Whitney sobre “Servicio motivado por gratitud”.

El profeta Samuel exhortaba al pueblo de Dios al servicio por medio de estas palabras: «Asegúrense de temer al Señor y de servirlo fielmente. Piensen en todas las cosas maravillosas que él ha hecho por ustedes» (1 Samuel 12:24). Cuando servir a Dios parece una carga, recordar «las cosas maravillosas que él ha hecho por ustedes» evapora el agobio.

¿Usted recuerda cómo es no conocer a Cristo, no tener a Dios ni esperanza? ¿Recuerda cómo se sentía ser culpable ante Dios y no tener perdón? ¿Recuerda el terror de saber que había ofendido a Dios y que su ira ardía contra usted? ¿Recuerda el horror de saber que solo un paso lo separaba del infierno? Ahora, ¿recuerda la experiencia de ver a Jesucristo con los ojos de la fe y de comprender por primera vez quién es él de verdad y qué ha hecho a través de su vida, su muerte y su resurrección? ¿Recuerda el gozo de la primera vez que fue consciente del perdón y de la liberación del juicio y el infierno? ¿Recuerda la primera vez que tuvo la incomparable percepción de la certeza del cielo y la vida eterna? Cuando el fuego del servicio a Dios disminuya, considere las cosas maravillosas que el Señor ha hecho por usted.

Dios no ha hecho nada más grande por nadie, ni podría hacer nada mayor por usted, que lo que ha hecho al acercarlo hacia él mismo. Imagínese si él pusiera diez millones de dólares en su cuenta bancaria cada mañana por el resto de su vida, pero no lo salvara. Imagínese que él le diera el cuerpo más agraciado y la cara más hermosa que haya existido jamás, un cuerpo que no envejeciera en mil años, pero que al morir, lo dejara fuera del cielo y lo enviara a vivir la eternidad en el infierno. ¿Qué cosa le ha dado Dios a alguien que pueda compararse con la salvación que le dio a usted como creyente? ¿No ve que Dios jamás podría hacer algo por usted u obsequiarle algo mayor que el regalo de entregarse a sí mismo? Si no podemos ser siervos agradecidos de Aquel quien es todo y en quien tenemos todo, ¿qué nos hará agradecidos?

Este artĂ­culo es un extracto tomado de: Donald Whitney. Disciplinas espirituales para la vida cristiana (Illinois, EE. UU.: Tyndale House Publishers, 2016), pp. 157-158.

Spurgeon sobre “Aquellos que critican la elecciĂłn”.

Hay quienes dicen: «Dios es cruel cuando elige a uno y pasa por alto a otro.» Entonces, yo les preguntaría: ¿Hay alguien el día de hoy que desea ser santo, que desea ser regenerado, que desea abandonar el pecado y caminar en santidad? «Sí, hay,» dice alguien, «Yo quiero.» Entonces Dios te ha elegido a ti. Sin embargo otro dice: «No; yo no quiero ser santo; no quiero dejar mis pasiones ni mis vicios.» ¿Por qué te quejas, entonces, de que Dios no te haya elegido a ti? Pues si hubieras sido elegido, no te gustaría, según lo estás confesando. Si Dios te hubiera elegido hoy a la santidad, tú dices que no te importa. ¿Acaso no estás reconociendo que prefieres la borrachera a la sobriedad, la deshonestidad a la honestidad?

Amas los placeres de este mundo más que la religiĂłn; Âżentonces, por quĂ© te quejas que Dios no te haya elegido para la religiĂłn? Si amas la religiĂłn, Él te ha elegido para la religiĂłn. Si la deseas, Él te ha elegido para ella. Si no la deseas, ÂżquĂ© derecho tienes de decir que Dios debiĂł haberte dado aquello que no deseas? Suponiendo que tuviera en mi mano algo que tĂş no valoras, y que yo dijera que se lo voy a dar a tal o cual persona, tĂş no tendrĂ­as ningĂşn derecho de quejarte de que no te lo estoy dando a ti. No podrĂ­as ser tan necio de quejarte porque alguien más ha obtenido aquello que a ti no te importa para nada. Continuar leyendo Spurgeon sobre “Aquellos que critican la elecciĂłn”.

Spurgeon sobre “El dĂ­a del juicio”.

La campana del tiempo ha tañido el Ăşltimo dĂ­a. Ahora viene el funeral de las almas condenadas. Tu cuerpo se acaba de levantar de la tumba, y te desatas la mortaja encerada, y miras hacia arriba. ÂżQuĂ© es lo que veo? ¡Oh!, ÂżquĂ© es lo que oigo? Oigo una explosiĂłn tremenda y terrible, que sacude los pilares del cielo, y hace que el firmamento se tambalee de espanto; la trompeta, la trompeta, la trompeta del arcángel sacude los Ăşltimos lĂ­mites de la creaciĂłn. Miras y quedas pasmado. SĂşbitamente se escucha una voz, y unos dan alaridos, y otros cantan himnos, Él viene, Él viene, Él viene; todo ojo le verá. AllĂ­ está; el trono descansa sobre una nube, blanca como el alabastro. AllĂ­ está sentado. «Es Él, el Hombre que muriĂł en el Calvario (veo Sus manos traspasadas), pero, ¡ah, cuán cambiado está! No tiene una corona de espinas. Estuvo ante el tribunal de Pilato, pero ahora la tierra entera debe estar ante Su tribunal. Pero ¡escuchen! La trompeta suena otra vez: el Juez abre el libro, hay un silencio en el cielo, un solemne silencio: el universo está quieto. «Junta a mis escogidos y a mis redimidos de los cuatro vientos del cielo.» Rápidamente son juntados. Y como el brillo de un relámpago, el ala de ángel divide a la multitud. AquĂ­ están los justos todos congregados; y, pecador, allá estás tĂş, a la izquierda, dejado fuera, entregado a soportar la sentencia ardiente de la ira eterna. ¡Escucha! Las arpas del cielo tocan dulces melodĂ­as; pero a ti no te traen ningĂşn gozo, mientras los ángeles están repitiendo la bienvenida del Salvador a Sus santos. «Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundaciĂłn del mundo.» Ustedes han tenido ese momento de respiro, y ahora Su rostro está acumulando nubes de ira, y el trueno está en Su frente; te mira a ti que le has despreciado, a ti que te burlaste de Su gracia, que despreciaste Su misericordia, a ti que quebrantaste Su dĂ­a de descanso, a ti que te mofaste de Su cruz, a ti que no aceptaste que reinara sobre ti; y con una voz más fuerte que diez mil truenos, Él clama: «Apartaos de mĂ­, malditos.» Y luego… no, no continuarĂ©. No hablarĂ© de las llamas inextinguibles. No voy a hablar de los padecimientos del cuerpo, ni de las torturas del espĂ­ritu. Pero el infierno es terrible; la condenaciĂłn es aflictiva. ¡Oh, escapa! ¡Escapa! ¡Escapa, para que, allĂ­ donde estás, no tengas que aprender tal vez quĂ© significan los horrores de la eternidad, en el golfo de la eterna perdiciĂłn!

Este artículo es un extracto tomado de: Charles Spurgeon. Un llamado a los inconversos. Traducción de Allan Román.