Los salvados se gozan mucho.

Al Jesucristo considerar la soberanía de Dios en la salvación de los hombres, Él se regocijó sobremanera (Lc. 10:21). Y Jesucristo nos invita, a todos Sus discípulos, a gozarnos como y junto a Él. Cuando los setenta discípulos, que Jesucristo había enviado para proclamar la venida del reino de Dios, regresaron gozosos porque los demonios se les sujetaban, Jesucristo dirigió sus mentes a una causa más excelente de gozo: “Sin embargo, no os regocijéis en esto, de que los espíritus se os sometan, sino regocijaos de que vuestros nombres están escritos en los cielos” (Lc. 10:20). Es como si Él hubiera dicho: “Más que por hacer obras maravillosas, gócense porque ustedes han sido salvados”.

Algo similar encontramos en Lucas 2:10,11. Cuando Jesucristo nació, un ángel del Señor se presentó a un grupo de pastores y les dijo: “No temáis, porque he aquí, os traigo buenas nuevas [i.e. Evangelio] de gran gozo que serán para todo el pueblo” (v. 10). Y preguntamos: ¿Cuál era el contenido de estas buenas noticias? ¿Qué era lo que hacía que éstas fueran noticias de gran gozo y no meramente noticias? ¿Un mejor gobierno, una mejoría en la economía, o salud inquebrantable? El contenido de las buenas noticias y lo que hacía que esas noticias fueran noticias de gran gozo fue: “os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor”. Dicho de otra manera: “Gócense, y gócense mucho, porque el Mesías prometido, Dios mismo en esencia, Jesús salva a Su pueblo de sus pecados”.

Es interesante que muchas de las veces que en la Biblia se usa “gran gozo” está relacionado con las buenas noticias de salvación en Jesucristo: Mateo 28:8 (la resurrección de Jesucristo), dice que las mujeres salieron del sepulcro vacío con gran gozo; Lucas 24:52 (la ascensión de Jesucristo) dice que después de adorar a Jesucristo, los discípulos volvieron a Jerusalén con gran gozo; Hechos 8:8, dice que había gran gozo en la ciudad donde se predicaba el evangelio; Hechos 15:3 dice que al oír de la conversión de los gentiles, todos los hermanos tenían gran gozo. Es como si Dios quisiera decirnos que nada producirá más gozo en nuestro corazón que entender y abrazar esto: el Mesías prometido, Dios mismo en esencia, Jesús salva a Su pueblo de sus pecados.

Ciertamente tener un buen gobierno, tener salud y tener dinero son asuntos importantes que producirán cierto grado de gozo en nuestros corazones. Pero hemos sido engañados si creemos que nuestro gozo último depende de si tenemos un buen gobierno o no, de si tenemos dinero en el bolsillo o no, de si nuestro refrigerador está lleno o vacío, de si poseemos el último dispositivo electrónico o no. Nuestro gozo último descansa en que Dios, a través de Jesucristo, nos ha salvado de nuestro mayor problema: el pecado. Por la vida, muerte y resurrección de Jesucristo: todos nuestros pecados son perdonados, la ira divina ya no está sobre nosotros, el pecado no sigue siendo nuestro amo, estamos reconciliados con Dios y disfrutamos una vida en comunión con Él que se extenderá por toda la eternidad. Así que, creyente, aunque estés bajo un mal gobierno, estés enfermo físicamente o seas pobre, recuerda que has sido salvado por Dios y gózate mucho.

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ÂżPor quĂ© me has abandonado?

Cross

En Marcos 15:34 se relata como «a la hora novena Jesús exclamó con fuerte voz: ELOI, ELOI, ¿LEMA SABACTANI?, que traducido significa, DIOS MIO, DIOS MIO, ¿POR QUE ME HAS ABANDONADO?». Aunque por esas palabras sabemos que por un tiempo Jesús fue abandonado por Dios Padre (Hch. 2:27), nuestro saber es limitado. No sabemos completamente cómo Dios Padre abandonó a Dios Hijo, tampoco sabemos por experiencia lo que es ser abandonados por Dios. Matthew Henry dijo: “El creyente puede haber saboreado algunas gotas de amargura, pero solo puede formarse una idea muy débil de la grandeza de los sufrimientos de Cristo” (Comentario de la Biblia, p. 751).

El ser abandonado por Dios Padre fue, para JesĂşs, el sufrimiento más grande, el dolor más intenso que experimento al sufrir la ira de Dios. El ser abandonado por Dios Padre fue, para JesĂşs, el sedimento más agrio de la copa que bebiĂł (Mc. 14:36). Nunca está demás recordar que JesĂşs no estuvo allĂ­, sufriendo la ira de Dios, por Sus pecados –pues Él nunca pecó–, sino por pecadores como tĂş y yo. Como nuestro Sustituto, Jesucristo cargĂł el pecado de todos nosotros (1 P. 2:24). Continuar leyendo ÂżPor quĂ© me has abandonado?

Amor que provoca amor.

Aquino dijo: “Nada puede provocar amor más que saber que uno es amado”. ¿Es eso cierto? Parece que sí. En Lucas 7:36-50 se relata que estando Jesús en la casa de Simón el fariseo, una mujer pecadora regó los pies de Jesús con sus lágrimas, los secó con sus cabellos, besó sus pies y los ungió con perfume (v. 38). Al ver esto, Simón el fariseo dijo dentro de sí: “Si éste fuera un profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que le está tocando, que es una pecadora” (v. 39). Jesús, entonces, le dijo: “Por lo cual te digo que sus pecados, que son muchos, han sido perdonados, porque amó mucho; pero a quien poco se le perdona, poco ama” (v. 47).

Estas palabras de JesĂşs no significan que el amor es la causa del perdĂłn de parte de Dios, sino que el amor es el efecto o resultado de ser perdonado por Dios (vĂ©ase la Ăşltima parte del v. 47 y vv. 41-43). El saberse perdonado1 de los muchos pecados, resultará en amor hacĂ­a Aquel que perdona. Esta mujer pecadora vio en JesĂşs el perdĂłn de sus muchos pecados, mientras que SimĂłn el fariseo [posiblemente] ni siquiera se veĂ­a como pecador. “¿Pecador? esa descripciĂłn se aplica a esta mujer, no a mí” –podrĂ­a haber dicho Ă©l (vv. 39, 44-46). JesĂşs no negĂł que los pecados de esta mujer fueran muchos, pero dijo de sus muchos pecados: “han sido perdonados” (v. 47). Continuar leyendo Amor que provoca amor.

Bridges sobre «El oriente del occidente».

El Salmo 103:12 dice: “Cuanto está lejos el oriente del occidente, hizo alejar de nosotros nuestras rebeliones”. ¿A qué distancia está el oriente del occidente? Si uno se dirige al norte desde cualquier punto de la tierra, al final cruzará el polo norte y seguirá después hacia el polo sur, pero no ocurre lo mismo cuando uno va hacia el oriente o hacia el occidente. Si uno comienza yendo al occidente y continúa en esa dirección, estará yendo siempre hacia el occidente. El norte y el sur se tocan en el polo norte, pero el oriente y el occidente jamás lo hacen.

De modo que, en un sentido, hay una distancia infinita entre ellos. Por lo tanto, cuando Dios dice que Él aleja nuestras rebeliones de nosotros cuanto está lejos el oriente del occidente, lo que está diciendo es que nuestras rebeliones han sido lanzadas a una distancia infinita de nosotros. Pero ¿cómo podemos tener un “asidero” en esta verdad abstracta de modo que tenga significado en nuestra vida?

Cuando Dios emplea esta expresión metafórica para explicar el alcance de su perdón de nuestros pecados, está diciendo que su perdón es total, completo e incondicional. Está diciendo que Él no lleva una cuenta de nuestros pecados. “No ha hecho con nosotros conforme a nuestras iniquidades, ni nos ha pagado conforme a nuestros pecados” (Salmo 103:10). ¡Sí, eso es lo que Dios dice realmente! Sé que parece demasiado bueno para ser cierto, y tengo que confesar que casi vacilo al escribir estas palabras porque resultan tan extrañas a nuestros conceptos innatos en cuanto a castigo y recompensas.

Pero esas misericordiosas palabras están en la Biblia, y son palabras dichas por Dios. ¿Cómo es posible que Dios haga esto? ¿Cómo puede Él pasar por alto nuestras rebeliones y decir que las aleja a una distancia infinita de nosotros? La respuesta es que lo hace por su gracia a través de Jesucristo. Como ya hemos visto antes en este capítulo, Dios puso nuestros pecados sobre Cristo y éste llevó el castigo que nosotros debiéramos haber llevado. Pero por la muerte de Jesucristo en nuestro lugar, la justicia de Dios ha sido ya totalmente satisfecha, y el puede ahora, sin violar su justicia o su ley moral, perdonarnos de gracia, completa y absolutamente. Él puede ahora extendernos su gracia; puede mostrar su favor a quienes, por sí mismos, son sólo merecedores de la ira divina.


Este artĂ­culo es un extracto tomado de: Jerry Bridges. La gracia transformadora (Deerfield, Florida: Editorial Vida, 1995), pp. 37, 38.

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