2 Samuel 9 es el relato de la misericordia del rey David hacia alguien que no la merecĂa como Mefiboset; lo cual es un reflejo de la misericordia de Dios hacia pecadores que no la merecen como nosotros.
Etiqueta: Pecado
¡Cuidado con pervertir el evangelio!
En la carta a los Gálatas, el apĂłstol Pablo le recordĂł a los cristianos que el perdĂłn de pecados y el ser tratados como justos por Dios es un regalo que Dios nos da por la fe sola en Jesucristo solo. Y aunque esa no era la primera vez que las iglesias en Galacia escuchaban esa buena noticia, era necesario recordarla porque se habĂan levantado algunos enseñando que era necesario circuncidarse para ser salvados.
El apĂłstol Pablo dejĂł claro que esos falsos maestros pervertĂan el evangelio «por agradar a los hombres» (Gál. 1:10), «para no ser perseguidos a causa de la cruz de Cristo» (Gál. 6:12). Ahora, decir que lo que nos salva son nuestras buenas obras y no la obra de Jesucristo o que es la obra de Jesucristo más la nuestra no son la Ăşnica manera en la cual el evangelio puede ser pervertido. Hoy en dĂa, en el cual las naciones tienen leyes que invitan a abrazar el pecado como algo normal y a ver las cosas de Dios como algo extraño, nosotros seremos tentados a pervertir el evangelio para agradar a los hombres y evitar la persecuciĂłn. ÂżCĂłmo podrĂamos nosotros ser tentados a pervertir el evangelio hoy en dĂa?
- Al minimizar las malas noticias (todos somos pecadores merecedores de la condenaciĂłn en el infierno) que preceden a la buenas noticias (Jesucristo salva pecadores).
- Al decir que se puede ser salvo sin un arrepentimiento sincero y una fe bĂblica en Jesucristo.
Gálatas 1:9 y 10 tiene algo que decirnos:
“Como hemos dicho antes, tambiĂ©n repito ahora: Si alguno os anuncia un evangelio contrario al que recibisteis, sea anatema. Porque Âżbusco ahora el favor de los hombres o el de Dios? ÂżO me esfuerzo por agradar a los hombres? Si yo todavĂa estuviera tratando de agradar a los hombres, no serĂa siervo de Cristo”.
En el versĂculo 9, Pablo (inspirado por Dios) dijo que es maldito todo aquel que pervierta el evangelio, sin importar quien sea –sea Ă©l mismo o un ángel–. Esa declaraciĂłn es fuerte, pero no deberĂamos esperar nada menos porque el evangelio es el mensaje más importante y urgente, del cual depende el destino eterno del hombre (varĂłn y hembra).
En el versĂculo 10, Pablo dice que como siervo de Jesucristo, Ă©l no trata de agradar a los hombres, sino a Jesucristo. Nosotros hemos sido comprados con la preciosa sangre de Jesucristo (más valiosa que toda la plata y el oro de este mundo); Él es nuestro Señor y a Él debemos agradar.
La bondad de Dios ilustrada.
En 2 Samuel 9 se relata la bondad de David hacia Mefiboset; bondad que todos los cristianos debemos mostrar hacia aquellos que la necesitan a nuestro alrededor –aunque no la merezcan–. Ahora, no es menos cierto que lo que David hizo aquĂ no fue nada más que reflejar una bondad que Dios mismo habĂa tenido hacia Ă©l. Dicho en palabras del Salmo 34:8, David habĂa gustado y ahora estaba proclamando cuán bueno es Dios. Es por eso que David describe esta bondad que Ă©l iba a mostrar como «la bondad de Dios» (v. 3).
Primero, vemos en este pasaje la iniciativa del rey. No fueron ni los siervos de David, ni el siervo de la casa de Saúl ni Mefiboset quien le pidió a David que mostrara tal bondad. Más bien, fue el rey David quien tuvo la iniciativa de mostrar bondad aunque él no estaba en la obligación de hacerlo. Asimismo, Dios fue quien tuvo la iniciativa, desde la eternidad, de mostrar Su bondad hacia nosotros (aunque Él no nos necesita).
Segundo, vemos en este pasaje como el rey trae a Mefiboset ante su presencia. Debido a una caĂda cuando era niño (2 Sam. 4:4), Mefiboset estaba lisiado de ambos pies. Si no le era imposible, a Mefiboset le era sumamente difĂcil ir a donde el rey. Es debido a eso que David no mandĂł a decirle que venga, sino que «mandĂł traerlo». Asimismo, debido a nuestro pecado, ninguno de nosotros quiere ni puede ir a Dios de manera natural, Dios es quien nos atrae a Jesucristo en Su gracia (Jn. 6:44). Continuar leyendo La bondad de Dios ilustrada.
El clamor de la sangre de JesĂşs.
En GĂ©nesis 3 se relata la entrada del pecado al mundo, debido a la desobediencia del hombre; en GĂ©nesis 4 vemos al pecado en acciĂłn al CaĂn matar a su hermano Abel. Dios, entonces, le dice a CaĂn: “¿QuĂ© has hecho? La voz de la sangre de tu hermano clama a mĂ desde la tierra” (GĂ©nesis 4:10). Dios dice que la voz de la sangre de Abel, más que hablar, clama. ÂżQuĂ© clamaba la voz de la sangre de Abel? Clamaba por justicia, retribuciĂłn, castigo para CaĂn. Esto es confirmado por el contexto: es debido al clamor de la voz de la sangre de Abel que Dios pronunciĂł las siguientes palabras contra CaĂn: “Ahora pues, maldito eres de la tierra, que ha abierto su boca para recibir de tu mano la sangre de tu hermano. Cuando cultives el suelo, no te dará más su vigor; vagabundo y errante serás en la tierra” (GĂ©n. 4:11, 12; vĂ©ase tambiĂ©n Apocalipsis 6:10). Dios en Su justicia no podĂa hacerse de oĂdos sordos ante tal clamor y por eso maldijo a CaĂn.
Al igual que la sangre de Abel, la sangre de Jesucristo fue derramada por manos de hombres impĂos. Pero el clamor de la voz la sangre de Jesucristo es muy diferente al de Abel: “y a JesĂşs, el mediador del nuevo pacto, y a la sangre rociada que habla mejor que la sangre de Abel” (Heb. 12:24). La voz de la sangre de Jesucristo no clama por maldiciĂłn, sino por bendiciĂłn; no clama por justicia (pues ya Ă©sta fue satisfecha), sino por misericordia (la cual tambiĂ©n es satisfecha); no clama por retribuciĂłn, sino por gracia. Y es debido a que Dios es justo que Él no se hará de oĂdos sordos ante este clamor de Jesucristo a favor de nosotros que confiamos en Él y nos arrepentimos de nuestros pecados. Dicho de otra manera, Dios no nos hará pagar por lo que ya Jesucristo pagĂł por nosotros. El himnos “Ven, alma mĂa, ven”, escrito por Charles Wesley, lo dice de la siguiente manera:
“Las llagas de la cruz
suplican sin cesar;
Elevan oraciĂłn,
con fuerza han de clamar:
¡Señor, perdona al pecador!
¡Señor, perdona al pecador!
¡No lo dejes morir! ¡Oh, No!”.