Todos los hombres son pecadores bajo maldiciĂłn. Y los que confĂan en sus propias obras para salvaciĂłn están diciendo “¡amĂ©n!” a la maldiciĂłn de la ley. Sin embargo, Jesucristo vino a tomar la maldiciĂłn y a bendecir a todos los que confĂan en Él.
Etiqueta: Jesucristo
Miradas distintas al mismo JesĂşs.
En los primeros versĂculos de Juan 12 se relata la cena a la que JesĂşs asistiĂł en la casa de Lázaro. Aparte de JesĂşs, dos personas resaltan en este relato: MarĂa y Judas. Aunque tanto MarĂa como Judas miraron al mismo JesĂşs, cada uno lo miraron diferente.
El versĂculo 3 dice acerca de MarĂa: “Entonces MarĂa, tomando una libra de perfume de nardo puro que costaba mucho, ungiĂł los pies de JesĂşs, y se los secĂł con los cabellos, y la casa se llenĂł con la fragancia del perfume”. El versĂculo nos dice que ese perfume costaba mucho, aproximadamente el salario de todo un año de trabajo. Sin embargo, a pesar del alto costo del perfume y de su calidad, MarĂa lo utilizĂł en los pies de JesĂşs. Todo eso porque los ojos de MarĂa habĂan sido abiertos para apreciar a JesĂşs por quien Él es y por todo lo que Él es para nosotros (Salvador y Señor). JesĂşs es la mayor riqueza, JesĂşs es el más preciado. Y MarĂa (al igual que todo cristiano verdadero: Mt. 13:44; Flp. 3:7) mirĂł a JesĂşs asĂ.
Pero Judas no mirĂł a JesĂşs de la misma manera. Los versĂculos 4-6 dicen acerca de Judas: “Y Judas Iscariote, uno de sus discĂpulos, el que le iba a entregar, dijo: ÂżPor quĂ© no se vendiĂł este perfume por trescientos denarios y se dio a los pobres? Pero dijo esto, no porque se preocupara por los pobres, sino porque era un ladrĂłn, y como tenĂa la bolsa del dinero, sustraĂa de lo que se echaba en ella”. Judas no tan solo no se preocupaba por los pobres, sino que tambiĂ©n no tenĂa interĂ©s alguno por JesĂşs mismo. Judas no apreciaba a JesĂşs por quien Él es, sino por el dinero que podĂa obtener a travĂ©s de Él. Eso se confirma con la descripciĂłn que se da de Judas como «el que le iba a entregar» por dinero.
ÂżMiras tĂş a JesĂşs como MarĂa o como Judas? ÂżAprecias a JesĂşs por quien Él es y por todo lo que Él es para nosotros o por otras cosas que podrĂas conseguir a travĂ©s de Él? Termino con las siguientes lĂneas de un himno antiguo:
“Desvela tus bellezas a mi mirada
Para que pueda amarte más
Oh, para que pueda amarte más”.
Un joven que le gusta cantar himnos [III]
La verdad no es lo único en la alabanza a Dios, pero es esencial. Una de las razones por la que la verdad es esencial, es porque ésta servirá como fundamento para esas emociones que Dios espera que estén presentes en la alabanza. Continuemos viendo algunos de los himnos antiguos que me han ayudado a alabar a Dios como Él quiere y merece ser alabado.
OĂd un son en alta esfera, por Charles Wesley. Este himno nos presenta el misterio de la encarnaciĂłn; JesĂşs, siendo 100% Dios en esencia, se hizo 100% hombre para la gloria de Dios al salvar a pecadores (Jn. 1:1-18):
“El Señor de los señores, el Ungido celestial,
Por salvar a pecadores toma forma corporal.
¡Gloria al Verbo encarnado, en humanidad velado!
¡Gloria a nuestro Redentor, a Jesús, Rey y Señor!
Canta la celeste voz: ¡En los cielos gloria a Dios!”.
CompadĂ©cete de mĂ, por Richard Redhead. Este himno nos ilustra un corazĂłn que se acerca a Dios en arrepentimiento para ser perdonado de sus pecados (Salmo 51):
“En pecado yo nacĂ,
nada bueno hay en mĂ;
SĂłlo en ti hay salvaciĂłn,
TĂş das luz al corazĂłn.
Ven entonces a mi ser
y hazlo Tú resplandecer”.
Un joven que le gusta cantar himnos [II]
Veamos algunos de los himnos antiguos que me han ayudado a alabar a Dios como Él quiere y merece ser alabado. Éstos tienen una buena teologĂa en sus letras, que es el fundamento para ese espĂritu o emociĂłn que Dios espera que estĂ© presente en la alabanza.
Cabeza ensangrentada, por Bernardo Claraval. Este himno presenta a Jesucristo como nuestro sustituto, quien sufriĂł el castigo a pesar de que fuimos nosotros que pecamos (Is. 53:4, 5):
“Pues oprimida tu alma fue por el pecador;
La transgresiĂłn fue mĂa, mas tuyo fue el dolor;
Hoy vengo contristado, merezco tu dolor,
Concédeme tu gracia; ¡oh! Dame tu favor”.
Tal como soy, por Charlotte Elliott. Este himno nos muestra cĂłmo luce aquella persona que responde al llamamiento de Dios (Jn. 6:37):
“Tal como soy de pecador,
Sin más confianza que tu amor,
Ya que me llamas, acudĂ;
Cordero de Dios, heme aquĂ”.