“Castillo fuerte”: el himno.

Castillo fuerte es nuestro Dios,
defensa y buen escudo;
Con su poder nos librará
en este trance agudo.
Con furia y con afán
acósanos Satán;
Por armas deja ver
astucia y gran poder;
Cual él no hay en la tierra.

Nuestro valor es nada aquí,
con él todo es perdido;
Mas por nosotros pugnará
de Dios el Escogido.
Es nuestro Rey Jesús,
el que venció en la cruz,
Señor y Salvador,
y siendo él solo Dios,
Él triunfa en la batalla.

Aunque estén demonios mil
prontos a devorarnos,
No temeremos, porque Dios
sabrá cómo ampararnos.
Que muestre su vigor
Satán, y su furor;
Dañarnos no podrá,
pues condenado es ya
Por la Palabra Santa.

Esa palabra del Señor,
que el mundo no apetece,
Por el Espíritu de Dios
muy firme permanece.
Nos pueden despojar
de bienes y hogar,
El cuerpo destruir,
mas siempre ha de existir
De Dios el Reino eterno.

Letra y música: Martín Lutero, 1529, trad. Juan B. Cabrera, 1886.

1ra parte; 2da parte; 3ra parte

 

De lo profundo clamo a ti.

Martín Lutero, conocido como aquel quien inspiró la Reforma Protestante, escribió varios himnos; uno de sus himnos más conocidos o quizá su himno más conocido es “Castillo fuerte” (basado en el Salmo 46). Hoy quiero compartirles otro de sus himnos, basado en el Salmo 130, el cual se titula “De lo profundo clamo a ti” –interpretado por Alabanzaré:

LETRA

De lo profundo clamo a ti,
escúchame clemente;
Tu corazón inclina a mí
y muéstrate indulgente.
Porque si empiezas a mirar
mis culpas todas e impiedad,

¿Cómo he de responderte?
(¿Cómo he de responderte?)
¿Cómo he de responderte?
(¿Cómo he de responderte?)

Delante de tu santidad
es mala nuestra vida,
y nuestra culpabilidad
aumenta cada día.
Las obras nuestras vanas son;
Tu gracia sola da el perdón,

¡Oh, ten misericordia!
(¡Oh, ten misericordia!)
¡Oh, ten misericordia!
(¡Oh, ten misericordia!) Continúa leyendo De lo profundo clamo a ti.

¡Pecador, el evangelio es para ti!

Jesús estaba junto al lago de Genesaret, según Lucas 5, y por causa de la multitud que se agolpaba sobre Él para oír la palabra de Dios, tuvo que entrar en una de las barcas que estaban allí y separarse de tierra un poco. Desde la barca, enseñaba a las multitudes. La barca en la cual Jesús entró le pertenecía a Simón (posteriormente llamado Pedro), un pescador que había trabajado toda la noche sin conseguir pescar nada. Después de terminar de hablar a la multitud, Jesús mandó a Simón: “Sal a la parte más profunda y echad vuestras redes para pescar” (v. 4). Lo cual resultó en una pesca milagrosa según los versículos 6 y 7. Después de esto vemos a Simón, quien había estado junto a Jesús en la barca, ahora estaba de rodillas ante Jesús; Simón, quien llamaba “maestro” a Jesús, ahora llamándole “Señor”, mientras reconoce su pecaminosidad: “Al ver esto, Simón Pedro cayó a los pies de Jesús, diciendo: ¡Apártate de mí, Señor, pues soy hombre pecador!” (v. 8).

Yo te pregunto: ¿Has visto tú también tus pecados y lo que eres (un pecador)? ¿Reconoces que eres y te sientes indigno de que el Señor Jesús esté cerca de ti? Si tu respuesta es afirmativa, entonces tengo buenas noticias para ti. Algunos versículos más adelante, en el mismo capítulo 5 del evangelio según Lucas, los fariseos y sus escribas se quejaban con los discípulos de Jesús, con la siguiente pregunta: “¿Por qué coméis y bebéis con los recaudadores de impuestos y con los pecadores?” (v. 30); a lo que Jesús respondió: “Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los que están enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento” (v. 31, 32). Sí, es cierto que un pecador no merece el favor de Dios, no merece la salvación –y nunca debemos olvidar eso–, pero no es menos cierto que a estos fue a quienes Jesús vino a llamar al arrepentimiento, a dar perdón (Hch. 5:31), a acercarse para salvar. Esa es la gloria de su gracia que ha de ser alabada por toda la eternidad. Esta es la buena noticia: Jesús vino a llamar al arrepentimiento a, vino para dar perdón a, vino a acercarse para salvar a personas como tú (pecadoras). ¡Pecador, el evangelio es para ti!

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Las 5 solas de la Reforma Protestante.

  1. Sola Scriptura (Sola Escritura). Solo la Biblia, la palabra inspirada de Dios, es la autoridad final para todos los asuntos de la fe y la práctica. Ésta es clara, inerrante, infalible y también la norma por la cual toda doctrina eclesiástica o enseñanza cristiana ha de ser medida.
    Isaías 8:20; Marcos 7:6-8; Hechos 17:11; 2 Timoteo 3:16,17; Apocalipsis 22:18,19.
  2. Solus Christus (Solo Cristo). Solo Cristo Jesús es el mediador entre Dios y los hombres. Su obra perfecta –vida sin pecado, expiación vicaria en la cruz y resurrección– es suficiente para nuestra salvación y por medio de ninguna otra persona hay salvación.
    Juan 14:6; Hechos 4:12; 2 Corintios 5:21Colosenses 1:13-18; 1 Timoteo 2:5.
  3. Sola Gratia (Sola gracia). Solo por la gracia de Dios, favor inmerecido en Cristo, el pecador es salvado del pecado, de la ira de divina y bendecido con toda bendición espiritual; no por algún mérito en él, sino por la pura bondad de Dios.
    Romanos 4:4,5; Efesios 1:6; 2:8,9; 2 Timoteo 1:9,10; Tito 3:5-7.
  4. Sola Fide (Sola fe). Solo por medio de la fe en Jesucristo se recibe la justificación (ser declarados justos en base a la obra de Jesucristo) que proviene de Dios. Sin embargo, esta fe no está muerta, sino que resulta en un andar en aquellas buenas obras que Dios preparó de antemano.
    Romanos 1:17; 3:25; 5:1,2; Gálatas 3:5-8; Efesios 2:8-10.
  5. Soli Deo Gloria (Solo a Dios la gloria). Solo Dios merece la gloria, por Su soberanía en todos los aspectos de la vida del cristiano, particularmente en la salvación (la cual procede de y ha sido lograda por El). Debido a que Dios ha hecho todo para Su gloria, hemos de vivir ante Su presencia, bajo Su autoridad y solo para Él.
    Isaías 43:7; Romanos 11:36; 1 Corintios 10:31; Efesios 1:6; 1 Pedro 4:11.