“Alégrense siempre en el Señor. Insisto: ¡Alégrense!” (Filipenses 4:4; NVI).
«¡AlĂ©grense!» es el mandamiento que el Señor da, a travĂ©s del apĂłstol, a todo cristiano. Esta alegrĂa debe estar presente en nuestra alabanza y en nuestro servicio (Salmos 100). Es pecado estar siempre triste y quejándose por todo. Este mandamiento sorprenderá a todos los que han pensado que en el cristianismo no hay lugar para la alegrĂa. ¡SĂ lo hay!
Este mandamiento no es sĂłlo sorprendente para muchos, sino tambiĂ©n correctivo para otros. Es correctivo para aquellos que piensan que nuestro gozo se basa en una seudo-promesa de que seremos millonarios o que tendremos una salud inquebrantable. ¡No! El mandamiento es que nos alegremos «siempre en el Señor», no en nada fuera de Él. Y lo cierto es que no hay alegrĂa plena y eterna fuera de Él (Sal. 16:11). SĂ, es cierto que Dios nos da todas las cosas para que las disfrutemos (1 Ti. 6:17); pero no es menos cierto que nuestra alegrĂa Ăşltima debe ser en el Señor, fuente de la vida eterna y de toda bendiciĂłn. La alegrĂa de la cual se habla en este versĂculo se basa o descansa en quien es Dios y en todo lo que Él ha hecho para nosotros en Jesucristo. Y debido a que el Señor es siempre fiel y nunca cambia es que podemos alegrarnos siempre. AĂşn si perdemos nuestro empleo, aĂşn si se quebranta nuestra salud, somos Suyos y Él es nuestro (Can. 2:16), el Señor está con y por nosotros.
Ahora, Dios no es como ese mal padre que obliga a su hijo a sonreĂr mientras hay visitas en la casa. ÂżTenemos razĂłn suficiente para alegrarnos en el Señor siempre? ¡Claro que sĂ! El Señor es bueno, de hecho, supremamente bueno –no hay nada ni nadie más bueno que Él– y la cruz de Jesucristo lo confirma.