De no haber sido por tu amor, aún huiría de ti.

El apóstol Pablo, en Romanos 3:10-18, pronuncia una serie de malas noticia, dignas de que un diluvio de lágrimas fluyan de nuestros ojos. Entre esas malas noticias se encuentra la siguiente: “NO HAY QUIEN BUSQUE A DIOS” (v. 11b). Esas noticias son muy tristes porque, como dice una canción, todos corren hacía el infierno indiferentes al costo.

Muchos están tan afanados por el aquí y el ahora que no tienen tiempo para Dios. Otros buscan bendiciones materiales de Dios, pero no al Dios de las bendiciones. Y otros buscan a un dios que ellos mismos han creado a su imagen y semejanza. Romanos 3:11 es muy claro: nadie, absolutamente nadie, busca al único Dios verdadero –ni siquiera uno–. Esa es la condición de todo hombre.

“¡Pero, yo sé de algunos que están buscando sinceramente a Dios!” –alguien podría protestar–. Lo que me recuerda una anécdota que escuché una vez acerca de un indio que ve una aspiradora encendida y dice: “mira como el polvo camina hacia la aspiradora” –cuando en verdad es la aspiradora que atrae el polvo hacia sí–.

La buena noticia es que Dios no es como nosotros. Naturalmente no buscamos a los que no nos buscan. Naturalmente no procuramos la paz con nuestro enemigo –¡y mucho menos si fue él quien nos ofendió!–. Pero Dios en Su gracia, en Su bondad, envió a Su Hijo a salvarnos. Jesucristo vino, no tan solo a salvar como si ésta fuera el premio para aquellos que siempre han buscado a Dios. Jesucristo vino a buscar a aquellos que no buscaban a Dios y a salvarlos: “porque el Hijo del Hombre ha venido a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Lc. 19:10).

Si hoy somos salvos, fue porque Él nos salvó. Si hoy le buscamos sinceramente, fue porque Él nos buscó primero. Si hoy le amamos, fue porque Él nos amó primero.

Pobres en extremo, ricos en generosidad.

Misael Susaña comparte cuál es la condición del corazón y la manera apropiada de ofrendar a Dios o dar a nuestros hermanos en necesidad, al considerar el ejemplo de las iglesias de Macedonia y el ejemplo supremo de Jesucristo.

► ESCUCHAR | ▼ DESCARGAR

Predica el evangelio… con palabras.

El evangelio son las buenas noticias de que por la vida, muerte y resurrección de Jesucristo hay salvación para todo pecador que se arrepiente y confía en Él como Salvador y Señor. Hablando en el sentido estricto del término (“evangelio” significa buenas noticias), nosotros no vivimos el evangelio, nosotros anunciamos el evangelio. La Biblia no habla de vivir el evangelio, sino de testificarlo, anunciarlo, predicarlo.

Ince con megáfono¿Por qué esto es importante? Esto es importante porque nadie será salvo con tan solo mirar la buena conducta de los cristianos si el evangelio no es predicado con palabras. En Romanos 10:14 el apóstol Pablo hace las siguientes preguntas: “¿Cómo, pues, invocarán a aquel en quien no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique?”. En cierto sentido, el único que vivió el evangelio fue Jesucristo (Mc. 1:1). Todos los demás deben predicarlo con palabras.

Ahora, el evangelio de Jesucristo no son sólo noticias que informan nuestra mente; sino que «es el poder de Dios para la salvación de todo el que cree» (Ro. 1:16). Salvación no tan solo del castigo debido al pecado, sino también salvación del pecado mismo. El evangelio de Jesucristo son las buenas noticias con las que el Espíritu Santo transforma a los hombres (1 Ts. 1:5). La manera en la que vivimos sí es importante: una buena conducta como cristianos abre puertas para predicar el evangelio; una mala conducta como cristianos cierra puertas para predicar el evangelio.

En conclusión, predica el evangelio con palabras y adórnalo con una buena conducta (Ti. 2:5, 10). Nadie será salvo solamente mirando tu buena conducta, pero también es una contradicción predicar el evangelio con palabras y no vivir acorde a éste.