Niño con Biblia en mano

¿Cómo puedo ser bienaventurado? Santiago responde.

Santiago 1 nos dice: la Biblia es como un espejo. Y no uno meramente decorativo, sino uno para ser usado diariamente y, entonces, ser beneficiado por éste. No solo te mires, actúa en consecuencia a lo que veas. Pues, aparte de Jesucristo, ninguno de nosotros es tan hermoso que no necesite arreglarse.

“Pero el que mira atentamente a la ley perfecta, la ley de la libertad, y permanece en ella, no habiéndose vuelto un oidor olvidadizo sino un hacedor eficaz, este será bienaventurado en lo que hace” (Santiago 1:25).

En este versículo hay una progresión, ¿pueden verla? (1) mira atentamente, (2) permanece y (3) será bienaventurado. Y, como cuando estamos en una escalera, llegar al último escalón es la meta; pero, no es menos cierto, que cada escalón es importante.

LA PRESUPOSICIÓN

Primero, “mira atentamente”. Y eso presupone que ya nos hemos expuesto a la Palabra de Dios –sea leída o escuchada–. ¿Cómo voy a mirar atentamente a lo que no he puesto delante de mí?

J. I. Packer dijo: “si yo fuera el diablo, uno de mis primeros objetivos sería detener al rebaño de profundizar en la Biblia. Sabiendo que es la Palabra de Dios la cual enseña a los hombres a conocer y a amar y a servir al Dios de la Palabra, yo debería hacer todo lo que pueda para rodearla con fosas espirituales, espinas y trampas de hombres para así asustar a las personas… A toda costa debería impedir que usen sus mentes de una manera disciplinada para entender su mensaje”.

Personalmente pienso que una de las trampas del diablo más comunes en la que muchos caen es decir que van a leer la Biblia cuando tengan tiempo. ¿Cuál ha sido la experiencia de aquellos que leen la Biblia cuando tienen tiempo? En el mejor de los casos leen la Biblia dos o tres veces a la semana. Y en el peor de los casos nunca leen la Biblia porque nunca tienen tiempo.

La Biblia no se lee cuando se tiene tiempo, uno saca tiempo para leer la Biblia –y si es a la misma hora todos los días, mucho mejor–. Y si tienes que sacar algo de tu agenda para poner la lectura de la Biblia allí, ¡hazlo!; porque la Biblia es más importante.

LA MEDITACIÓN Y LA PRÁCTICA

Pero no solamente es leer la Biblia, es “mira(r) atentamente” a ésta. Y mirar atentamente es lo opuesto a ser un oidor olvidadizo. Literalmente significa “inclinarse para mirar de cerca algo”. Es la misma mirada de los discípulos cuando fueron a la tumba de Jesús a ver si el cuerpo estaba allí. Ésta no es una mirada rápida y desinteresada, sino una mirada con interés. No es una mirada accidental, sino intencional.

El problema de algunos no es que no leen la Biblia, sino que la olvidan. ¿A cuántos de nosotros nos ha pasado que un par de minutos después de leer la Biblia no recordamos lo que acabamos de leer? El problema aquí fue que no hubo un “mirar atentamente” o en otras palabras, que es lo mismo, no hubo meditación.

Creo que es necesario aclarar que la meditación no es adoptar una postura de yoga y comenzar a hacer ruidos por la garganta. La meditación a la cual me refiero es dirigir el pensamiento, reflexionar con atención y detenimiento, constantemente en lo que leímos en la Palabra.

Y cuando al meditar en la Biblia veas tu pecado, corre a Jesucristo para perdón. Cuando veas algo que tengas que cambiar, corre a Jesucristo para ayuda. Cuando veas algo bueno en ti, corre a Jesucristo para agradecer (aparte de Él, nada bueno puedes hacer).

David dice en el Salmo 1: “[Bienaventurado es el hombre] que en la ley del Señor está su deleite y en Su ley medita de día y de noche” (v. 2). El pastor puritano Thomas Watson dijo: “la razón por la cual venimos tan fríos después de leer la Palabra es porque no nos calentamos a nosotros mismos en el fuego de la meditación”. Y el príncipe de los predicadores, Charles Spurgeon dijo: “Obtenemos más de la meditación que de la audición. Debemos rumiar, igual que el ganado, si queremos obtener nutrimento del alimento espiritual; pero pocos hacen esto”.

¿Qué tan importante es la meditación? “Muy importante”, nos respondería Santiago, “porque si no meditas, vas a olvidar. Si olvidas, no vas a poder obedecer”. La meditación nos guarda de convertirnos en “oidores olvidadizos” que consecuentemente se convierten en “no-hacedores de la Palabra”.

Segundo, “permanece”. Y el autor nos da una manera en la que no se permanece –siendo oidor olvidadizo– y una manera en la que sí se persevera –siendo hacedor de la obra–. Es decir, que a este segundo paso podríamos llamarle “perseverar al practicar”. Y ese es el llamamiento que se ha venido haciendo desde el versículo 22.

EL RESULTADO

Tercero, “será bienaventurado en lo que hace”. Esta es la promesa que Dios hace a aquellos que leen la Biblia; pero no sólo a los que la leen, sino también a los que meditan en ella. Pero no sólo a los que meditan en ella, sino también a los que la obedecen.

Dios no necesita que tú leas, medites y obedezcas la Biblia; tú eres quien lo necesita. Por lo tanto, cuando no lo haces, sabe que tú eres el que pierdes. Pierdes esta bienaventuranza, esta dicha, esta bendición. Una bendición que es, si me permiten usar la expresión, “digna de envidiar”.

“Nuestra obediencia no gana la bendición de Dios, porque Sus bendiciones son siempre por gracia. De hecho, algunas veces Dios nos bendice aun en y a pesar de nuestra desobediencia. Pero sabemos que no podemos esperar la bendición de Dios aparte de la obediencia” (Donald Whitney). Las siguientes palabras de Jesús, dicha a Sus discípulos, parecen confirman lo dicho anteriormente: “Si saben esto, serán felices si lo practican” (Jn. 13:17).

Publicado por

Misael Susaña

Misael Susaña nació en República Dominicana, fue salvado a la edad de trece años y actualmente es uno de los pastores de Iglesia Fundamento Bíblico. Es también maestro de Inglés. Estudió Teología Sistemática en la Academia de la Gracia (Reformed Baptist Seminary) y ha participado en varios diplomados. Desde el 2008, ha publicado regularmente artículos bíblicos en su blog (gustadaDios.com). Misael, teniendo en mente Salmos 34:8, prefiere describirse a sí mismo como un «Catador de la bondad de Dios y feliz promotor de ésta; para Su gloria y el beneficio [en Él] del creyente».

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