En todo cristiano verdadero habita el Espíritu Santo de Dios. Éste (el Espíritu Santo) fue quien le hizo (al cristiano) nacer de nuevo y por Éste es que el cristiano: Anda en luz; confiesa sus pecados; oye y guarda la Palabra de Dios; ama a su hermano; no ama al mundo; confiesa a y cree en Jesús; permanece; hace justicia; se purifica a sí mismo; no practica el pecado y ama a Dios.
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La bondad de Dios; no dudes de ésta.
Una de las estrategias malignas que Satanás ha usado desde el principio, y que continúa usando, es hacernos dudar de nuestro bondadoso Dios. Pero, no hay razón por la cual dudar de nuestro bondadoso Dios: Su bondad se manifiesta en el sustento de toda Su creación (Sal. 145:9); Su bondad se manifiesta en Su obrar para nuestro bien –aun en nuestras lágrimas y dolores (Ro. 8:28); Su bondad se manifiesta al darnos a Su Hijo y junto con Él todas las cosas (Ro. 8:32). Según Romanos 5:7,8 no hay amor más grande que éste: Jesucristo (lo más preciado) muriendo por pecadores (completamente inmerecedores de Su favor); y Romanos 8:35-39 nos dice que nada nos separará de tan grande amor. Estemos confiados en Él.
En Lamentaciones 3, leemos como el profeta en medio de sus lamentos reconoce la bondad de Dios en el pasado, el presente y el futuro. Si miras atrás, te darás cuenta de que como dijo el profeta: “Que las misericordias del SEÑOR jamás terminan, pues nunca fallan sus bondades” (v. 22). Tu bondadoso Dios te creó y sustentó. Él te proveyó salud física cuando estabas enfermo, te proveyó salvación cuando estabas muerto en tus pecados. Mientras dormías, Su todopoderoso brazo te rodeó y te cuidó. Él ha cumplido las promesas que hizo. Si miras al presente, te darás cuenta que como dijo el profeta: “[Sus] misericordias son nuevas cada mañana; ¡grande es [Su] fidelidad!” (v. 23). Di a Dios: “Grande es tu fidelidad”. El sustento físico, el sustento espiritual, Su mano que te sostiene, la dispensación de Su perdón y el cumplimiento de Sus promesas no fueron bondades manifestadas solamente en el pasado; sino que Él aún sigue manifestándolas en el presente. El profeta dijo en el versículo 24: “El SEÑOR es mi porción –dice mi alma– por eso en El espero”. Espera en Jehová tu Dios porque es tu porción, tu herencia es Aquel que ha manifestado Su misericordia para contigo en el pasado y en el presente; ¿por qué dudar de la manifestación de Su bondad para contigo en el futuro? Además Él ha prometido: “No te desampararé, ni te dejaré” (Heb. 13:5).
Puede ser que por tu ignorancia a lo que pasará mañana o a las cosas secretas de Dios (Dt. 29:29) te preguntes si Dios manifestará Su bondad para contigo en el futuro. No dudes, sino sabe que Su promesa es certísima. Contempla la bondad de Dios para contigo en el pasado, en el presente y entonces di: “En Él esperaré” –lo cual es una confianza en que por la gracia de Dios en Jesucristo, así será. Como el salmista puedes decir: «Ciertamente el bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida» (Sal. 23:6a). ¿En quien está basada esta confianza? En el Dios cuyas misericordias nunca decayeron y cuya fidelidad es grande. Ese mismo Dios es descrito en Santiago 1:17 primero como la fuente de toda bendición (“Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende… del Padre de las luces”) y luego se le describe como el inmutable (“en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación”). ¿Por qué traer a nuestras mentes Su atributo de inmutabilidad y no el de omnisciencia u omnipotencia? Porque el autor (inspirado por Dios) quiere que entendamos que el Dios que manifestó Su bondad ayer, no cambia; por lo tanto, Él también manifestará Su bondad mañana.
Es cierto que no sabemos lo que pasará mañana y es cierto que no sabemos completamente lo que hay en la mente de Dios; pero algo sí sabemos, y es que nuestro Dios es bondadoso. Él ha prometido ser nuestro Ayudador y ha manifestado Su bondad en el pasado, la manifiesta en el presente y la manifestará en el futuro. ¡Amén!
NO al afán y ansiedad.

En Mateo 6:33 dice: “Pero buscad primero su reino y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas”. Este versículo nos recuerda cuál debe ser nuestra prioridad. Nota que el versículo dice: «buscad primero«; ¿qué buscaremos primero? el reino de Dios y Su justicia. Es una gran necedad afanarse por lo terrenal y temporal y descuidar lo celestial y eterno. Nuestra prioridad debe ser Dios, Su reino, Su justicia. Cuando quitamos del primer lugar en nuestras vidas a Dios, Su reino y Su justicia, actuamos como necios; nos afanamos por lo que vendrá como añadidura y descuidamos nuestra principal responsabilidad (obedecer a Dios). Cuando nos afanamos por la comida, la bebida, la ropa y descuidamos el reino de Dios y Su justicia, actuamos como necios pecadores. Charles Spurgeon dijo: «Cuando te angustias por tu suerte y por tus circunstancias, te estás entremetiendo en los asuntos de Cristo y estás descuidando los tuyos. Has estado procurando “proveerte” de trabajo, y has olvidado que lo que a ti te corresponde es obedecer. Sé sabio y procura obedecer, deja a Cristo el proveer». Dios cuida de toda Su creación y Su favor especial es para con todos Sus hijos. Esto es lo que Jesús nos enseña en Mateo 6:25-34. Nos da como ejemplo las aves del cielo, que aunque no trabajan, son alimentadas por Dios (v. 26); nos da como ejemplo los lirios del campo, que aunque tampoco trabajan, Dios los viste con gloria (vv. 28, 29); y Jesucristo preguntó repetidas veces: “¿Dios no hará mucho más por vosotros, hombres de poca fe?”. En vez de afanarte, preocúpate de cumplir tu deber principal (buscar el reino de Dios y Su justicia); sabiendo que las demás cosas vendrán, como el Señor dijo, por añadidura.
Algo parecido a lo dicho en Mateo 6:33 se nos enseña en Filipenses 4:6: “Por nada estéis afanosos; antes bien, en todo, mediante oración y súplica con acción de gracias, sean dadas a conocer vuestras peticiones delante de Dios”. En este pasaje bíblico Dios comienza llamándonos a no afanarnos. Lo que sí debemos hacer es dar a conocer a Dios nuestra peticiones por medio de la oración. De este pasaje bíblico aprendemos que muchas veces el afán y la ansiedad vienen a nosotros como resultado de una falta de oración y confianza en el Dios que controla todo. ¿Algo te preocupa en tu trabajo y estás siendo tentado a afanarte por eso? Dale a conocer a Dios tus peticiones; ¿Algo te preocupa en tu lugar de estudios y estás siendo tentado a afanarte por eso? Dale a conocer a Dios tus peticiones; ¿Algo te preocupa en tu hogar y estás siendo tentado a afanarte por eso? Dale a conocer a Dios tus peticiones. El versículo 7 (Filipenses 4) dice: “Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestras mentes en Cristo Jesús” (cf. Isaías 23:3). Medita en el Dios (tu Padre) que sustenta y controla toda Su creación; da a conocer a Él, quien tiene cuidado de ti (1 P. 5:7), tus peticiones y confía en Él. Así, Él será glorificado y tanto tú serás guardado en perfecta paz.
El disfrute de la salvación ilustrado.
En 2 Reyes 6:24 se relata que Samaria fue sitiada por Ben-adad, rey de Aram, y todo su ejercito; como consecuencia de eso, hubo gran hambre en Samaria (v. 25). Samaria no podía salvarse de esa situación a menos que Jehová la salvará, por eso el rey de Israel expresó las siguientes palabras a una mujer: “Si el SEÑOR no te ayuda, ¿de dónde te podré ayudar? ¿De la era o del lagar?” (v. 27).
Un mensajero, enviado por el rey de Israel, le preguntó a Eliseo –manifestando así su falta de confianza en Dios: “¿por qué he de esperar más en el SEÑOR?” (v. 33). Pero, palabras dignas de toda confianza expresó Jehová a través de Eliseo: “Oíd la palabra del SEÑOR. Así dice el SEÑOR: Mañana como a esta hora en la puerta de Samaria, una medida de flor de harina se venderá a un siclo, y dos medidas de cebada a un siclo” (2 R. 7:1). Jehová salvaría a Samaria. El relato bíblico nos dice que un príncipe sobre cuyo brazo el rey se apoyaba también desconfió de Dios, a lo que Eliseo respondió: “He aquí, tú lo verás con tus propios ojos, pero no comerás de ello” (2 R. 7:2).
Después, cuatro hombres leprosos, que habían entrado al campamento enemigo, se dieron cuenta de que «el Señor había hecho que el ejército de los arameos oyera estruendo de carros y ruido de caballos, el estruendo de un gran ejército… Por lo cual se levantaron y huyeron al anochecer, y abandonaron sus tiendas, sus caballos y sus asnos y el campamento tal como estaba, y huyeron para salvar sus vidas» (2 R. 7:6,7). Entonces, estos cuatro leprosos anunciaron a los porteros de la ciudad, y los porteros al rey, y el rey a sus siervos. Así el pueblo fue salvado «conforme a la palabra del SEÑOR»; y aquel príncipe sobre cuyo brazo el rey se apoyaba, estaba en la puerta de entrada cuando fue atropellado por el pueblo y murió «tal como había dicho el hombre de Dios» (2 R. 7:17). Continuar leyendo El disfrute de la salvación ilustrado.