Jesús: Su naturaleza.

“¿Qué niño es éste que al dormir / en brazos de María, / pastores velan, ángeles / le cantan melodías?”. Esa es la importante pregunta que William Chatterton Dix planteó en uno de sus himnos navideños (¿Qué niño es este?). En Mateo 1:21 se da respuesta a esa pregunta: “Y dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque El salvará a su pueblo de sus pecados”.

Ese nombre (Jesús) nos habla de la naturaleza de este niño que nacería. La versión Reina Valera tiene una nota al pie de la página que dice que el nombre “Jesús” significa Salvador. Aunque eso es ciertísimo, decir que el nombre “Jesús” significa meramente Salvador podría hacer que notemos Su obra, pero pasemos por alto Su naturaleza. “Jesús” es la forma griega del nombre hebreo «Josué» que significa Jehová es salvación o Jehová salva. Ese niño que nacería no sería nadie menos que Jehová. Notemos el versículo otra vez: “y le pondrás por nombre Jesús [que significa Jehová salva], porque El [“El” se refiere al niño que nacería, y “El” es enfático aquí: Él es quien salvará; Él personalmente, y por actos personales] salvará a su pueblo [nótese que se dice que este pueblo es pertenencia del niño que nacería] de sus pecados”. Continuar leyendo Jesús: Su naturaleza.

Digno de nuestro mayor afecto.

Los hijos aman a sus padres por encima de muchas otras personas y cosas en este mundo. Los padres aman a sus hijos por encima de muchas otras personas y cosas en este mundo. Por lo tanto, cuando Jesucristo dice que «el que ama al padre o a la madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama al hijo o a la hija más que a mí, no es digno de mí» (Mt. 10:37), Él está diciendo que debe ser amado más que todo1. Jesucristo debe ser el objeto principal de nuestro amor. Él debe estar sentado en el trono de nuestro corazón, siempre.

Ahora, si somos sinceros, tenemos que confesar con tristeza que hemos pecado al no amar a Jesucristo de esa manera. Este pecado se manifiesta, por ejemplo, cuando preferimos desobedecer a Jesucristo antes que entrar en conflicto con las personas2. Corramos ahora mismo a Él con arrepentimiento y fe, pues en Él está la gracia que nos perdona y nos capacita. Continuar leyendo Digno de nuestro mayor afecto.

Abundando siempre en la obra del Señor.

En la primera parte de 1 Corintios 15:58 el apóstol Pablo (inspirado por Dios) concluye el capítulo con la siguiente exhortación: “Por tanto, mis amados hermanos, estad firmes, constantes, abundando siempre en la obra del Señor”. Esa no es una exhortación superflua, no está allí de más. Se nos llama a estar firmes y a ser constantes porque seremos tentados desde dentro y desde fuera de nosotros mismos a arrojar la toalla, a no seguir creyendo y a no seguir en la obra del Señor.

¿Cómo podemos abundar siempre en la obra del Señor a pesar del desánimo interno y la oposición externa? La segunda parte del versículo nos provee la respuesta a esa pregunta. Este es nuestro combustible mientras trabajamos en el Señor: “sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano”. ¡No es en vano! ¡No es en balde! ¡No es sin sentido! Este trabajo en el Señor abarca llevar el evangelio a lugares adonde nunca han escuchado las buenas noticias, evangelizar, discipular a otros, enseñar la Palabra de Dios, pastorear una congregación. Pero también, este trabajo en el Señor abarca todo trabajo que aquellos que han sido unidos a Jesucristo (todo cristiano verdadero), guiados por el Espíritu Santo, hacen principalmente para el Señor.

Aunque el trabajo parezca insignificante, aunque otros no lo noten, aunque no veamos los resultados esperados ahora y seamos tentados a desanimarnos, aunque otros se opongan, no olvidemos lo que Dios dice: “no es en vano”. Se acerca el día en el cual seremos libres total y definitivamente de la presencia del pecado y de toda debilidad. Se acerca el día en el cual seremos recompensados por el Dios de toda gracia.

Pero Él sufrió por nosotros.

Sustitución

Isaías 53 relata los sufrimientos del siervo del Señor, Jesucristo; sufrimientos a los que Él se sometió para salvar a pecadores como tú y como yo. El profeta Isaías transmite esa verdad de una manera peculiar, específicamente en los versículos 4b-5 que dicen:

“nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y afligido. Mas El fue herido por nuestras transgresiones, molido por nuestras iniquidades. El castigo, por nuestra paz, cayó sobre El, y por sus heridas hemos sido sanados”.

Nótese que dice: “nosotros le tuvimos”. Es como si nosotros estuviéramos siguiendo de cerca los sufrimientos de Jesucristo. Vemos que es despreciado y desechado, es quebrantado, es azotado, es herido, es afligido. Lo escuchamos gritar de dolor. Y concluimos que esto es más que un grupo de hombres castigando a otro, es Dios mismo castigando a Jesucristo (“azotado, por herido de Dios y afligido”).

Mientras miramos todos Sus sufrimientos, nos preguntamos con curiosidad cuáles son los crímenes de Jesucristo, qué tan grande es su pecado para que Dios lo castigue con tal severidad. Es aquí donde entra el profeta con un “mas” (sinónimo de “pero”, expresa contraste), corrigiendo nuestra línea de pensamiento: “Mas El fue herido por nuestras transgresiones, molido por nuestras iniquidades. El castigo, por nuestra paz, cayó sobre El, y por sus heridas hemos sido sanados” (v. 5). Es como si el profeta nos dijera: “Sí, Jesucristo está siendo castigado y sí, está siendo castigado por Dios mismo (“Pero quiso el Señor quebrantarle, sometiéndole a padecimiento”, v. 10a). Pero no, no es por Sus propios pecados ya que Él nunca pecó (“aunque no había hecho violencia, ni había engaño en su boca”, v. 9). Él está siendo castigado, como tu sustituto, debido a tus pecados”.

Nuestras son las transgresiones, Suyas son las heridas. Nuestras son las iniquidades, Suyo es el ser molido. Nuestra es la paz, Suyo es el ser castigado. Nuestra es la sanidad, Suyas son las llagas.

¡Con razón te aman!