¿Qué implica que Jesucristo haya sido abandonado en ira?

DIOS MIO, DIOS MIO, ¿POR QUE ME HAS ABANDONADO?” –fue la exclamación con fuerte voz de Jesucristo mientras se encontraba en la cruz (Mc. 15:34); ésta expresa que para Jesucristo, el ser abandonado por Dios Padre fue el sedimento más agrio de la copa de la ira divina que bebió (Mc. 14:36). Y todo por nosotros, en nuestro lugar, como nuestro sustituto. Él paga por nuestros pecados (1 P. 2:24) y a nosotros se nos regala en Él toda bendición espiritual (Ef. 1:3). Consideremos brevemente qué implica, para nosotros como cristianos, que Jesucristo haya sido abandonado en ira, pero antes consideremos lo que esto no significa.

Que Jesucristo haya sido abandonado en ira no significa que tendremos una vida libre de todo sufrimiento en este mundo. El mismo Jesucristo dijo claramente a sus discípulos: “En el mundo tenéis tribulación; pero confiad, yo he vencido al mundo” (Jn. 16:33). Y la experiencia de los discípulos de Jesucristo confirma esas palabras.

¿Qué implica, entonces, que Jesucristo haya sido abandonado en ira? Implica que en nuestros sufrimientos, incluso en los más dolorosos, no hemos sido abandonados en ira por Dios (Ro. 8:1). Aunque nos sintamos abandonados, no hemos sido abandonados (Jos. 1:5). Que Jesucristo haya sido abandonado en ira implica que en nuestros sufrimientos, incluso en los más dolorosos, Dios está con nosotros y por nosotros (Is. 41:10; Ro. 8:28, 31). Dios abandonó en ira a Su Hijo una vez, para no abandonar a Sus hijos nunca.

Sean, pues, las siguientes palabras nuestra certeza en medio del sufrimiento: “[en sufrimiento], pero no abandonados” (2 Co. 4:9a). Esta verdad enciende nuestro gozo aun en medio de los sufrimientos más dolorosos.

«Amor que no me dejarás»: la historia.

George MathesonGeorge Matheson, conocido generalmente como “el predicador ciego”, fue un ministro escocés y escritor de himnos que nació el 27 de marzo del 1842 en Glasgow. Aunque Matheson no fue el único hijo fruto del matrimonio entre George (su padre que llevaba el mismo nombre) y Jane Matheson, por la providencia divina, él sí fue el único hijo que nació con una mala visión. Debido a su mala visión, desde una edad muy temprana, tuvo que utilizar lentes muy gruesos y sentarse cerca de una ventana en la escuela para así aprovechar la luz.

A los 20 años de edad, el problema en su visión ya había empeorado hasta el punto de dejarlo casi ciego –sólo podía ver sombras–. Algunos hacen referencia a una chica con la que Matheson esperaba casarse, pero ella se negó a continuar con él ya que no estaba dispuesta a casarse con un hombre ciego. Aun así, Matheson era académicamente dotado (había obtenido una maestría en filosofía, 1862) y descrito como alguien optimista y alegre que no se desanimaba fácilmente. Eso se confirmó con su firme determinación de estudiar teología. Con el fin de ayudarle en sus estudios, las hermanas de Matheson aprendieron latín, griego y hebreo. Resaltamos a la mayor de sus hermanas que estuvo a su lado por largos años ayudándole tanto dentro como fuera de casa y escribiendo, mientras él dictaba, sus ensayos y primeros sermones. Continuar leyendo «Amor que no me dejarás»: la historia.

«Amor que no me dejarás»: el himno.

¡Oh Amor! Que no me dejarás,
descansa mi alma siempre en ti;
Es tuya y Tú la guardarás,
y en el océano de tu amor
más rica al fin será.

¡Oh Luz! Que en mi sendero vas,
mi antorcha débil rindo a ti;
Su luz devuelve el corazón,
seguro de encontrar en ti
más bello resplandor.

¡Oh Gozo! Que a buscarme a mí,
viniste en mortal dolor;
Tras la tormenta el arco vi,
y ya el mañana, yo lo sé,
sin lágrimas será.

¡Oh Cruz! Que miro sin cesar,
mi orgullo, gloria y vanidad
al polvo dejo por hallar
la vida que en Su sangre dio
Jesús, mi Salvador.

Letra: George Matheson, 1882. Musica: St. Mar­garet (Peace), Al­bert L. Peace, 1884.

1ra parte; 2da parte3ra parte

Bridges sobre «El costoso amor de Dios».

El apóstol Juan dijo: “Dios es amor” (1 Jn. 4:8). Pudiésemos decir de otra persona que ama, pero sólo de Dios podemos decir que “es amor” –esto habla de la naturaleza esencial de Dios–. Este amor no es una cualidad abstracta de Dios, Dios mostró Su amor enviando a Su Hijo: “En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros, en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados” (1 Jn. 4:9-10; véase también Juan 3:16).

Una historia en la Biblia nos ayuda, de manera especial, a apreciar más lo que Dios hizo cuando dio a Su único Hijo para que muriera en nuestro lugar. En Génesis 22:2, Dios le dice a Abraham: “Toma ahora tu hijo, tu único, Isaac, a quien amas, y vete a tierra de Moriah, y ofrécelo allí en holocausto sobre uno de los montes que yo te diré”. Seguramente Abraham se sintió como si una daga hubiese sido clavada en su corazón y como si Dios la retorciera al referirse a su hijo como el único, al llamar al hijo por su nombre (Isaac) y al añadir la frase a quien amas. ¿Para qué hizo Dios esto? Para probar a Abraham (22:1), su obediencia (22:18) y su fe (Heb. 11:17). Pero también creo que Dios lo hizo para ayudarnos a entender un poco lo que le costó enviar a Su Hijo por nosotros. Isaac tipificó a Jesús –llamado el “unigénito” de Dios, nombrado por Dios antes de nacer y dos veces la voz de Dios vino del cielo diciendo acerca de Jesús: “este es mi Hijo amado” (Mt. 3:17; 17:5).

Sin embargo, junto a los paralelos hay una gran diferencia. El amor de Abraham por Isaac, tan grande como era, fue imperfecto. El amor de Dios por Su Hijo es perfecto, y por lo tanto, un amor mayor. Dios proveyó un carnero para ser sacrificado en lugar de Isaac. Pero no hubo un sustituto para Jesús. Solamente El podía morir en aquella cruz para pagar por nuestros pecados (2 Co. 5:21). Aunque debemos cuidarnos de atribuir a Dios el mismo dolor que experimentamos cuando somos hechos víctimas por las acciones dolorosas de otro, es difícil pensar que El observara a Su Hijo amado crucificado por hombres malvados sin sentir el dolor de padre. Abraham se preparó a sacrificar a su hijo en obediencia al mandato del Dios amoroso que él adoraba. Dios sacrificó a su Hijo para salvar a muchos que no merecían ser amados, que son rebeldes contra El. Dios salvó al hijo de Abraham, pero no el Suyo (Ro. 8:32). ¡Qué maravilloso e insondable amor, que el eterno, soberano y santo Dio sacrificara a Su Hijo por pecadores como usted y yo!

Este artículo es una adaptación, hecha por Misael Susaña, de: Jerry Bridges. El gozo de temer a Dios (Santo Domingo, República Dominicana: Editorial Eternidad, 2000), pp. 108-111.