos”.
Necesitamos Su perdón por todas las veces que hemos hecho cosas aparentemente buenas, pero impulsadas por motivaciones pecaminosas. Necesitamos también Su obra santificadora, para que nuestro corazón sea transformado y produzca motivaciones santas y agradables delante de Él.
La buena noticia es que ambas cosas forman parte de la salvación que Jesucristo compró con el precio de Su sangre y que ahora ofrece gratuitamente a todo aquel que viene a Él con fe y arrepentimiento.