A propósito del Clásico Mundial de Béisbol.

Me encanta el béisbol. Si por “fanático” imaginas a alguien que discute acaloradamente para defender a su equipo o justificar una jugada, entonces quizá no encaje en esa definición. Pero, con el debido respeto a los amantes del baloncesto, para mí no hay un deporte más emocionante que el béisbol.

Disfrutaba jugarlo en las calles donde crecí, y todavía disfruto ver tanto los partidos nacionales como los de las Grandes Ligas. Sin embargo, pocas veces recuerdo haber sentido tanta emoción como la que experimento al ver este Clásico Mundial de Béisbol 2026.

Tal vez sea porque el equipo está bajo la dirección de Albert Pujols. O quizá porque en la alineación tenemos jugadores extraordinarios: Manny Machado, quien superó la barrera de los 350 jonrones de por vida en 2024–25; Juan Soto, poseedor del contrato más grande en la historia de los deportes de equipo; Fernando Tatis Jr., ganador del Guante de Platino; y Vladimir Guerrero Jr., quien conectó ocho jonrones en octubre de 2025.

La semana pasada estaba leyendo el libro Clama a mí del pastor Miguel Núñez y, coincidencialmente —o mejor dicho, providencialmente—, me encontré con una sección que, aunque no habla de algo ocurrido en el béisbol en este 2026, creo que sigue siendo muy relevante:

“A medida que crece mi interés por conocer a Cristo, disminuye mi interés por lo que el mundo promueve a través de las redes sociales, la televisión y otros medios. Es sorprendente observar la pasión que despertó en tantos fanáticos del béisbol que Albert Pujols, un reconocido beisbolista dominicano, alcanzara los 700 jonrones, mientras que muchos muestran apatía ante los innumerables «jonrones espirituales» que Dios ha realizado desde que habló y toda la creación llegó a existir. Para algunos, el logro deportivo de Pujols genera más entusiasmo que la misma resurrección de Cristo, y más emoción que la gloria venidera, la cual, lamentablemente, ocupa tan poco espacio en nuestros pensamientos. Tristemente, la oscuridad del mundo brilla más que la luz de Cristo en las mentes y corazones de muchos que se llaman cristianos” (pp. 165-166).

El pastor Miguel Núñez no está condenando el béisbol. Tampoco creo que esté condenando el entusiasmo y la emoción que este deporte puede producirnos. Lo que él advierte es el peligro de que Albert Pujols —o cualquier otro jugador— y el béisbol mismo, incluso el World Baseball Classic, despierten en nosotros más entusiasmo que Cristo y Su reino.

¿Cuál es la solución a este problema? No es necesariamente “bajarle dos” a nuestro entusiasmo por el juego. Aunque algunos definitivamente tienen que disminuirlo. Más bien, la verdadera solución es orar sin cesar para que Dios, por medio de Su Espíritu, nos permita ver cada vez más la gloria de Cristo que ya ha sido revelada en la Biblia. Concluyo este breve artículo con las siguientes palabras:

“Por esta razón, Pablo ora para que los creyentes tengan un conocimiento más profundo de Cristo. Él sabe que al conocer más a Cristo, crecerá un amor más intenso hacia Él, y este amor resultará en una obediencia más genuina. Además, un mayor conocimiento de Cristo producirá una pasión más ferviente por Su causa y Su reino, debilitando al mismo tiempo nuestros afectos por el reino de este mundo” (p. 165).

Núñez sobre “nuestros sacrificios y el sacrificio de Cristo”.

En la actualidad, los cristianos no ofrecemos sacrificios en templos como en el Antiguo Testamento. Sin embargo, se nos instruye a presentar nuestros cuerpos “como sacrificio vivo y santo, aceptable a Dios” (Ro 12:1). Tampoco tenemos sacerdotes intercediendo ante Dios por el pueblo, pues Dios ha hecho a todos los creyentes sacerdotes de Su reino (1 P 2:9). Así, el sacrificio que ofrecemos al Señor no consiste en un cordero sin mancha, sino nuestras vidas postradas en adoración. Somos sacerdotes y sacrificio al mismo tiempo. Por ello, cuando no dedicamos a Dios lo mejor de nuestro tiempo, es el equivalente a ofrecer un cordero ciego ante Su altar. Al no poner lo mejor de nuestros dones y talentos al servicio de Dios, eso es como ofrecer un cordero cojo al Señor. Igualmente, cuando estamos dispuestos a sacrificar nuestras vidas a favor de nuestro trabajo secular, pero no a favor de nuestro Dios y ni siquiera a favor de nuestro cónyuge e hijos, eso es equivalente a presentar un cordero enfermo en la mesa del Señor.

La iglesia de Cristo es un sacerdocio real y la vida de cada creyente es el sacrificio que diariamente es ofrecido a nuestro Dios. Por ello, menospreciamos el nombre de nuestro Señor cuando decimos que Dios es nuestra prioridad, pero nuestras acciones no lo demuestran. Deshonramos a Dios cuando cantamos que Dios es todopoderoso, pero un simple virus nos amedrenta; cuando proclamamos que Dios es santo, pero no vivimos en santidad, ni siquiera durante una pandemia. También deshonramos a Dios cuando cantamos sobre Su fidelidad, pero dudamos de Su amor y gracia al ver que las cosas no marchan según nuestras expectativas. Menoscabamos a Dios cuando cantamos que Él merece toda la gloria, pero le damos las “sobras” de nuestro tiempo y vida. O cuando con nuestra boca decimos que Él es nuestro primer amor, pero nuestra conducta revela que tenemos múltiples amantes a quienes hemos dado el lugar que solo le pertenece a Dios.

De igual modo, si decimos que nuestro Dios lo merece todo, pero luego medimos meticulosamente el tiempo, esfuerzo y ofrenda que la damos, buscando el mínimo necesario para obtener su aprobación, es. tamos nuevamente menospreciando el valor de nuestro Dios. Lo triste de todo es que, si somos honestos, tendríamos que admitir que frecuentemente hemos sido reticentes en nuestras vidas de adoración al no ofrecerle lo mejor, ni hacerlo de la manera más adecuada. Sin embargo, recordemos que “Dios siempre evalúa al adorador antes de considerar su ofrenda”. Así lo hizo con Caín y Abel; por eso rechazó la ofrenda de Caín, pero recibió con agrado la de Abel.

[…]

Después de tantas malas nuevas que hemos leído a través de los profetas del Antiguo Testamento (refiriéndonos a Jeremías, Oseas, Habacuc y Malaquías), el propio Malaquías comienza a mostrarnos un rayo de esperanza: la venida de un mensajero que sería la solución a todos los problemas de la humanidad. Un mensajero fiel a la ley de Dios, a Sus propósitos y a Su palabra. Este mensajero ya vino y dio Su vida en la cruz. Allí, estuvo dispuesto a ser visto como pecador, siendo justo, para que nosotros, siendo pecadores, pudiéramos ser vistos como justos, tan rectos como si hubiéramos cumplido íntegramente la ley de Dios y así convertirnos en coherederos con el Hijo único de Dios.

Con Cristo, el mensajero, nuestra realidad se transforma. Sufrió lo indecible para que disfrutáramos lo inimaginable. Cristo descendió hasta lo más profundo –que podría ser descrito como el infierno– para que pudiéramos ascender a la gloria. Cristo cambió nuestro pecado por Su santidad; intercambió Su juicio por nuestra libertad; tomó nuestra vergüenza y nos dio Su honra. En la cruz, el más hermoso de los hijos de los hombres fue convertido en lo más repudiable entre nosotros. Cristo, el único que ha recibido la aprobación del Padre, en la cruz fue tratado como desechado para que nosotros, los desechados y reprobados, pudiéramos ser recibidos por Dios.


Este artículo es un extracto tomado de: Miguel Núñez. Volveos a mí (Estados Unidos de América: Editorial Vida, 2024), pp. 87-88, 125-126.