
El segundo mandamiento más importante, amar al prĂłjimo como a sĂ mismo, no fue un mandamiento nuevo que JesĂşs dio en el Nuevo Testamento. Mas bien, JesĂşs citĂł este mandamiento del Antiguo Testamento. LevĂtico 19:18 dice lo siguiente:
“No te vengarás, ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo, sino que amarás a tu prójimo como a ti mismo; yo soy el Señor”.
Nótese que “amarás a tu prójimo como a ti mismo” es contrastado con “no te vengarás, ni guardarás rencor”. La venganza y el guardar rencor no pueden existir junto al amor al prójimo –pues se excluyen mutuamente–.
No estamos amando a nuestro prĂłjimo como a nosotros mismos cuando nos vengamos de Ă©l, cuando le hacemos un daño debido a una ofensa que cometiĂł. Ahora, podemos no hacerle daño externamente y aun asĂ no estar amándolo como a nosotros mismos. No estamos amando a nuestro prĂłjimo como a nosotros mismos cuando le guardamos rencor, cuando mantenemos internamente con ira la ofensa del otro en nuestro corazĂłn. El versĂculo termina con la firma de Dios –“yo soy el Señor”–, lo cual indica bajo quĂ© autoridad está tal mandamiento –no la de MoisĂ©s, sino la de Dios mismo–.
ÂżQuiĂ©n de nosotros puede decir que nunca se ha vengado ni ha guardado rencor contra su prĂłjimo? ÂżQuiĂ©n de nosotros puede decir que siempre ha amado a su prĂłjimo como a sĂ mismo? ¡Nadie está libre de pecado! Pero Jesucristo siempre obedeciĂł los mandamientos de Dios y, sin embargo, muriĂł en la cruz; para asĂ regalar el perdĂłn de pecados y el ser tratados como si siempre se hubiera amado al prĂłjimo a todo aquel que confĂa en Él como Salvador. Ahora podemos amar a nuestro prĂłjimo como a nosotros mismos a pesar de sus ofensas, porque Dios nos amĂł y nos salvĂł en Jesucristo a pesar de nuestros pecados.