El amor es un afecto que se manifiesta con acciones. Y Jesucristo debe ser amado sobre todo y todos, porque Él lo merece.
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Evangelismo 101: palabras finales.
La Biblia dice que «la salvación es del Señor» (Jonás 2:9), Él es quien concede «el arrepentimiento que conduce a la vida» (Hch. 11:18) y la fe «es don de Dios» (Ef. 2:8). Eso nos debe llevar a confesar que nosotros no podemos salvar a nadie y, por lo tanto, debemos orar para que Dios salve a muchos. Ahora, no es menos cierto que Dios salva a los que creen únicamente «mediante la necedad de la predicación» (1 Co. 1:21). Es decir, no podemos esperar que Dios salve a muchos si no les predicamos el evangelio. No es orar o predicar, es orar y predicar.
La Biblia dice que dos son mejores que uno: “Más valen dos que uno solo, pues tienen mejor remuneración por su trabajo” (Ec. 4:9). Y en el evangelismo no hay una excepción: cuando Jesús envió a los setenta a predicar, Él «los envió de dos en dos delante de El». Continuar leyendo Evangelismo 101: palabras finales.
Venganza, rencor y amor.

El segundo mandamiento más importante, amar al prĂłjimo como a sĂ mismo, no fue un mandamiento nuevo que JesĂşs dio en el Nuevo Testamento. Mas bien, JesĂşs citĂł este mandamiento del Antiguo Testamento. LevĂtico 19:18 dice lo siguiente:
“No te vengarás, ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo, sino que amarás a tu prójimo como a ti mismo; yo soy el Señor”.
Nótese que “amarás a tu prójimo como a ti mismo” es contrastado con “no te vengarás, ni guardarás rencor”. La venganza y el guardar rencor no pueden existir junto al amor al prójimo –pues se excluyen mutuamente–.
No estamos amando a nuestro prĂłjimo como a nosotros mismos cuando nos vengamos de Ă©l, cuando le hacemos un daño debido a una ofensa que cometiĂł. Ahora, podemos no hacerle daño externamente y aun asĂ no estar amándolo como a nosotros mismos. No estamos amando a nuestro prĂłjimo como a nosotros mismos cuando le guardamos rencor, cuando mantenemos internamente con ira la ofensa del otro en nuestro corazĂłn. El versĂculo termina con la firma de Dios –“yo soy el Señor”–, lo cual indica bajo quĂ© autoridad está tal mandamiento –no la de MoisĂ©s, sino la de Dios mismo–.
ÂżQuiĂ©n de nosotros puede decir que nunca se ha vengado ni ha guardado rencor contra su prĂłjimo? ÂżQuiĂ©n de nosotros puede decir que siempre ha amado a su prĂłjimo como a sĂ mismo? ¡Nadie está libre de pecado! Pero Jesucristo siempre obedeciĂł los mandamientos de Dios y, sin embargo, muriĂł en la cruz; para asĂ regalar el perdĂłn de pecados y el ser tratados como si siempre se hubiera amado al prĂłjimo a todo aquel que confĂa en Él como Salvador. Ahora podemos amar a nuestro prĂłjimo como a nosotros mismos a pesar de sus ofensas, porque Dios nos amĂł y nos salvĂł en Jesucristo a pesar de nuestros pecados.
La bondad de Dios ilustrada.
En 2 Samuel 9 se relata la bondad de David hacia Mefiboset; bondad que todos los cristianos debemos mostrar hacia aquellos que la necesitan a nuestro alrededor –aunque no la merezcan–. Ahora, no es menos cierto que lo que David hizo aquĂ no fue nada más que reflejar una bondad que Dios mismo habĂa tenido hacia Ă©l. Dicho en palabras del Salmo 34:8, David habĂa gustado y ahora estaba proclamando cuán bueno es Dios. Es por eso que David describe esta bondad que Ă©l iba a mostrar como «la bondad de Dios» (v. 3).
Primero, vemos en este pasaje la iniciativa del rey. No fueron ni los siervos de David, ni el siervo de la casa de Saúl ni Mefiboset quien le pidió a David que mostrara tal bondad. Más bien, fue el rey David quien tuvo la iniciativa de mostrar bondad aunque él no estaba en la obligación de hacerlo. Asimismo, Dios fue quien tuvo la iniciativa, desde la eternidad, de mostrar Su bondad hacia nosotros (aunque Él no nos necesita).
Segundo, vemos en este pasaje como el rey trae a Mefiboset ante su presencia. Debido a una caĂda cuando era niño (2 Sam. 4:4), Mefiboset estaba lisiado de ambos pies. Si no le era imposible, a Mefiboset le era sumamente difĂcil ir a donde el rey. Es debido a eso que David no mandĂł a decirle que venga, sino que «mandĂł traerlo». Asimismo, debido a nuestro pecado, ninguno de nosotros quiere ni puede ir a Dios de manera natural, Dios es quien nos atrae a Jesucristo en Su gracia (Jn. 6:44). Continuar leyendo La bondad de Dios ilustrada.