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Cuando hablamos de tu identidad nos referimos a aquello que te define. Cuando hablamos de tu potencial nos referimos a la capacidad que tienes. La definiciĂłn que tenemos de nosotros mismos y la capacidad que creemos tener –o no tener– van a determinar cĂłmo actuamos. Por ejemplo, imaginemos el siguiente anuncio clasificado en el periĂłdico: “Empresa solicita joven graduado de ingenierĂa civil con dominio de AutoCAD”. ÂżQuĂ© determinará si solicitas empleo en esa empresa o no? Tu identidad (“¿Soy yo un ingeniero civil?”) y tu potencial (“¿Tengo yo dominio de AutoCAD?”).
Lo mismo es cierto en la esfera espiritual: la definición que tenemos de nosotros mismos y la capacidad que creemos tener –o no tener– va a determinar cómo actuamos. Por eso Pablo (inspirado por Dios) dijo en Romanos 6:11 lo siguiente: “Asà también vosotros, consideraos muertos para el pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús”. Aquà el apóstol está llamando a los cristianos a abrazar por la fe su nueva identidad en Cristo: tú eres “muerto para el pecado”; tú eres “vivo para Dios”. Y muy unido a eso está nuestro nuevo potencial en Cristo: tú tienes la capacidad de que «no reine el pecado en [tu] cuerpo mortal» (v. 12). Continuar leyendo Tu identidad y potencial en Cristo.
“Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando Cristo, nuestra vida, sea manifestado, entonces vosotros también seréis manifestados con El en gloria” (Colosenses 3:3, 4).
El cristiano ha sido unido espiritualmente a Jesucristo. Cuando Jesucristo murió, el cristiano también murió al pecado. Cuando Jesucristo resucitó, al cristiano se le dio vida para con Dios. Lo segundo es tan cierto como lo primero. Morir al pecado y vivir para con Dios significa que ahora se tiene la capacidad de desear a Dios y hacer las cosas que a Él le agradan.
“Por tanto, considerad los miembros de vuestro cuerpo terrenal como muertos [Lit., dad muerte a los miembros que están sobre la tierra] a la fornicaciĂłn, la impureza, las pasiones, los malos deseos y la avaricia, que es idolatrĂa” (Colosenses 3:5).
Aunque ciertamente el cristiano ya ha muerto al pecado, todavĂa el pecado mora en Ă©l (a esto se le llama “pecado remanente”). El pecado ha perdido su dominio en el cristiano, pero todavĂa tiene fuerza. Y es por eso que no siempre deseamos a Dios y no siempre hacemos las cosas que a Él le agradan. Debemos, pues, dar muerte al pecado remanente. Dar muerte al pecado significa luchar contra el pecado, en dependencia del EspĂritu Santo, no satisfaciendo los deseos de la carne para que estos se debiliten.
“Pues la ira de Dios vendrá sobre los hijos de desobediencia por causa de estas cosas, en las cuales vosotros tambiĂ©n anduvisteis en otro tiempo cuando vivĂais en ellas” (Colosenses 3:6, 7).
Lo que diferencia a un no-cristiano de un cristiano no es que el primero siempre peca, mientras que el segundo nunca peca. Lo que los diferencia es: un no-cristiano tiene un estilo de vida o una práctica ininterrumpida (ni por tristeza debido al pecado ni por un resistir la tentación) de pecado; pero un cristiano presenta oposición al pecado, tiene el firme propósito y esfuerzo de hacer morir todo lo pecaminoso que queda en su vida. Y aunque hay tropiezos, también hay victorias (1 Jn. 5:4). Y aunque el progreso es lento, éste es seguro (1 Ti. 4:15).
El cielo será un universo sin la maldición, listo para ser explorado y disfrutado como nunca antes por una iglesia ya glorificada. El cielo será Dios morando y teniendo comunión con Su pueblo. Y en el cielo todo será bueno, sin defecto.