Autoridad.

LETRAS

La creación oyó
La voz de su creador
Del polvo vida Él sopló
Y al mundo forma dio.

Toda la oscuridad
Se fue al oír Su voz
La noche pronto se terminará
Tu luz la vencerá.

[CORO]
Sólo tu voz
Tiene toda la autoridad
Sólo mi Dios
Tiene toda la autoridad.

Mi lucha tuya es
Conoces el final
Te adoro porque todo alrededor
Se rinde ante tu voz.

[PUENTE]
El cielo triunfará
Cadenas caerán
Demonios huirán
Ante Su majestad.
Si Dios es por nosotros
¿Por qué voy a temer?
Nada podrá negarle
Su gloria y su poder.

Escrito por Steven Furtick, Chris Brown, Scott Ligertwood, Brooke Ligertwood. Traducido por Edgar Aguilar, Jariel Navarro, Evan Craft, Crystal Osorio, Abraham Osorio ©2020 Music by Elevation Worship Publishing, So Essential Tunes/Fellow Ships Music, Integrity Worship Music/Said And Done Music, SHOUT! Music Publishing Australia CCLI #: 7147497

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Meyer sobre “La esperanza de gloria”.

Pablo dice que Dios sujetó la creación a esclavitud y decadencia para que sirva a la esperanza. Lee esas palabras otra vez: “Porque la creación fue sometida a vanidad, no de su propia voluntad, sino por causa de aquel que la sometió, en la esperanza de que la creación misma será también liberada de la esclavitud de la corrupción a la libertad de la gloria de los hijos de Dios” (vv. 21, 22).

Nos estamos moviendo de la esclavitud a la libertad, del sufrimiento a la sanidad, del deterioro a la nueva creación. Lo incorrecto sirve a lo correcto al crear un fuerte anhelo por lo último. La Biblia describe nuestra vida presente como “entristecidos, mas siempre gozosos” (2 Co. 6:10), pero viene el día en el cual siempre estaremos gozosos y nunca entristecidos. ¿Cómo será eso? Ahora la creación está limitada, pero un día será liberada de su esclavitud.

[…]

Nuestra gloria futura en el cielo excederá infinitamente nuestras expectativas. La Biblia habla de nuestra gloria futura como algo que simplemente no puede ser anticipado completamente o comprendido de antemano. Esta vida va a decepcionar, pero la vida venidera excederá todas nuestras expectativas.

Como vimos al principio de este capítulo, nuestra experiencia en esta vida regularmente luce como esto:

Diagrama Realidad - Expectativa

La vida venidera pondrá de cabeza gloriosamente la decepción.

Diagrama Realidad - Expectativa (del cielo)

El mundo venidero es un lugar en donde la decepción es imposible. Piensa en esto: todas nuestras expectativas son finitas, pero Dios es infinito. Será imposible para seres finitos decepcionarse con el mundo que un ser infinito de puro amor, perfecta sabiduría, y todo poder ha preparado para nosotros.

Mira otra vez al diagrama de decepción al principio de este capítulo. La decepción es la distancia entre lo que esperamos y lo que experimentamos. La esperanza de gloria pone de cabeza la decepción. En el cielo, lo que experimentaremos excederá nuestras expectativas en un grado superlativo, inmensurable. Podemos levantar nuestras esperanzas tan altas como sea posible y todavía encontraremos que ellas son un juego de niños en comparación con lo que Dios ha preparado para nosotros.

Este artículo es un extracto tomado de: Jason Meyer. Don’t Lose Heart: Gospel Hope for the Discouraged Soul [No te desanimes: la esperanza del evangelio para el alma desanimada] (United States of America: Baker Books, 2019), pp. 124-126. Traducción de Misael Susaña.

“El mundo es de mi Dios”: la historia.

Maltbie Davenport Babcock fue un preeminente ministro presbiteriano y destacado escritor de himnos, poemas y devocionales en el siglo XIX.

Maltbie nació en una ciudad de Syracuse [Siracusa] (Nueva York) el 3 de agosto de 1858; siendo éste el primer hijo de Henry y Emily M. Babcock. Dentro de la ascendencia de Maltbie se destacan su abuelo Ebenezer Davenport Maltbie, quien fue Reverendo en la iglesia presbiteriana, y su bisabuelo Henry Davis, quien fue el segundo presidente del Hamilton College.

Fue educado en las escuelas públicas de Syracuse. Entró a la Universidad de Syracuse y allí formó parte del equipo de béisbol ya que Maltbie era descrito como alto y de hombros anchos. En 1879 se graduó con altos honores. Años después, en 1882, consiguió un título de teología en el Seminario Teológico Auburn. En octubre de 1882 se casó con Katherine Eliot Tallman, quien le dio dos hijos.

Después de graduarse del seminario en 1882, se volvió pastor de una iglesia en la ciudad de Lockport. La ciudad de Lockport forma parte de lo que hoy se conoce como el Área metropolitana de Búfalo-Niagara Falls. Y cuando Maltbie vivía en esta ciudad, él le decía a su esposa que “iba a ver el mundo de su Padre” y caminaba a lo largo de la Escarpa del Niágara para disfrutar el paisaje del estado de Nueva York y el lago Ontario.

También ministró en la Iglesia Presbiteriana Brown Memorial de Baltimore (Maryland) en 1887 y en la Iglesia Prebiteriana Brick de la ciudad de Nueva York en 1900. Durante el tiempo de su ministración, fue descrito como poseedor de una mente brillante y una oratoria capaz de mover a toda clase de personas.

Maltbie murió a los 42 años en Nápoles (Italia) el 18 de mayo de 1901. Poco tiempo después de su muerte, su esposa Katherine publicó una colección de sus poemas y de sus sermones bajo el título Thoughts for Every Day Living [Pensamientos para cada día]; entre los cuales se encontraba el poema My Father’s World [El mundo de mi Padre].

El poema original contenía dieciséis estrofas de cuatro líneas cada una. En 1915, un buen amigo de Maltbie llamado Franklin L. Sheppard le puso música al poema. El himno El mundo es de mi Dios es el poema de Maltbie condensado en tres versos.

1ra parte; 2da parte; 3ra parte

No tengas temor del hombre.

Uno de los mandamientos de Dios más repetitivos, si no es el más repetitivo, en el libro del profeta Isaías es “no temas”. Algunos de los pasajes de Isaías en los que podemos encontrar este mandamiento son Isaías 7:4; 8:12; 10:24; 35:4; 37:6; 40:9; 41:10, 13, 14; 43:1, 5; 44:2, 8. Y en Isaías 51:7 Dios dice lo siguiente:

“Escuchadme, vosotros que conocéis la justicia, pueblo en cuyo corazón está mi ley. No temáis el oprobio del hombre, ni os desalentéis a causa de sus ultrajes”.

Las palabras de Dios en este capítulo salieron de la boca de Dios para consolar y animar a aquellos que ahora son Su pueblo y obedecen Sus mandamientos. Aquellos que somos parte del pueblo de Dios, que obedecemos Sus mandamientos, seremos insultados y avergonzados por aquellos que no conocen a Dios. Y lo que Dios le dice a Su pueblo en Isaías 51:7 es que continúen practicando lo que es justo y que no se retracten a causa del hombre.

¿Por qué no temer al hombre? Según el versículo 8, porque el hombre tiene una corta existencia, pero Dios y Su Palabra permanecen para siempre. Los hombres que no conocen a Dios al final serán destruidos, pero los que son de Dios al final estarán a salvo.

Es una necedad y una gran afrenta temer al hombre –moral, limitado al tiempo– y no temer a Dios –auto-existente y eterno–. En el versículo 12 del mismo capítulo, Isaías 51, leemos lo siguiente: “Yo, yo soy vuestro consolador. ¿Quién eres tú que temes al hombre mortal, y al hijo del hombre que como hierba es tratado?”. Ese mismo Consolador, con Su brazo omnipotente, fue quien secó las aguas del mar e hizo que Su pueblo pasara por él.

El versículo 13 comienza con la siguiente pregunta: “¿Has olvidado al Señor?”. He aquí la causa de nuestro temor pecaminoso: un olvido de la persona y las obras de Dios. Cuando nos olvidamos de Dios, de Su grandeza sin comparación y de Sus obras en la creación, en el sustento diario y en la redención, entonces vamos a temer a los hombres. Y cuando tememos a los hombres más que a Dios haremos lo que Dios prohíbe para provocar la sonrisa de ellos y no haremos lo que Dios manda para evitar el ceño fruncido de ellos.

Si queremos dejar de temer a los hombres debemos quitar nuestra vista de ellos y ponerla en Dios, quien es nuestro Creador según el versículo 13. Y no importa cuánta sea la furia de los hombres, ellos no pueden hacer nada si Dios se lo impide y no hay nada que Dios se proponga hacer que ellos puedan impedir: “El desterrado pronto será libertado, y no morirá en la cárcel, ni le faltará su pan” (v. 14).