El hombre miente y se arrepiente, Dios no.

Todos nosotros hemos experimentado, en algún grado, la decepción al tratar con, al relacionarnos con otros hombres (sentido genérico; tanto varón como hembra). Algunos nos han fallado, otros nos han mentido y otros nos han engañado. Todo esto nos ha afectado de tal manera que cuando escuchamos a otros hombres hacer grandes promesas, no les creemos o nos preguntamos qué querrá a cambio. Pero, ¡qué lamentable es cuando respondemos a Dios con esa misma incredulidad! Sabe que cada vez que pecamos es porque, en ese momento, creemos más al pecado (que es engañoso) que a Dios (quien es fiel): creemos que gozar «de los placeres temporales del pecado» es mejor que la «plenitud de gozo y los deleites para siempre» que hay en Dios (He. 11:25; Sal. 16:11); creemos que a nuestra manera, no a la de Dios, obtendremos un buen fin (Jer. 27:11).

Dios nos dice a través de Su Palabra que en la persona de Jesús, Él salvará a Su pueblo de sus pecados (Mt. 1:21); Dios nos dice que Él, fiel y justo, perdona los pecados y limpia toda la maldad de aquellos que se arrepienten (1 Jn. 1:9); Dios nos dice que nunca nos desamparará: “Sea vuestro carácter sin avaricia, contentos con lo que tenéis, porque El mismo ha dicho: NUNCA TE DEJARE NI TE DESAMPARARE” (Heb. 13:5); Dios nos dice que nada ni nadie nos separará de Él: “Porque estoy convencido de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni lo presente, ni lo por venir, ni los poderes, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús Señor nuestro” (Ro. 8:38,39); Dios nos dice que algún día estaremos delante de Su presencia como «una iglesia en toda su gloria, sin que tenga mancha ni arruga ni cosa semejante» (Ef. 5:27) y que más que una mera existencia por siempre, tendremos vida eterna (Ti. 1:2).

Ninguna persona, excepto nuestro Señor, ha prometido todo eso. En ninguna persona, excepto en nuestro Señor, hay seguridad de que esas promesas se cumplan. Por esto dice el salmista: “Ciertamente ninguno de los que esperan en ti será avergonzado” (Sal. 25:3a); y el profeta: “Oh SEÑOR, esperanza de Israel, todos los que te abandonan serán avergonzados” (Jer. 17:13a). Esas promesas tienen mucho peso, valor y hermosura. Si, al escuchar esas promesas, pensamos que estamos ante alguien como los hombres, entonces responderemos con incredulidad y así pecaremos contra Dios. Comenzaremos a preguntarnos con incredulidad: «¿Qué si al ir a Jesús no soy salvado? ¿Qué si algún día el Señor me abandona? ¿Qué si algún día me aparto o si no soy completamente santificado?». Por esta razón es sumamente importante que sepamos y creamos lo que nos dice Números 23:18: “Dios no es hombre, para que mienta, ni hijo de hombre, para que se arrepienta. ¿Lo ha dicho El, y no lo hará?, ¿ha hablado, y no lo cumplirá?”. Sí, el hombre miente y se arrepiente; por eso no debemos confiar en él como si fuera Dios. Dios, el único y verdadero, no miente ni se arrepiente; por eso debemos confiar sólo en El.

Acerquémonos con plena confianza a El, diciendo –como aquel leproso que se acerco a Jesús–: “[Señor] Si quieres, puedes” (Mc. 1:40); si no tenemos esa confianza plena, entonces acerquémonos a Él, diciendo –como aquel padre del muchacho con un espíritu–: “Creo; ayúdame en mi incredulidad” (Mc. 9:24). En Tito 1:2 se nos describe a Dios como quien no miente y Hebreos 6:18 dice que «es imposible que Dios mienta». Mentir va en contra de la naturaleza de Dios (Ex. 34:6; Jn. 1:14); por lo tanto, El nunca quiere mentir. En 2 Timoteo 2:13 leemos: “si somos infieles, El permanece fiel, pues no puede negarse a sí mismo”. Te pregunto: ¿El Dios que nunca ha mentido, mentirá ahora? El Dios fiel que cumplió seis de Sus promesas, ¿no cumplirá la séptima? ¿No es Su gloriosa fidelidad como una roca fiel donde podemos apoyarnos? Recuerda que el hombre miente, pero Dios no; el hombre se arrepiente, pero Dios no. Cree y descansa en Su carácter fiel e inmutable.

1ra parte; 2da parte

4 errores en el evangelismo de hoy.

1. NO HABLAR DEL PECADO Y SUS CONSECUENCIAS

Muchos evangelizan hoy en día diciendo «Jesús te ama y quiere salvarte» o «Dios tiene un plan maravilloso para tu vida» sin hablar del pecado. Cuando esto sucede, cuando no se le muestra al hombre su pecaminosidad, no se evangeliza correctamente. Aquellas personas que escuchan decir que Jesús las ama y quiere salvarlas, sin antes estar conscientes de su pecado y de la consecuencia negativa de éste, pensarán de la siguiente manera: «¿De qué Jesús quiere salvarme? ¡Yo no necesito ser salvado de nada!»; y así rechazarán el evangelio de Jesucristo.

Dios en Su Palabra le habla al impío de su pecado y su consecuencia, y Dios nos llama a hacer lo mismo (hablarle al impío de su pecado y su consecuencia). En el más excelente tratado evangelístico, la epístola a los Romanos, antes de hablarnos de la justificación que viene de Dios y de la paz con Él gracias a Jesucristo, se nos habla de la justa ira de Dios contra toda impiedad e injusticia de los hombres (Ro. 1:18). Y es después de que el apóstol Pablo (inspirado por Dios) deja claro que todos pecaron y no alcanzan la gloria de Dios (Ro. 3:23) que éste dice: «siendo justificados gratuitamente por su gracia por medio de la redención que es en Cristo Jesús» (Ro. 3:24). El atalaya (centinela) que Dios había puesto para amonestar de Su parte al pueblo, tenía la misión de decirle a impío: “Ciertamente morirás”; y así apercibir, advertir, al impío de su mal camino con el fin o propósito de que éste (el impío) viva (Ez. 3:18).

2. MINIMIZAR LA IMPORTANCIA DEL ARREPENTIMIENTO Y LA FE

SĂ­, es cierto que tanto la fe como el arrepentimiento son dones de Dios (Hch. 11:18; Ef. 2:8) y que por sĂ­ mismos (aparte de Jesucristo) no salvan –sĂłlo Jesucristo salva–, pero estos dones son importantes porque Dios ha establecido que el arrepentimiento preceda al perdĂłn de los pecados (Pr. 28:13; 1 Jn. 1:9) y que la fe sea el cauce por donde corra la sobreabundante gracia de Dios, la mano vacĂ­a y extendida que recibe Su favor, el medio por el cual vamos a Jesucristo para recibir [de Él] salvaciĂłn, perdĂłn de los pecados, vida eterna (Jn. 6:35). Continuar leyendo 4 errores en el evangelismo de hoy.

¡Pecador, el evangelio es para ti!

Jesús estaba junto al lago de Genesaret, según Lucas 5, y por causa de la multitud que se agolpaba sobre Él para oír la palabra de Dios, tuvo que entrar en una de las barcas que estaban allí y separarse de tierra un poco. Desde la barca, enseñaba a las multitudes. La barca en la cual Jesús entró le pertenecía a Simón (posteriormente llamado Pedro), un pescador que había trabajado toda la noche sin conseguir pescar nada. Después de terminar de hablar a la multitud, Jesús mandó a Simón: “Sal a la parte más profunda y echad vuestras redes para pescar” (v. 4). Lo cual resultó en una pesca milagrosa según los versículos 6 y 7. Después de esto vemos a Simón, quien había estado junto a Jesús en la barca, ahora estaba de rodillas ante Jesús; Simón, quien llamaba «maestro» a Jesús, ahora llamándole «Señor», mientras reconoce su pecaminosidad: “Al ver esto, Simón Pedro cayó a los pies de Jesús, diciendo: ¡Apártate de mí, Señor, pues soy hombre pecador!” (v. 8).

Yo te pregunto: ¿Has visto tú también tus pecados y lo que eres (un pecador)? ¿Reconoces que eres y te sientes indigno de que el Señor Jesús esté cerca de ti? Si tu respuesta es afirmativa, entonces tengo buenas noticias para ti. Algunos versículos más adelante, en el mismo capítulo 5 del evangelio según Lucas, los fariseos y sus escribas se quejaban con los discípulos de Jesús, con la siguiente pregunta: “¿Por qué coméis y bebéis con los recaudadores de impuestos y con los pecadores?” (v. 30); a lo que Jesús respondió: “Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los que están enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento” (v. 31, 32). Sí, es cierto que un pecador no merece el favor de Dios, no merece la salvación –y nunca debemos olvidar eso–, pero no es menos cierto que a estos fue a quienes Jesús vino a llamar al arrepentimiento, a dar perdón (Hch. 5:31), a acercarse para salvar. Esa es la gloria de su gracia que ha de ser alabada por toda la eternidad. Esta es la buena noticia: Jesús vino a llamar al arrepentimiento a, vino para dar perdón a, vino a acercarse para salvar a personas como tú (pecadoras). ¡Pecador, el evangelio es para ti!

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¿Qué es el arrepentimiento?

Al recorrer el Antiguo Testamento nos encontraremos una y otra vez con el llamamiento de Dios al arrepentimiento. Desde el comienzo de Su ministerio, Jesucristo llamó al arrepentimiento (Marcos 1:15). Y los apóstoles también predicaron que el hombre debía arrepentirse (Marcos 6:12). El arrepentimiento es importante porque Dios ha establecido que éste –junto a la fe– preceda a la salvación de las personas.

Arrepentirse es la responsabilidad de todo hombre, por eso Dios manda a todos a que se arrepientan (Hechos 17:30). También es cierto que el arrepentimiento es un regalo de Dios, por lo que cada vez que un pecador está sinceramente arrepentido podemos concluir que Dios le ha concedido el arrepentimiento (Hechos 11:18).

El arrepentimiento es un cambio de pensar con respecto al pecado y a Dios, el cual resulta en un alejamiento del pecado y un acercamiento a Dios. ÂżCĂłmo luce ese alejamiento del pecado y acercamiento a Dios?

  • Tristeza y odio por el pecado: “Hazme oĂ­r gozo y alegrĂ­a; que se regocijen los huesos que has quebrantado” (Salmos 51:8; 2 Corintios 7:10).
  • ConfesiĂłn para el perdĂłn del pecado: “Ten piedad de mĂ­, oh Dios, conforme a tu misericordia; conforme a lo inmenso de tu compasiĂłn, borra mis transgresiones” (Salmos 51:1; Juan 1:9).
  • PropĂłsito y esfuerzo1, en dependencia del EspĂ­ritu, para dejar el pecado y obedecer a Dios: “LĂ­brame de delitos de sangre, oh Dios, Dios de mi salvaciĂłn; entonces mi lengua cantará con gozo tu justicia” (Salmos 51:14; 1 Tesalonisenses 1:9).

1 “Al menos dos errores se evitan aquí. El primer error es el autoengaño: alguien clama estar arrepentido, pero no tiene un abandono genuino del pecado. Debe haber un ´propósito y esfuerzo´ para una nueva obediencia. El segundo error es el legalismo o, siendo más precisos, el perfeccionismo: este error asedia a cristianos con tendencia introspectiva. Ellos cuestionan la legitimidad de su arrepentimiento si éste produce algo menos que un perfecto abandono del pecado. Abandonar el pecado no es lograr una perfecta o impecable obediencia para siempre. Mas bien, es un genuino ´propósito y esfuerzo´ con ese fin” (Samuel E. Waldron).